Héctor Libertella
La arquitectura del fantasma. Una autobiografía
Los tres editores
115 páginas
POR MARÍA ALCANTARILLA

En conversación con Wagner, Fausto afirma: «[…] Reconcentraos eternamente en vos mismo, reunid cuanto podáis, haced un guiso de los restos de ajeno festín y, a fuerza de soplar, haced brotar una llama de vuestro montón de cenizas. Sólo de ese modo podréis excitar la admiración de los niños y de los monos, si tal es vuestro deseo; pero nunca lograréis admirar a los hombres si vuestra elocuencia no brota del fondo del corazón». Y escribe Libertella: «[…] A aquellos monos me debo, a esa manera de leer sin la prótesis de la opinión o la doxa». Hay un gozo profundo en el sentido de afinidad o en el hecho de atravesar el propio espejo de manera diacrónica, un gozo transgeneracional que rompe con la siempre malsana inclinación canónica a hablar de grupos en lugar de hacerlo de individuos, y La arquitectura del Fantasma. Una autobiografía encarna con creces este vínculo presentido. Hablamos de un libro casi póstumo que los tres editores ha tenido a bien regalarnos mediante un ejercicio, como apunta ya Echevarría en el prólogo, de arresto necesario. Por ello, más que entrar en los pormenores de una propuesta que, a menudo, termina por hablar más de quien cita que de quien ha parido, quisiera subrayar lo que ya hizo y —apostaría— seguirá haciendo de su autor una figura extemporánea en sus modos de ejercer el tan olvidado derecho a la libertad propia por encima de la «debordiana sociedad del espectáculo». Encarna Libertella y su «arquitectura» una premisa con la que comulgo hace años: la singularidad y el grupo son irreconciliables. «De la libertad absoluta a la trampa —leemos— había un solo paso». Porque si a algo nos conmina con su inteligencia absuelta de prejuicios y un espíritu lúdico que lo mismo juega a la comba que repasa un diccionario sin descanso, es a interrogar a nuestros miedos y a poner cada una de sus respuestas en duda: «[…] la identificación —escribe— es siempre un efecto provisorio. Ahora —si me veo— me veo en cosas, no en personas». Hay, en su modo de pensar(se) —todo su camino, estimo, fue un trazado arborescente en torno a la pregunta fundamental «quién soy» y su añadido «qué sentido tiene todo esto»— una viva capacidad de, como él mismo dijese, quedarse al otro lado del espejo. Y esa suerte de valentía, consciente o inconsciente, es, también, un modo de trasladarnos su desesperación más íntima, su «sueño de polen». Lo fantasmático no es ya, para Libertella, una condición sin responsabilidad añadida sino un ejercicio doloroso y necesario, no de deconstrucción sino de destrucción buscada —espiritual y, por ende, estilística, e identificable en el arco evolutivo de su obra—. «Parece mentira cómo la reescritura puede cambiar hasta la condición pulmonar de un personaje… Como si fuera una actividad que le da pneuma a las cosas», escribe. Porque, en el fondo, no debemos dejarnos engañar por su aparente ausencia de drama. Es esta una escritura atravesada por la herida, una escritura vertida con un ansia de génesis hacia el interior en cuya respiración, la sibilancia es ocultada por una suerte de risa forzosa, al modo en que los payasos, más que experimentar la diversión, resultaban ser los médiums entre el arriba y el abajo, entre la luz humana y toda su carga de sombras —Fausto, como Héctor Libertella, también sabía que son los límites los únicos capaces de revelar ciertas verdades profundas—. «El post-hombre, nos recuerda, tiene premoniciones de un futuro que ya pasó. Sus premoniciones son, en realidad, recuerdos. Ve en un instante definitivo cómo será el fin, y se dedica toda la novela a prepararse una escenografía que se corresponda con su muerte: una armadura antigua, una playa de Massachusetts, unas gaviotas volando en el cielo. La muerte de él (si es que ocurre) es una muerte retrospectiva». Porque lo arriesgado, pienso, no es hacerse dueño y señor de un mercado cuya dinámica se asienta en los débitos y en la progresiva, pero muchas veces invisibilizada, falta de libertad a la que se autosomete un autor. Lo realmente arriesgado es la fidelidad a un camino cuyo final no pasa por engrosar y repetir lo que ya se ha dicho sino, más bien, por todo lo contrario: por adelgazar una voz infatuada para darle paso a ese mono, a ese infante que, muy al fondo, es cualquier hombre recién nacido. Como alguien le dijera: «Hasta para destruirte, Héctor, habrás de ser sistemático».