De niña sentarme a escribir era un acto muy sencillo. Las ideas, como un relámpago, me cegaban en los momentos más insospechados. Entonces dejaba lo que estuviese haciendo, me sentaba en el escritorio, o en la mesa del comedor, o en el suelo, y escribía. Las palabras me controlaban las manos. El lápiz se deslizaba sobre el papel. Era feliz.
Con el tiempo aquellos destellos dejaron de ir acompañados de una urgencia insoportable que no me permitía hacer nada más que escribir. Sus visitas se espaciaron y su deslumbrante resplandor se apagó. Se habían transformado en peces dorados escondidos entre el fango y la maleza que habita en el lecho de los ríos. Al intentar capturarlos casi siempre se me escurrían de las manos y se escapaban, o se morían y tenía que abandonarlos yo, dejar que la corriente se los llevara.
Me costó mucho entender que la escritura no solo dependía de esos relámpagos arrebatados, que yo interpretaba como divinos. Atrapar una historia era difícil. Entraban en juego la técnica, el oficio. De adolescente, me pareció que, igual que no me fiaría de un médico que operara como pasatiempo, recelaría de un escritor que escribiera como afición. Si quería ser buena tenía que aprender, dedicarme a ello.
Me decidí a estudiar Traducción y, después de algunas idas y venidas, desde hace unos años me gano la vida como traductora y correctora. Es un oficio duro, supone sacrificar muchas horas que podría dedicar a leer o a escribir lo que me apetece. No obstante, el contacto con otros textos, sean maravillosos o mediocres, permite que mi escritura madure.
Lo que más me ha ayudado a entender cómo enfrentarme al papel son los libros. Curso de literatura europea y Curso de literatura rusa, de Vladimir Nabokov, me llevaron a otras lecturas y a cambiar mi manera de leer. Las biografías y los diarios de escritores a quienes admiraba, como Virginia Woolf, de Quentin Bell, o los diarios de Sylvia Plath me resultaron fundamentales para entender a genios que hasta entonces me resultaban tan legendarios como la Atlántida.
Gracias a las lecturas y a mi oficio, he ido estableciendo una especie de método.
Ahora el proceso no empieza con un fogonazo, sino con una observación tranquila, un brillo entre los juncos. Mis cuentos, porque casi siempre escribo narrativa breve, han ido ganando complejidad. Observar, y más tarde pensar la trama y los personajes, me requiere mucho tiempo. La personalidad, las decisiones, los sentimientos, el mundo en el que tiene lugar mi ficción: todo debo planteármelo porque todo tiene su papel, especialmente lo que el lector no ve pero debe percibir. Es un ejercicio apasionante y agotador que descubrí al idear En las ciudades escondidas y que me acompaña hasta hoy.
A la vez que pienso el relato, intento desarrollar el primer borrador. El verbo intentar no es baladí. Este es, en mi proceso, uno de los momentos más difíciles y delicados. A veces lo que pienso se impone a lo que escribo y atrapo a mi pez dorado con un solo gesto. Es lo que me sucedió con las cinco narraciones que componen Ara soc un llac, de las que tuve el borrador en tan solo un mes. Otras veces el pez se escabulle entre las algas. Tardé treinta años en componer Y pasaron tantos años desde que tuve la primera idea, siendo una niña, hasta que la historia, la única novela que he escrito, por fin se dejó capturar.
Durante el primer borrador poner una sola palabra en el papel me supone mucho esfuerzo. Escribo de manera explosiva, con segundos de actividad intensa seguidos de minutos de una calma tensa. Al cabo de unas horas, los ojos me pican porque se me olvida parpadear. Mientras más me frustro, más me levanto de la silla, más me aparto del ordenador. Pero la historia nunca anda lejos, veo su sombra en todas las cosas.
Una vez escrito el primer borrador la tensión y la emoción de la captura se desvanecen. Me siento liberada, aunque nunca llego a la euforia. Dejo descansar el texto unas horas, como máximo un día o dos. Esto me permite poner una cierta distancia, empezar a leerme como si aquello lo hubiera escrito otra persona, y descubrir si realmente he atrapado un pez dorado o si, por el contrario, lo que nada en el fondo de la pecera es un simple renacuajo.
En el caso de que lo que haya escrito valga la pena, luego vienen el segundo y el tercer borrador, el cuarto, el quinto. Los escribo los unos encima de los otros. Adoro cortar, detesto añadir. No me molesta probar otros puntos de vista, otros narradores, aunque suponga empezar de cero. Guardo párrafos enteros al final del documento con la esperanza de que encajen en versiones posteriores. Nunca lo hacen, cada nueva versión es una narración nueva.
Haciendo todo este trabajo de poda e injertos, y sin dejar de pensar en la historia, es cuando avanzo de verdad. Alcanzo una velocidad que me embriaga. Puedo ver el relato, entender sus piezas, cómo hacerlas encajar para que se muestre como quiero. Corrijo, ajusto detalles que pueden transformar el cuento entero. Las horas se suceden una tras otra sin que me canse. El pez dorado resplandece en su pecera, un rayo de sol submarino.
El momento en que creo que he terminado no llega de manera natural. Me tienta seguir corrigiendo, no tener que pensar en el siguiente paso. Tarde o temprano, sé que no puedo demorarlo más. Cierro el documento. Lo ideal es dejarlo descansar unos meses, en ocasiones tengo que conformarme con unos días o incluso unas horas.
Sigo con mi vida. La historia empieza a desvanecerse. Con el paso de los días la recuerdo y me pregunto cómo la encontraré cuando vuelva, si habrá muerto en mi ausencia.
Al abrir el documento de nuevo me asomo a la pecera. Leer lo que he escrito con una mirada fresca me permite ver lo que antes no veía. Lo más probable es que no valga nada. Entonces lo borro todo. A veces veo el destello, un cuerpo vivo. En este momento no siento alegría, solo alivio, aunque si el relato es especialmente bueno un cosquilleo en el pecho me hace sonreír.
Reviso todo de nuevo. Pulo. Leo en voz alta. Pulo, pulo, pulo.
Tal vez, si tengo más cuentos escritos, haya llegado la hora de juntarlos. Este también es un proceso arriesgado. No siempre encajan entre ellos. Puede que la temática sea demasiado dispar, quizá lo que los separa sea el estilo. En algunos casos, si se complementan, pueden convivir cuentos muy diferentes. Es lo que me sucedió con «Norte», de En las ciudades escondidas, sobre una mujer esquimal que espera a su hijo, muy alejado del estilo realista del resto de cuentos, pero con los que compartía la esencia.
Y eso es todo. Lo que suceda con el texto a partir de ahora ya no depende de mí. Solo me queda tener la esperanza de que le sucederá otro, que los peces dorados no me abandonarán y me esperarán entre los guijarros en el fondo del río, agitando el agua en ondas como espejismos para que los atrape una vez más.