ENTRE otras muchas formas (y son infinitas), se puede escribir con la cabeza, con las tripas y con las manos. Mis intentos han combinado todas ellas: primero, el pensamiento; después, la pulsión; y, sólo al final, algo parecido a la artesanía. Esta última, también llamada técnica, goza de un gran prestigio en los talleres literarios, porque es la única que se puede aprender y se puede, por tanto, dar por supuesta a un escritor, tal y como, por ejemplo, presumimos que un arquitecto domina la geometría o un pintor su paleta de colores. No obstante, ninguna de estas competencias sirve de mucho si no viene precedida de algo más. Y, bien, ¿qué es esto? En primer lugar, la cabeza, el pensamiento, aquello que no se ha transformado en texto, porque, como dice Alessandro Baricco, aún es una palabra largamente aplazada. Y creo que este aplazamiento, este no-escribir, constituye una de las partes fundamentales de la escritura. Para escribir antes hay que no-escribir durante el tiempo suficiente, aquel que permita al pensamiento gestar una obsesión (y, digo bien, una obsesión, aún no una historia). Este proceso puede durar meses, años o una vida entera. Los talleres literarios enseñan a escribir, pero deberían existir cursos que enseñaran a no-escribir, a estarse quieto y aplazar lo que aún no se debe decir. Al respecto sólo diré que no existe un tiempo determinado y este depende de cada uno o, incluso, puede depender de acontecimientos ajenos a la propia voluntad. En mi primera novela, Ama (Caballo de Troya, 2019), el tiempo no lo elegí yo, sino que vino determinado por hechos tan fuera de mi control como la enfermedad y muerte de mi madre. Así, el primer consejo que puedo dar tiene que ver con cierta actitud pasiva, de espera y contemplación, de resistencia a escribir hasta que se haga inevitable. En mi caso, cuando he roto esta regla y he escrito sólo porque llevaba mucho tiempo sin hacerlo (y sentía un deber o cierta ansiedad), el resultado han sido párrafos vulgares y corrientes, frases sin alma, un texto pobre y vacío; por el contrario, cuando he sabido esperar hasta sentir la necesidad de escribir, el texto ha sido mucho mejor, más honesto y digno al menos.
Esto nos lleva al segundo punto del proceso: las tripas. Una vez la cabeza ha madurado y rumiado la idea durante el tiempo suficiente (allá cada uno), puede surgir el hambre, la obligación, la necesidad; en palabras de Ernesto Sábato: la obsesión fanática de contar. Sin este entusiasmo, el pensamiento resulta estéril y acaba por malbaratarse y desaparecer quizá para siempre; porque el pensamiento necesita de una emoción que lo arrastre o, de lo contrario, es simple palabrería. De modo que, mientras la emoción no llega, hay que saber no-escribir. No lo hagamos: esperemos, no escribamos, dejemos lo pensado aparte hasta que sea secuestrado y manipulado por la obsesión. Entonces surgirá algo. Hace falta, por tanto, que aquello que hemos rumiado venga acompañado de una energía descontrolada que no nos deje otra alternativa que sentarnos a escribir. Ese impulso debe percibirse como una exigencia, como una responsabilidad y un compromiso que sólo nosotros (y sólo ante nosotros) tenemos que asumir. Puede suceder entonces que la novela que vayamos a escribir comience a ocupar espacios antes no habitados y llevarnos al insomnio, a las madrugadas en vela o incluso a retirarnos del mundo. A mí esto me ha sucedido en alguna ocasión. He necesitado apartarme de los demás y poner kilómetros de por medio para concentrarme en la escritura fanática. Con mi segunda novela, Hombres que caminan solos (Random House, 2021) lo practiqué en Buenos Aires; y con mi actual proyecto lo he vuelto a hacer en Caracas y en São Paulo. Esta actitud un tanto extrema creo que se debe a dos motivos: de un lado, a mi profesión de abogado, que me obliga a unas intensas rutinas que me veo en la necesidad de romper con otras igual de agudas; y, en segundo lugar, a cierta tentación de salir de mi piel y, durante un tiempo, ser otro, es decir, sentirme escritor, un escritor de verdad, un escritor serio, un escritor como los de los documentales de La 2. Y, por ese motivo, cojo un avión y me voy lejos y aparento entonces (frente a mí, sólo frente a mí) ser lo que el resto del año no soy o no puedo ser: un auténtico escritor. Aunque es una actitud un tanto infantil, un juego de niños (lo reconozco), lo cierto es que mí me funciona. Y, así, del mismo modo que los niños se creen astronautas o futbolistas, yo, en Navidades, en Semana Santa, en agosto y en algunos puentes, me creo escritor; y hago entonces cosas y vida de escritor: madrugo, preparo café, me siento frente al ordenador, paseo por la habitación, salgo a la calle, leo, echo la siesta y vuelvo a escribir hasta que la noche cae. Habrá a quien le parezca ingenuo y tonto este juego, un divertimento impropio de un adulto; pero estimo que una parte del éxito de cualquier oficio o actividad consiste, en primer lugar, en creérselo, en imaginarnos capaces de alcanzar lo que anhelamos. Nos pasamos la vida jugando a ser otros (mirad a vuestro alrededor: nadie puede tomarse en serio): ¿por qué no hacerlo entonces con la literatura? Quizá gracias a ello alimentemos la obsesión fanática de la que habla Sábato y logremos entonces aquello que al principio sólo pudimos soñar. Además, una regla fundamental de este juego es que todo a lo que aspiramos (el éxito he escrito antes) sólo puede ser enjuiciado por nosotros (si anhelamos otras cosas, las normas serán otras), por lo que no puede existir juego más honesto y limpio que este: respondemos ante nosotros o, acaso, ante un par de amigos de fiar. No queremos el aplauso, sólo hacerlo bien y saberlo. Y, para ello, como los niños en el parque, debemos ser libres. Abandonarnos a la escritura y quizá hallar algo en ese abandono.
Este es el inicio de la tercera fase. Podemos ya comenzar a utilizar un poco las manos. Y entonces cavar, profundizar, preguntarnos, como hacía Javier Marías: ¿y qué más? Decir: pero; decir: sin embargo; decir: en cambio. Negar, contradecirse, ponernos reparos una y otra vez. Entrar por la grieta y ensancharla hasta hacerla novela. Pero, aunque hayamos empezado a usar las manos, al principio todo saldrá de las vísceras. El resultado será una masa deforme, pero sin masa no hay escultura. La escultura está ahí, ya la observamos en nuestra imaginación a pesar de que los demás nada vean. Sólo queda el último paso. Ya sólo se podrán usar las manos para dar forma a la figura. Teclear, corregir, borrar y volver a escribir. Eso debe hacerse cuando las vísceras se calmen. Quizá haya que dejar pasar un tiempo hasta que dejen de palpitar. Es el momento de la artesanía. Es el momento del tacto, pero es necesario haber sentido antes. Si no hemos sentido, mejor volver a empezar o hacer otra cosa. Mario Levrero dijo que narras lo que percibes, no lo que sabes o piensas. Creo que está en lo cierto, aunque también estimo que se debe pensar: sólo la literatura conjuga ambas acciones. Y una más. Cabeza, tripas y manos. Pensamiento, emoción y trabajo. Todo junto y en este orden o en otro cualquiera que le dé sentido. Quién sabe cómo hacerlo. Sé que, al final, se debe leer en voz alta, porque la palabra debe pronunciarse y regresar así al lugar del que vino. Sé que uno hace y deshace y a veces encuentra, pero las más de las veces sólo espera. Y, por eso, también sé que escribir consiste en no hacerlo y en quedarse tan sólo escuchando la palabra no dicha.