
Carlos Celdrán
10 millones seguido de Discurso de agradecimiento
La Uña Rota
120 páginas
El eje argumental sobre el que gravita la primera de las obras teatrales que se presentan en este volumen publicado por La Uña Rota plantea una pregunta que, aunque la vida de los personajes se desarrolla en Cuba, es universal: en España, por ejemplo, muchos la vivimos en el seno de nuestras familias. Nos referimos a lo siguiente: ¿cómo se forma la identidad de un muchacho cuando su padre se inclina por una ideología y su madre por la contraria? Y este planteamiento se subdivide en otras cuestiones. ¿A quién quieres más: a mamá o a papá? ¿Puedes tomar partido? ¿Es necesario hacerlo? Quizá no, pero en la vida todo son elecciones y cualquier mínima opción logrará desequilibrar la balanza: alguien saldrá herido o al menos afectado. Incluso no moverse causa perjuicio. Porque, para muchas personas, no elegir ya constituye una elección.
Las obras aquí presentadas por el dramaturgo Carlos Celdrán (La Habana, 1963), Diez millones y Discurso de agradecimiento, son dos piezas de sumo interés, cuya lectura aborda uno con tanta pasión como la de sus protagonistas en sus vidas y en sus decisiones. Hay un flujo continuo de ideas y de palabras, y un ritmo tan preciso que el lector queda atrapado en seguida.
El título de la primera se refiere al intento del régimen de Fidel Castro de producir una cantidad descomunal de toneladas de azúcar de caña en 1970, lo que también se conoce como «la zafra de los 10 millones». Esto se vio como un hito y una esperanza… pero los trabajadores temporeros vivieron jornadas de trabajo brutales y exhaustivas y se saldó con un fracaso. En Diez millones su protagonista, al que conocemos como «Él», es un muchacho dividido entre los ideales de unos progenitores separados: una madre comunista y afín a la Revolución, y un padre contrario al régimen y deseoso de fugarse de la isla. El chico pertenece a una tierra de nadie en cuanto a las ideologías porque cada balanza de su educación se inclina para un lado: ¿por quién tomar partido? Él sabe que no puede. Cuando su padre trata de escapar, y la muchedumbre lo jalea, Él al mismo tiempo apoya y desprecia la situación.
En la nueva película de Paul Thomas Anderson, Una batalla tras otra, nos encontramos al inicio a una madre tan entregada a la causa revolucionaria que sabe que su familia constituye un impedimento, y que su dedicación pasa por lo clandestino y la huida del hogar. Ese entusiasmo es el mismo que envuelve a la madre de la obra de Celdrán; página 31: «La Revolución fue donde experimentar en grande la libertad. Me entregué a ella, a la política, con un frenesí que enfrió toda pasión por él, toda vida con él, que, no obstante, resignado, impotente, esperaba en la casa a que llegase en la madrugada, tarde, sucia, agotada de aquellas jornadas de trabajo que me imponía la felicidad fanática».
En el «Segundo momento» de la obra, la acción se traslada a 1980. El padre huye, luego el tiempo pasa y la madre reconoce que no puede juzgarse a sí misma desde el presente. Sus ideas políticas ya no son las mismas, pues las de antaño son ahora «fantasmas de ideas»: «Lo que pueda decir es inservible para lo que se busca en esta obra: saber qué fuimos». (p. 50 y 51). Si su perspectiva sobre la madre ha cambiado, la del padre también cambiará cuando al hijo le cuenten que su progenitor tuvo miedo, que hizo lo que pudo: «Uno que huye, que abandona, que se rehace».
En Discurso de agradecimiento asumimos que aquel muchacho se ha convertido en escritor, en alguien galardonado con un premio en España para cuya recepción tiene que dar un discurso por vía telemática en tiempos de pandemia. Los fantasmas del pasado no dejarán de acosarle (la madre, el amigo de infancia, la opinión popular, ahora inscrita en redes y en anónimos). El dramaturgo ha de rendir cuentas porque no tomó partido. Pero la política y la literatura, lo explica él mismo, son caminos opuestos: «[…] Sin embargo, un escritor no es activista, la literatura trabaja con lo que la política real no puede legislar, ni resolver: catástrofes, dilemas. La política en la literatura es un dilema. Una encrucijada» (p. 71).
El escritor lo sabe: si uno se acusa a sí mismo, entonces está perdido. Desde el principio del volumen le veremos como a alguien incompleto, desestructurado: el fruto de una familia dividida. Un superviviente en crisis.