Fernando Concha
Conoce los caminos
Montacerdos
156 páginas
POR CARLOS F. GRIGSBY

Sorprende la variedad de recursos que despliega Fernando Concha (Santiago de Chile, 1989) para representarnos los diversos modos en que la fe toca la vida de sus personajes. El rango va desde un surfista alcohólico que se topa con un culto religioso cerca del río Paraná, hasta el relato de la historia bíblica de Susana y los viejos en boca de dos adolescentes en Santiago, en la cual la historia de la joven judía se actualiza a través de sutiles referencias a Britney Spears y la serie animada Sailor Moon.

A pesar de ser el primer libro de su autor, hay algo de ejercicio de virtuosismo en Conoce los caminos. Al leerlo, es como si asistiéramos al concierto de un pianista hasta entonces desconocido que nos entrega quince variaciones (son quince los cuentos) sobre un mismo tema musical (la temática religiosa) y en cada uno de estas logró sorprendernos, dándoles una inflexión chilena.

Por otro lado, en estos cuentos la poesía se hace presente a varios niveles. Por ejemplo, en frases felices como «Un auto vino, se fue, dejó su brisa» o «Volvió a estirarse, cambió de lado, tocó algo. Cosas blandas rodaron sobre cosas blandas» (dos frases tomadas sin mucho esfuerzo del primer cuento), o en el preciso lirismo de los pasajes del cuento «De la luz». Además, es una colección que está armada con el cuidado de un poemario, cuyo primer cuento «Historia de una insolación» funciona a manera de umbral de este universo literario en el cual la fe religiosa roza la alucinación, la paranoia, el espejismo y el trance, mientras el contenido de las religiones (sus historias y sus mitos) pareciera pertenecer al ámbito de la especulación, la literatura y la ciencia ficción. El último cuento, «Ciudad vecina», relata otra historia bíblica, la de Lot y sus hijas. Sin embargo, en estas Sodoma y Gomorra de callejuelas laberínticas y deliberadamente orientalizadas, los ángeles exterminadores son «gringos» que arriban a la ciudad. A su vez, la ciudad nos es narrada desde el punto de vista de una pandilla sodomita (no solo en sentido gentilicio) que habla, con genial anacronismo, un español chileno ricamente vernáculo y coloquial.

En la prosa de Concha hay un cultivo del ritmo que se acerca a la prosodia. Son relatos breves y precisos, donde cada adjetivo ha sido sopesado y cuya cadencia y dicción continuamente invocan a la poesía sin por ello sacrificar la narrativa a la lírica, más bien buscando que esta potencie a aquella, a fin de volverla más memorable para el lector. En los mejores relatos de la colección, el lenguaje asombra y conduce al lector ininterrumpidamente hacia el desenlace sugerente y significativo de la historia. En otros casos uno se pregunta si el estilo no descuella más que los mismos personajes.

En lo que parece ser una suerte de obstinación, el autor rehúsa la tentación de explicitar lo que está entrelíneas. No condesciende con el lector. A través de la ironía y el lenguaje coloquial, lo invita a la complicidad. En esto, leer Conoce los caminos nos recuerda cómo, a pesar de tendencias del mercado que han influido en el género, el relato breve rigurosamente trabajado nos propone una experiencia de lectura fundamentalmente distinta de la novela: nada es obvio en el texto y sin embargo todo está ahí, solo hace falta que el lector lo encuentre. La sugerencia y la ambigüedad, hoy en crisis, son partes claves del engranaje.

No se puede escribir un libro de cuentos contemporáneo sobre estos temas —historias bíblicas, teólogos, falsos profetas, sectas— sin recurso extenso a la historia, sus archivos y tradiciones. Junto al humor y el lenguaje coloquial, aparece acá cierta erudición sin presunción, sobre todo en lo que respecta a las historias de la teología y las religiones. Así, la actualización de motivos y tópicos de sobra conocidos tiene resultados audaces: en «La anunciación», la visitación de ángeles se confunde con la visión de naves espaciales de forma elongada, o cachalotes sesteando, como las describe el narrador, mientras la fe aparece ahí como una teoría de conspiración de paranoia febril. En «Tierra prometida», el pueblo que hace un éxodo hacia la tierra sagrada no son israelitas, sino zombis inocuos y, para los habitantes de la ciudad, repugnantes: una alegoría sobre la migración y la xenofobia. De modo similar, hay un uso de la cultura popular sin necesidad de ondearla como bandera ni levantarla como pancarta identitaria. Simplemente está ahí, rodeando las vidas de los personajes, como lo está en nuestras vidas.