Álvaro Lozano
XX: un siglo tempestuoso
La Esfera de los Libros, Madrid, 2016
623 páginas, 25.90 € (ebook 9.99€)
POR ISABEL DE ARMAS

Como otros muchísimos libros publicados que tratan este mismo tema, xx: un siglo tempestuoso evoca los grandes acontecimientos que, de forma feliz o patética, confortante o desalentadora, han modelado nuestro pasado siglo y, de distintas maneras, han marcado y marcan nuestro presente. Grandes acontecimientos que se relacionan e interfieren: la política y la economía, la ciencia y la técnica, las costumbres y las estructuras sociales, las concepciones de la vida y las múltiples manifestaciones del arte. A medida que avanzamos en la lectura de este condensado trabajo, vamos comprobando que unos saberes y aconteceres se fundamentan en otros. Así, por poner un ejemplo concreto, sin las potentes investigaciones de Max Planck o de Niels Bohr no se habría llegado a la fabricación de la bomba atómica o a la construcción de reactores nucleares. Por su parte, la política y la economía modernas han ejercido un decisivo influjo en nuestro modo de pensar, de sentir y de vivir. La cultura y el arte en sus distintas manifestaciones –literatura, pintura, escultura, cine, teatro– han conmovido y movido a los individuos y a la sociedad hasta hacer tambalearse sus cimientos.

Tratar de abarcar todo un siglo en un único volumen, por muy voluminoso que sea, parece tarea ímproba y excesivamente pretensiosa, y además corre el peligro de llegar a ser la descripción de un mar inmenso de aconteceres con pocos milímetros de profundidad; de convertirse en un libro más de relatos de grandes acontecimientos, como muchos de los editados por Reader’s Digest, con espectacular fachada y escaso contenido. El dicho popular ya lo advierte, y generalmente acierta: «Quien mucho abarca, poco aprieta». Pero en este caso no es así. Álvaro Lozano aprieta todo lo posible, y casi lo imposible, al querer abarcar la historia mundial de un siglo en un solo tomo de seiscientas colmadísimas páginas en las que va describiendo los más importantes sucesos, explicando por qué se llega a los mismos y las consecuencias que va teniendo cada uno de ellos. En ningún caso se pierde en anécdotas superficiales y pone todo su empeño en ir al grano.

En esta bien trabajada crónica de una era llena de violencia, el autor consigue hacer un lúcido, ágil y fiel relato sobre la historia del siglo xx, que él califica de tempestuoso y fundamentalmente marcado por la guerra y la muerte, por las totalitarias ideologías del comunismo, el fascismo y el nazismo y por la conocida como Guerra Fría entre la urss y ee. uu., los dos bloques que durante décadas forjaron el mundo en el que hoy vivimos y somos. Álvaro Lozano nos ofrece una gran visión panorámica que nos ayuda a comprender un poco mejor nuestro no poco enrevesado presente.

El autor del trabajo que comentamos, historiador y ya autor de numerosas obras sobre el siglo veinte (La Alemania nazi, 1933-1945; El Holocausto y la cultura de masas; Anatomía del Tercer Reich; Mussolini y el fascismo italiano; Stalin: el tirano rojo y El laberinto nazi y la Gran Guerra), comienza este libro reflexionando cómo, en líneas generales, un ciudadano medio nacido en sus albores en Europa Occidental o en América del Norte tenía motivos para recibir el nuevo tiempo con optimismo: la ciencia y la tecnología estaban mejorando sus niveles de vida hasta cotas desconocidas y sus países dominaban el mundo mediante el comercio, las finanzas y el poderío militar. «El progreso alcanzado por la civilización occidental –afirma– parecía haber superado, entre otras cosas, las guerras, algo propio de países atrasados». Efectivamente, en 1914, Europa se encontraba en su apogeo material, cultural y político; en esas condiciones, el estallido de la Primera Guerra Mundial resultó una sorpresa. Y con esta espantosa y gran sorpresa Álvaro Lozano comienza sus páginas, al considerar, como otros historiadores, que el siglo pasado es un «siglo corto» que abarcaría desde 1914 a 1989, es decir, desde el inicio de la Gran Guerra hasta la caída del comunismo. Cree que acortar el periodo tiene más coherencia que la división 1900-1999.

Álvaro Lozano se sirve de la historia de Onoa para contarnos una parte importante de esta era. Durante treinta años, el teniente del desaparecido Ejército Imperial japonés Hiroo Onoda se había atrincherado en una serie de cuevas en la impenetrable jungla de la isla filipina de Luban. En marzo de 1974, Onoda, el último soldado de la Segunda Guerra Mundial se rendía en la mencionada isla. Este oficial de inteligencia tenía cincuenta y dos años cuando regresó a Japón, donde le convirtieron en un héroe nacional, y en aquellos treinta años había viajado por una especie de túnel del tiempo y nada sabía de lo que había ido ocurriendo en el mundo: las dos bombas atómicas arrojadas sobre su país por Estados Unidos, la descolonización, las guerras de Corea, Suez y Vietnam, la crisis de los misiles en Cuba. Nada conocía tampoco de la visita en 1968 de los Beatles a la India, un año antes de que el Apolo 11 llegara a la Luna. Unos meses antes de su llegada a Japón, Richard Nixon abandonaba la Casa Blanca en un helicóptero para evitar ser condenado en un proceso de impeachment… «En la historia del teniente Onoda –escribe este historiador–, se encuentran muchos de los elementos que caracterizaron el siglo xx: conflictos bélicos sin parangón, fanatismos irracionales, tecnología prodigiosa y una malaise existencial».

De la conocida como Gran Guerra, Álvaro Lozano destaca que, en el plano social e ideológico, supuso un cambio profundo en la fisonomía de muchos Estados donde irrumpieron las fuerzas modernizadoras. «La política de masas y la rivalidad nacional –escribe– habrían disuelto antes o después el viejo orden social, pero, como si de una potente lupa se tratara, el conflicto magnificó los cambios que se avecinaban». La guerra provocó en cadena la Revolución rusa, la desaparición del Imperio austro-húngaro, la Alemania imperial y el desmembramiento de la Europa Central y Oriental. Sus consecuencias directas fueron el auge del nazismo en 1933, la Segunda Guerra Mundial, y, por consiguiente, la desaparición de una forma de ser de la civilización europea y una ruptura general del mundo conocido hasta entonces.

Antes, Lozano nos recuerda que, una vez finalizado el conflicto de la Primera Guerra Mundial, existían disputas sin resolver e incógnitas por despejar. Las nuevas fuerzas intentaban arrebatar el poder político a las élites, por lo que el armisticio no puso fin a la guerra, tan sólo modificó sus apariencias. Los males se sucedieron en cadena: la sangría demográfica, la interrupción del comercio internacional, la destrucción industrial, la quiebra del sistema monetario que había gravitado sobre el patrón oro y la inflación resultante de la financiación del esfuerzo de guerra fueron factores de la ruina que se abatió sobre Europa.

Los Estados formados o reconstituidos tras la Gran Guerra eran demasiado débiles políticamente para poder superar una doble y aguda crisis económica: la de la inmediata posguerra y la de principios de la década de 1930. Esto provocó angustia y temor, lo que llevó a muchos a buscar «soluciones totales» que desembocaron en los totalitarismos. «Europa –dice el autor– se vio arrastrada a un nuevo conflicto fratricida por muchedumbres que aclamaban a los dictadores de los nuevos estados totalitarios como semidioses terrenales».

La Segunda Guerra Mundial es definida como una contienda despiadada en la que el frente y la retaguardia fueron conceptos sin delimitación, y los cincuenta y cinco millones de personas que fallecieron en el conflicto superaron el número de muertos en todas las otras guerras de la edad moderna. Esta cruel guerra llevó al total debilitamiento económico y político de las naciones europeas, incapaces además de conservar sus posesiones coloniales. Una oleada irresistible de movimientos de independencia barrió las colonias y llevó al establecimiento de nuevas naciones en África y Asia. El proceso de descolonización alimentó muchas esperanzas, pero la euforia inicial que acompañó el fin de la servidumbre colonial dio paso a una serie de acuciantes problemas, como el vertiginoso crecimiento de la población, el subdesarrollo económico y los conflictos étnicos y regionales en los antiguos territorios coloniales.

La desaparición de los imperios coloniales, tal y como apunta este historiador, dejó a dos naciones ideológicamente enfrentadas luchando por la supremacía mundial. La fuerza económica y el alcance global de los Estados Unidos parecían anunciar el advenimiento de un «siglo americano». Sin embargo, la victoria soviética en la guerra y su avance en Europa era para muchos el indicio de que la ideología marxista-leninista se impondría. Lozano apunta que, para las élites en las antiguas colonias europeas, la Unión Soviética resultaba más atractiva que Estados Unidos, que, aunque podía proporcionar el necesario desarrollo económico, compartía a ojos de los nuevos países muchas de las actitudes de las antiguas potencias coloniales. «La habilidad soviética para aprovechar los nacionalismos locales y mantenerse en la carrera nuclear –concluye– la convertían en un formidable adversario».

La descolonización y el fin de los dos grandes bloques reconfiguraron el mundo a finales del pasado siglo. En este nuevo mundo altamente interdependiente, la tarea de enfrentarse a problemas de magnitud global como los derechos humanos, los grandes movimientos migratorios, las enfermedades epidémicas, la igualdad de género y el daño medioambiental requiere una progresiva cooperación internacional. También en este tiempo apunta el nacimiento y el triunfo de la biopolítica. Es el momento en que la vida misma de los ciudadanos pasa a ser el recurso más preciado de los Estados, produciéndose una «estatización de lo biológico». Lozano señala que la biopolítica es deudora de estrategias de poder orientadas hacia la administración de la política sanitaria, el control de la población, la eficaz regulación desde los gobiernos de todo cuanto tiene que ver con la vida.

Con tal cantidad de materias que tratar, Álvaro Lozano es consciente de que su obra no puede ir más allá de ofrecer un panorama general y, para no perderse en una marabunta de acontecimientos, ha hecho todo por centrarse en los episodios más relevantes. Uno de sus objetivos clave ha sido buscar la claridad, pensando tanto en el lector menos iniciado como en el más experto que conoce bien algún aspecto pero desea obtener una visión de conjunto. «Historiar es comprender –afirma–, y ese es el objetivo principal de esta obra». Y para mejor hacer comprender ha recurrido a anécdotas y detalles que animan e ilustran los rigurosos y fríos datos estadísticos. Álvaro Lozano se hace eco de Pierre Vilar, maestro de historiadores, a quien cita textualmente: «La historia no puede ser un simple retablo de las instituciones, ni un simple relato de los acontecimientos, no puede desinteresarse de estos hechos que vinculan la vida cotidiana de los hombres a la dinámica de las sociedades de las que forman parte». El autor de este libro se inspira, sin duda, en un buen maestro y lo sigue muy de cerca.