
En El ilustre mago, César Aira se usa a sí mismo como personaje para contar la historia de un encuentro en el Parque Rivadavia con un hombre que le confiesa tener poderes. «Puedo entrar y salir de la vida y la muerte, hacer bailar la rumba a mis órganos internos, mover objetos y seres vivos con el poder de la mente, transformar la materia, etcétera», dice. El hombre es, lisa y llanamente, un mago. Un mago real, no de trucos con palomas y cartas sino una persona con un don. Tras una demostración de sus poderes durante un encuentro en un café (el mago le muestra a Aira cómo puede detener la caída de una cuchara y convertir un terrón de azúcar en oro), le propone un pacto mefistofélico: adentrarlo en la práctica de lo que llama «nociones misteriosas» a cambio de que Aira deje por completo toda actividad vinculada con la literatura, tanto escribir como leer.
Turbado por esta propuesta, mientras recorre las calles de la ciudad de Buenos Aires Aira cavila sobre lo que implicaría para él dejar de leer y escribir. En el trayecto se encuentra con otras personas del ámbito literario, como su maestro Ernesto y su editor Francisco, quienes, ante su estupor, le restan toda importancia al tema de la magia. «¿Te parece poca cosa transformar en oro un terrón de azúcar?», le pregunta Aira a Ernesto, a lo cual este responde: «Sí, me parece poca cosa, vulgar y corriente». Y no solo eso, sino que tras esta sentencia procede a hacer una demostración de sus propios poderes: apoya su mano sobre un ejemplar de Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes, que Aira había llevado al encuentro y lo convierte en una primera edición de Nouvelles Impressions d’Afrique, de Raymond Roussel. La escena se repite en un encuentro posterior con Francisco, su editor. «¿Te parece banal tener un dominio que contradiga las leyes de la fisiología y de la física?», pregunta Aira. Y la respuesta de Francisco: «Sí, totalmente banal. Esas leyes son letra muerta». Después de pronunciarse, agarra un lápiz mordido y lo convierte en una lapicera Montblanc.
El libro de Aira estipula que, frente a las posibilidades que ofrece la literatura, la magia quedaría como algo irrisorio, insignificante. Esa idea me resulta útil para hablar de los estados en los que me muevo cuando voy a abordar la tarea de escribir: un estado entre la mística y lo banal. En los talleres literarios a los que empecé a asistir de adolescente me enseñaron a no esperar la inspiración. El concepto mismo de inspiración atenta contra la producción literaria. Ningún oficio ni arte puede ejercerse mediante raptos arrebatados de una suerte de rayo lanzado desde el cielo por el dios de la creatividad. Lo que perfecciona un oficio artístico es el desarrollo de una técnica, que se apoya muy centralmente en la repetición. Escribí todos los días, me dijeron. Leí que los autores y autoras que más me gustaban también seguían este consejo. «Las ganas de escribir vienen escribiendo», dice Liliana Heker. Intenté, entonces, armarme una rutina: escribir todos los días una hora. Eso me parecía posible. Podía asegurarme una hora para esa actividad, antes o después de la jornada laboral. Pero se demostró imposible, o yo misma lo volví imposible. La hora entera se redujo a media hora y a veces ni siquiera llegaba a eso. A veces abría un documento y me quedaba mirando cómo titilaba el cursor que, junto con las palabras «Documento sin título» que aparecían sobre la página, adquiría un aspecto apremiante, casi amenazador, que me desmotivaba. Entonces cerraba el documento y me ponía a hacer otra cosa, abandonaba la pretensión de escribir. Y no me daba culpa para nada. Al contrario, sentía alivio. Podía volver al trabajo, que es lo que de verdad me da plata. O podía usar ese tiempo libre para hacer algo más divertido que escribir, como ver a una amiga o ir al cine. O invertirlo en mi salud: hacer deporte.
Cualquier cosa es más productiva que escribir y, sin embargo, cuando paso muchos días sin hacerlo siento que algo dentro mío se atrofia. Todo el tiempo me cruzo con cosas que me despiertan la tentación creadora: el otro día, por ejemplo, compré un café para llevar y el chico que me atendió tenía alrededor del cuello una cadena plateada finita y un dije curioso de un león alado. Me dio ganas de escribir. En ese dije sentí que había una historia. ¿De dónde venía? ¿Quién se lo había dado? ¿Qué simboliza el león alado? Busqué en Wikipedia: el león alado es un símbolo de la ciudad de Venecia. Más curiosidad aún. ¿Por qué era tan importante Venecia en la vida de ese chico, que al atenderme me pareció tan porteño como yo? ¿Tenía algún vínculo con esa ciudad? Las historias nacen de las preguntas, aunque no exactamente en forma de respuesta. Otro día fui a una guardia oftalmológica por una molestia en los ojos que venía arrastrando hacía días. La oftalmóloga que me atendió me diagnosticó blefaritis, una condición de los párpados que los hace más propensos a hincharse y escocerse. ¿Blefaritis? Nunca había escuchado esa palabra. Ah, me dijo la médica, es muy común, y no es para nada grave. Blefaritis, buen nombre para un personaje. O buen punto de partida para un cuento sobre alguien a quien le diagnostican un trastorno de los párpados no particularmente doloroso ni complicado pero que no tiene cura.
Algo que veo por la ventana mientras viajo en colectivo, una anécdota que me cuenta una amiga, un rasgo físico concreto, un objeto, un comentario al pasar, una comida, un gesto: todo esto puede darme ganas de escribir. Son unas ganas intensas, fruto de la curiosidad y de la imaginación. Unas ganas que la mayoría de las veces se disipan cuando me siento frente a la computadora y la abro. ¿A dónde se fue esa magia, ese hechizo que me hacía creer que tenía una gran historia entre manos? Aunque ahora suene antiguo y solemne, me da ternura cuando los poetas clásicos invocan a la Musa. «Háblame, Musa, del hombre de muchos senderos…», «Oh Musas, oh alto ingenio, ayúdenme ahora…». Me hace pensar en ese meme de un esqueleto despellejado que dice «Ayudame loco» y que en Argentina usamos cuando estamos sobrepasados. No es un acto pretencioso, ni un recurso puramente estético: es un pedido desesperado. Ayudame, sacame esto de encima, sacamelo de adentro. Quizá lo empiece a hacer.
Pude discernir algunas cosas que me ayudan a concretar el acto de escribir. Mis musas: los deadlines. Cuando no me queda otra opción más que entregar, entonces escribo. Los días que pretendo destinar enteramente a la escritura siempre son un fiasco. Termino haciendo cosas malas para mí, pidiendo comida chatarra y viendo series morbosas sobre asesinatos o cosas así. Me funciona mejor el tiempo robado, como la protagonista de Cuadernos prohibidos de Alba de Céspedes, una ama de casa que se compra un cuaderno para escribir, algo que hace a escondidas de su familia. Escribir para tener algo tan personal como un secreto. Lo que escribo muchas veces no se parece a lo que quería escribir, o a lo que pensé que iba a escribir. Tiene que ver, sí, pero en general se tuerce hacia otro lado, toma otro camino que sale de la escritura misma. Damián Ríos, editor de Blatt y Ríos con el que trabajé mi último libro, me dijo que escribir muchas veces se trata de eso: no de controlar una historia sino de permitir que la historia te controle. Hablar sobre lo que quiero escribir o lo que estoy escribiendo muchas veces es un ejercicio doloroso. Me da vergüenza, siento que no me expreso bien, que aburro. Pero también es imprescindible; hubiera abandonado por completo la pretensión de escribir de no ser por las personas a las que conocí haciendo lo mismo que yo, con quienes compartimos textos y comentarios.
El otro día escribí como dos o tres horas, algo inusual. Era un sábado y había decidido cancelar mis planes y quedarme escribiendo un proyecto que me ronda la cabeza hace rato. Cuando terminé, sentí mucha sed. Al principio pensé que era el resultado de las horas de trabajo, un desgaste físico como el que podría sentir tras correr una maratón o ir a nadar. Pero me di cuenta de que la sed se debía a que había pasado mucho rato concentrada y, cuando estoy en ese estado, tiendo a entreabrir la boca, por eso la sentía seca. Ninguna proeza, entonces; algo tan banal como los trucos del mago del Parque Rivadavia.