
Paula Porroni
La vacante
Editorial Minúscula
96 páginas
«Enseñar idiomas es humillante», pensaba la protagonista de Buena alumna, la primera novela de la argentina Paula Porroni (1977) y es precisamente a lo que se dedica la narradora de La vacante, su obra más reciente. Se trata de algo más que una coincidencia. Diversos detalles de la narración disparan la sensación de lo ya visto, como si entre una y otra de las historias se tendiera un puente.
Buena alumna transcurría en Inglaterra, con un personaje intentando sobrevivir como estudiante de postgrado en el sistema universitario inglés. Desde allá, la protagonista, ahogada de odio hacia sí misma y concentrada en la redacción de una tesis sobre el género de la naturaleza muerta —still life en inglés—, trataba de conseguir dinero de su madre en Argentina, con incómodas llamadas de larga distancia. Buena alumna se sostenía en una historia mínima y obsesiva, en el lenguaje seco y preciso con el que la ávida protagonista iba destazando cruelmente a cuanto personaje se le cruzaba por delante. En La vacante persiste la sequedad del lenguaje, casi denotativo —«Era muy temprano para volver al departamento, y cuando salí del colegio fui caminando al café», comienza el relato—, pero aquí ya no hay una madre con la que lidiar; sí hay un departamento en ruinas, unas calles azotadas por el calor y una narradora que se dedica a la enseñanza del francés sin ninguna convicción. Los verbos son fundamentales en la construcción de las frases, pero lo es también la insistencia en el desdoblamiento: «Me vi sacar, prender otro cigarrillo». También se ve a sí misma simulando, un permanente simulacro de inserción social, una búsqueda casi mecánica de compañía en Tinder, un arte del engaño y el autoengaño en redes como Facebook. En tanto Buena alumna hurgaba en la violencia física y verbal, La vacante nos muestra un mundo de fantasmas y soledad, de presagios que no se cumplen: «Entonces, como de la nada, sentí que algo malo estaba por pasar, algo que ahora se escondía, como si esperase, alguna clase de acontecimiento. Volvió a invadirme esa sensación de final, de tiempo que se aceleraba de golpe ya sin detenerse nunca».
En esta novela nos encontramos con el drama de quienes no logran, aunque lo intenten dócilmente, amoldarse a las convenciones sociales: una vida feliz, una pareja, éxito económico, un trabajo estable. La soledad de la profesora de francés es total; las faltas de respeto de sus estudiantes, los ruidos extraños que oye en el edificio, la imagen de la madre aguardándola en cada rincón de la casa, van construyendo la atmósfera opresiva en que la narradora aletea, con algo de acedia, para no ahogarse: «Entré a la App Store, descargué algunas aplicaciones y las probé en otra foto que antes tenía en mi perfil como principal. Agregué un filtro de maquillaje y cambié el fondo por otro de colores más brillantes. Puse un flequillo, rellené las cejas y me esculpí los pómulos y el mentón. Volví atrás y puse uno de los filtros que estaban recomendados para Halloween. Vi surgir mi cara, la piel y los ojos ahora cubiertos por un líquido dorado, como una máscara funeraria de oro o de algún otro metal fundido». La espera de los «me gusta» en las redes sociales se va haciendo, a través del relato, larga, monótona y cruel: «Y me pasaba las horas deambulando por la casa como un fantasma que busca algo que ya olvidó, algo que perdió su nombre».
Si bien este libro no tiene la acidez ni la narradora resulta tan original como la de Buena alumna (se podía llegar a odiarla, la autora no tuvo piedad alguna con su personaje), en esta nueva novela persiste el talento para crear un mundo ominoso y decadente. Porroni no describe la ruina: la va mostrando a través de la mirada incómoda de una alumna y eventual compradora que entra a ver el departamento obligada. Es ahí donde Porroni nos deja entrever la fealdad, el abandono. De la historia tenemos, entonces, algo así como sus restos, como si entráramos a un lugar donde hubo una enorme fiesta o una explosión, y no quedara más que ir juntando los pedazos que quedaron.
Triste, también crítica del mundo virtual del que formamos parte, La vacante es una novela sigilosa, breve, algo gótica. Abunda lo no dicho: eso la hace extraña, incómodamente atractiva.