Sobre mi mesa de trabajo hay servilletas y hay mecheros y hay montañas de papeles y hay ceniza. Sobre mi mesa de trabajo hay un cristal que me devuelve la forma de mis brazos como un espejo mudo mientras las manos bailotean torpemente sobre las letras de un ordenador de tercera clase. También vive, sobre ella, una taza de café sempiterna y Medusita, el juguete que Lupe, la gata con la que convivo, me ha dejado hace un instante. Pero eso es lo de afuera. Porque, en realidad, hoy mandaba hablar de los procesos. Del modo en el que encaro la escritura o, quizá, del modo en el que ella me desafía. Construí mi primer poema con seis años y, desde entonces, mi forma de escribir no ha cambiado en exceso —hay asuntos en los que, por suerte, el mecanismo es como un flujo constante que no ceja en susurrarnos con el mismo tono abrazador de siempre—. Estaba en el sofá de casa y, frente a la chimenea, dejé caer un cuaderno infantil en las rodillas. «Hay música, pensé, que llega sola». Más tarde Schiller me ofreció la explicación que necesitaba: «El impulso creador carece en mí, al principio, de un objeto determinado y claro; éste no se forma hasta más tarde. Lo anuncia un cierto estado de ánimo musical». «¿De dónde sacas estas cosas?», me preguntaba mi abuela al compartir con ella mis poemas. «No lo sé», le respondía. «Yo solo escucho una música, abuela». Y, en el fondo, así han seguido conduciéndose las cosas. Nunca me han interesado demasiado las explicaciones sesudas que privilegian lo visible y sus interrelaciones forzadas en la mayoría de ocasiones. En caso contrario, ¿qué sentido tendría no saber cómo continuar una frase, levantarte del asiento, caminar a la estantería, alargar el brazo, abrir el libro que se ha adosado a tu mano como un imán positivo y encontrar, justo ahí, el mapa de ruta para seguir andando? Hay, en la manera en la que encaro la escritura, una fe ciega en lo que ignoro y, aunque todo esto resulte paradójico, hasta el día de hoy me ha servido. Tal vez, por eso, no soy una escritora maratoniana, nunca lo he sido, sino una velocista —el hallazgo, pienso ahora, acontece como la luz que parpadea un solo instante y, honestamente, quizá tema perderla, de ahí mis tiempos—. En cualquier caso, también existen los imponderables. Y en esto sí, como diría Girondo, soy irreductible. Jamás he escrito una sola línea en compañía. Al menos, una que merezca la pena. Si hay algo que estime íntimo no es mi cuerpo al descubierto sino mi proceso de escritura junto a alguien. Sea quien sea. Siempre he pensado que, en el fondo, ignoramos como escritores hasta qué punto nos develamos dejando al aire la vulnerabilidad, como una herida. Hasta qué punto ofrecemos, en nuestros libros, las llaves de entrada y de salida a nuestro templo. Escribo sola y lo hago, entre otras cosas, porque no dejo de susurrar cada palabra que va apareciendo en mi pantalla. Es decir, soy incapaz de avanzar en silencio y, pienso ahora, tal vez esto tenga cierta relación con ese: «Yo solo escucho música, abuela». Como un mantra. Como un intento de mantener con vida ese pentagrama repleto de caracteres desconocidos para mí pero que trato de traducir desde mi lengua. Escribo sola y cada cierto tiempo —muy poco— debo levantarme porque me ayuda, el hecho de caminar mientras rumio, a descomprimir lo que siempre comienzo a sentir como una presión excesiva en la coronilla y en la espalda y en las piernas y en las muñecas y en la garganta. Sobre todo en la garganta. Como si alguien hubiese depositado sobre mí un conjunto de lastres invisibles que solo desaparecen tras los pasos que me llevan de la cocina a la terraza y de la terraza a la entrada y de la entrada a la ventana o al sofá o la puerta de salida. Creo que sólo cuando respiramos, comprendemos. De la misma manera que escribo sola, necesito tener a la vista cierta «compañía»: autores o autoras que, de una forma u otra, me han iluminado pero que únicamente mantengo cerca como quien acude a una iglesia y se siente escuchado desde un banco de madera. Esta forma de rodearme, creo, es también un mecanismo de protección y de sustento que me permite el avance: una suerte de padre o de madre celestial que te observa actuar desde la grada y que, lejos de juzgarte, te anima a seguir bailando. Algo así. Yo los miro, ellos me miran. Y poco más porque, al menos yo, reconozco sobradamente sus voces, como una nana antigua. Habitualmente también —vuelvo al afuera y a la mesa y al cristal y a Medusita— hay en mi mesa de trabajo una baraja de cartas. De hecho, me regalaron mi primer tarot con veintiún años. Hasta entonces, temí mis intuiciones —incluida esa «música»—, las guardaba en silencio como si, lo que sucedía en mi interior pasase por un sencillo falseamiento de la realidad o por una desconexión de la misma, que poco tenía que ver con una suerte de lucidez sobrevenida por sobre el temor a estar perdiendo la cordura. No en vano, mi madre se encargó, desde muy niña, de advertirme acerca de los peligros de acabar loca, como su «primo»: «mucho cuidado», repetía, cuando dejaba que mi imaginación se disparase, cuando aún desplegaba sin temor la libertad perceptiva con la que todos nacemos. Sin embargo, con o sin tarot, esas visiones nunca me abandonaron: las cartas únicamente funcionan ahora como un pequeño parapeto: al amparo de un código visual, le doy cuerpo a mi intuición, a menudo inefable para todos. Por lo demás: prefiero las ventanas abiertas, aunque haga aire; el día a la noche, algo de ruido externo frente al silencio monacal, los días de lluvia al sol cargante de verano, las torres altas a las oficinas con flexos, el café por encima del té —siempre me supo a sudor, ignoro el motivo—, ver mi cigarro cerca o saber dónde anda mi gata.
Hace un rato, mientras paseaba, me he topado con una imagen insólita. En el mercado, una mujer había dispuesto un pequeño tenderete y, sobre la mesa cubierta con un paño, un cartel donde decía: tarot. Lo insólito no era nada de esto. Lo que llamó mi atención fue que, frente a ella, quien escuchaba con toda la atención volcada en sus palabras era un niño. Y he recordado entonces Mt18, 3: «Os aseguro que, si no cambiáis y os hacéis como ellos, no entraréis en el Reino de los cielos»; y también he recordado a Pessoa: «Yo nunca hice otra cosa que soñar. Ha sido ése, y sólo ése, el sentido de mi vida»; y a Kovaldloff: «Despertamos por obra de la ensoñación cabalmente habitada. […] Pobre de quien no conceda a sus ensueños otro rango que el de reverso vacuo de lo real. Nadie puede ingresar a la existencia si a sí mismo no se sueña». Son las 10:10 horas y Vila-Matas ha hecho acto de presencia: «Recuerda aquello que decía Monterroso: El problema de ir al cielo es que desde allí no puede verse el cielo».
Solo entonces, he sonreído y he tomado aire y he vuelto a apoyar mis brazos sobre este cristal, que es un espejo.