Horacio Castellanos Moya
Roque Dalton: correspondencia clandestina y otros ensayos
Literatura Random House, Barcelona, 2021
224 páginas
POR ANTONIO RIVERO TARAVILLO

Más conocido como narrador, el salvadoreño Horacio Castellanos Moya (1957) es asimismo poeta y profesor de escritura creativa en la Universidad de Iowa. Algo de todo eso hay en este libro variado y no por ello menos coherente, más un poso del periodismo que también ejerció el autor, con páginas cercanas a la crónica o el reportaje. La parte fundamental del volumen, poco más de un tercio de sus páginas, pone a disposición de los lectores una punta de cartas cruzadas entre Roque Dalton y su exesposa, más los comentarios de Castellanos Moya, quien reconstruye los años que condujeron a la muerte de su compatriota, poeta, novelista y revolucionario que, como un espía de la Guerra Fría pero no en el ambiente gélido de la RDA sino el más bien pegajoso del trópico fue, como tantos que llevaron una vida clandestina, víctima del doble juego, y pelele de los planes y caprichos de otros, sujeto a recelos, vigilancias, secuestro y asesinato. A Dalton lo mataron los suyos, acusado de ser agente de la CIA. Viene a las mientes, al repasar su historia, el cuento de Borges «Tema del traidor y del héroe» que, ambientado en Irlanda, cuenta una historia universal, sí, de la infamia, que podría haber acaecido en cualquier sitio, como apuntó el propio Borges. No obstante, en su desenvolvimiento irlandés recuerda a su vez a aquello que dijo alguien que también se entregó a la lucha revolucionaria y con más aplicación que Dalton al alcohol: Brendan Behan. Behan afirmó que el primer deber de cualquier organización revolucionaria irlandesa era producir una escisión. De esos enredos, traiciones, ejecuciones sumarísimas, es el mimbre del que está hecho, por ejemplo, la novela El delator de Liam O’Flaherty y su conversión en película: la genial homónima de John Ford y 1935, precisamente el año en que naciera Dalton (hijo de un estadounidense de origen irlandés, por cierto).

Si toda novela de espionaje tiende a cierto grado de confusión propiciado por la ocultación, los disfraces, los nombres en clave, en este relato epistolar de no ficción también a veces hay cierta neblina. No es de extrañar: los protagonistas operan bajo nombres falsos, se expresan con todo tipo de vaguedades para no dar pistas a quienes, entrometidos, quizá lean la correspondencia, y se refieren a los otros como «los compañeros» o «la familia». No es baladí el uso de esta última palabra, que asemeja a los que la emplean a miembros de la organización secreta y sangrienta por antonomasia, la mafia; pero también tiene concomitancias con el sustantivo colectivo que muchas sectas predican de sí mismas. Mucho de secta y mafia hubo en los ambientes por los que se movió Dalton, del que en esta reseña no cabe ocuparse como merece en su papel de escritor sino solo como personaje, un poco a lo criatura de Unamuno, Pirandello, Flann O’Brien, pero sin ningún dejo de humorismo o ironía, sino vestido de tragedia. 

Las cartas han tenido siempre una capacidad de inmediatez que potencia cualquier narración. Hay historias que están basadas en ellas, y en quien las lee puede ejercer la misma fascinación, al abrir el sobre o las páginas del libro que las contiene, que el agujero de las cerraduras antiguas o una mirilla encastrada en sentido inverso que no sirva para otear el exterior sino para fisgar dentro de una casa, una estancia. Lo que aquí se ve es una sucesión de viajes, de amoríos, de intentos por ver publicada una obra literaria; también, la ayuda incondicional de la que fue mujer de Dalton, y la frivolidad de algunas jóvenes revolucionarias (una pareja, del jefe de la organización guerrillera ERP) que puede haber propiciado el final terrible: el escritor fue secuestrado por sus correligionarios el 13 de abril de 1975 y asesinado (ejecutado para quien quiera eufemismos) el 10 de mayo. El relato de los hechos apoyado en las cartas se interrumpe bruscamente en la página 83 con dos palabras que sustituyen al THE END de otras narraciones. Aquí lo que hallamos es: «¿Qué pasó?»

Los ensayos que vienen a continuación hasta completar el libro tienen distintos orígenes (conferencias, artículos, etc.) y tocan temas relacionados en mayor o menor medida con el desarrollado en el epistolario de Dalton. Porque no fue este un caso aislado en El Salvador, Centroamérica o Iberoamérica en su conjunto (también Brasil sufrió lo suyo). A la injusticia, las intervenciones militares estadounidenses, la corrupción de las clases dirigentes, la flagrante desigualdad (que no ha hecho sino ir a más, como bien señala Castellanos Moya) respondieron movimientos guerrilleros y revolucionarios que fueron alentados y dirigidos desde Cuba. La única excepción al comunismo extendido fue el idiosincrático sandinismo (Horacio Moya se refiere a los diferentes países de la zona pero no nombra o pasa de puntillas sobre Nicaragua). La reacción a la revolución, no menos violenta esta cuando pudo, fue el jarabe de balas de los paramilitares, los escuadrones de la muerte, los obedientes a Washington y a ese anciano que se va a morir sin ser juzgado por sus crímenes contra la Humanidad y atiende al alias de Henry Kissinger (su nombre real acaso sea Son-of-a-Bitch).

Castellanos Moya cuenta sus propias vicisitudes, la de su familia acomodada y conservadora en San Salvador y la hondureña Tegucigalpa, la de sus primeros pinitos en la escritura, la de las amenazas de muerte por la novela El asco, irreverente con su país. Su padre se tuvo que refugiar en México (lugar de acogida para tantos, como su Horacio, cuando también ese país era distinto). Un tío suyo fue dirigente comunista exiliado en La Habana, y se suicidó (Dalton se alojó en su casa la primera vez que estuvo en la isla). Un sobrino suyo y la pareja de este fueron asesinados por su actividad también política. La historia de El Salvador es muy sangrienta y, como aquí se lee, pegada a un infausto destino que le sorbe la sangre. Ahora que hay democracia la violencia no ha cesado, rehén el día a día, más allá de lo que cuatro años digan las urnas, del crimen organizado y las maras. La emigración ilegal y desesperada a Estados Unidos es corolario de todo ello.

Del ambiente absolutamente irrespirable de décadas anteriores, la de los ochenta y los noventa, da idea lo que le dijo el escritor Carlos Castro al autor del libro una vez que este visitó San Salvador. Es algo que no guarda mucha disimilitud con lo que le sucedió a Dalton: «¿Qué haces aquí? Te puede matar el ejército y echarle la culpa a la guerrilla o al revés».

De todos modos, este no es un libro sobre política sino acerca de la relación de la literatura con un entorno espacial y temporal concreto. Hay, pues, capítulos sobre «Orfandad y herencia literarias», el Pedro Páramo de Juan Rulfo y sobre una novela muy poco leída de Mario Vargas Llosa, Historia de Mayta, en lo que tiene de testimonio novelado de una pasión y un desencanto vuelto beligerancia adversa, y también de inquisición sobre el arte de la ficción y la cocina, el taller, que hay detrás de la obra del peruano. Sobre su propia creación también se detiene Castellanos Moya, en alguna ocasión contrarrestando el peso grave de lo trágico con el recuerdo de que una vez que fue invitado a escribir una novela vitriólica como El asco sobre cada país y él respondió que «yo ya había hecho mi labor y mencioné, sin perder la seriedad, que algunos países necesitarían demasiadas páginas para tener su ‘asco’ y yo era un escritor de novelas cortas». Sobre estas hay también un capítulo que interesará a quienes quieran conocer mejor las reglas del género, ese terreno fronterizo entre la novela y el cuento. No teoriza, y es de agradecer esto, sino que comparte su experiencia como lector y como autor, no en vano la mitad aproximadamente de sus novelas podrían encuadrarse en esa tierra de nadie.