POR RUBÉN GALLO
Fotografía de Randy Ayazo

«A la 1 y 14 minutos de la tarde de ese martes siniestro me estaba afeitando cuando empezó el terremoto». Así arranca Escombros, el libro más vertiginoso y desgarrador que ha publicado Fernando Vallejo. En él narra la destrucción causada en su vida por el terremoto que sacudió la Ciudad de México el 19 de septiembre de 2017 y que los capitalinos vivieron como una réplica, 32 años después, del sismo que destruyó una parte de la ciudad en el mismo mes y en el mismo día de 1985.

Vallejo vivió esos minutos interminables sobre la azotea de su edificio en la Colonia Condesa, acompañado de Olivia, su empleada doméstica, que le iba narrando cómo se derrumbaban los edificios aledaños (el novelista había olvidado sus anteojos). «¡Se cayó el del señor Ripstein, don Fer!». Pero Fernando, que ni siquiera en esos momentos perdía su sentido del humor ni su ironía, respondió:

¡Qué se iba a caer, pura histeria de mujer! […] el edificio de Ripstein no cayó, resistió. El que sí se fue al suelo fue el de su izquierda, tal y como se había ido segundos antes el de su derecha. De esta suerte el cineasta Ripstein quedó sin vecinos al lado, entre dos vacíos. ¡Qué afortunado! Mientras menos vecinos menos enemigos.

Cuando paró de temblar, el edificio de Vallejo, como el de su vecino Arturo Ripstein, seguía en pie, pero al bajar a su apartamento se encontró con una escena apocalíptica: todo el contenido de su casa — las lámparas, los muebles, los cuadros, los cientos o miles de adornos y recuerdos de viajes coleccionados a lo largo de una vida — estaba hecho añicos. Las alfombras quedaron cubiertas por una capa de vidrios rotos, fragmentos de esculturas y adornos hechos trizas:

Un vidrierío de terror: copas de bacará, porcelana de Limoges, caballos de arcilla de la dinastía Ming, un vaso Fortuny de antes del Renacimiento, bodegones, jarrones, etcétera, etcétera, todo en el suelo. Una vida entera en astillas, en añicos, en pedacitos, la de David y arrastrada por la suya, la mía. De no creer. Mis ojos que tanto han visto se me salían de las órbitas tratando de abarcar la magnitud del desastre.

David — David Antón, el artista y escenógrafo con quien Vallejo había compartido los últimos 47 años de su vida — se pasó el sismo sentado en el borde de su cama, catatónico. Al final se quedó inmóvil, paralizado, sin hablar ni ponerse de pie. Con el terremoto también se derrumbó la vida de David, que nunca volvería a ser el mismo y que moriría unos meses después. Escombros es también la crónica de esa muerte, que puso fin a casi medio siglo de complicidad y convivencia.

El tercer personaje del libro es Brusca, la perra que Fernando recogió un día en las calles de la Ciudad de México y que alegró las vidas de los dos amigos. Al ver el tapiz de vidrio en que había quedado convertido su apartamento, la primera reacción de Fernando es proteger a Brusca: «Si la perrita da un paso más, se corta las patas y se nos desangra. Mire cómo está eso. Voy por una escoba y el recogedor para abriles camino», le dice a la empleada. Pero Brusca no se cortó las patas ni se desangró: acompaño a Fernando durante los meses que duró la limpieza del apartamento — subiendo y bajando los siete pisos del edificio a pie y sacando cajas de escombros y de vidrios rotos — y la agonía de David.

Después de la muerte de David, Fernando decidió poner fin a más de cuatro décadas de vida en la Ciudad de México y volver a su país. Escombros es también la crónica de ese viaje accidentado, acompañado de Brusca, hasta Medellín, en donde los dos se mudaron a una casita en el Barrio Laureles que David había alcanzado a remodelar antes de su muerte. Para evitar que Brusca tuviera que hacer un segundo viaje en el maletero del avión, Fernando decidió que después del aterrizaje en Bogotá harían el resto del viaje por carretera, parando en ciudades y pueblos hasta llegar a Antioquia: una odisea de muchas horas, que se hicieron más porque Brusca tenía que parar para tomar agua, para ir al baño, para salir a dar una vuelta.

Después de la llegada a Medellín, Escombros se transforma en la crónica de un regreso tardío a la ciudad de la infancia, de los recuerdos, de la nostalgia… y del horror. Como en todos sus libros, Vallejo pinta los males de su país con humor negro y con un gran sentido de la ironía. Si México se había convertido en una pesadilla, Colombia resulta ser un infierno:

Gran error haberme metido en la gobernanza de Colombia, este país no agradece ni aprende, es cerril. La cerrilidad le viene de los españoles, los patipuercos que nos trajeron los curas y nos robaron el oro. Pero la mala índole le viene en su conjunto de ayuntamiento de tres sangres: la blanca, la negra y la aborigen, un batiburrillo espantoso que cocinó la lujuria en un caldero hirviendo. ¿Comen? No es que coman, devoran, no paran de tragar. Tres veces al día mínimo más los tentempiés que hacen en los entreactos. Digamos seis comidas diarias. ¡Como no van a tener hambre! Todo el tiempo la tienen. La tienen que tener. El colombiano come, pide, pretende, exige y enarbola derechos.

Escombros, como todas las obras de Fernando Vallejo, celebra el arte de la fuga y de la digresión, ese componente tan importante de las grandes novelas que afinaron Cervantes, Laurence Sterne, Rabelais y tantos otros. La narración del regreso y la instalación en la casa de Laureles, por ejemplo, se interrumpe constantemente por reflexiones sobre la historia y la política de Colombia, recuentos de sueños e incluso anotaciones sobre lecturas apócrifas, como por ejemplo ésta:

Ya acabé el libro del marqués de Vargas Llosa. Interesantísimo. Trata de cómo en su primer año de gobierno en el Perú acabó con Sendero Luminoso y metió preso a su líder Abimael Guzmán: lo encerró bajo tierra, le puso un uniforme de presidiario de rayas amarillas verticales sobre fondo blanco, ¡y lo dejó como una cebra!

Gracias a estas divagaciones —hay otras en que el autor recuerda su estancia en Nueva York en los años 70, el encuentro con un hustler por las calles de la ciudad, las juntas de condóminos en el edificio de la Ciudad de México, la argentinidad del Papa Francisco —, Escombros es, a pesar del tema que trata, un libro lleno de chispa, de ingenio y de vida.

Cualquier otro autor hubiera narrado el terremoto y la muerte de su compañero con sentimentalismo y autocompasión. Pero no Fernando Vallejo: en éste, como en todos sus libros, hay una profunda comprensión de la naturaleza humana y de la sociedad. Los seres más queridos mueren y todos nosotros moriremos pero no por eso el mundo deja de ser un horror ni sus habitantes unos monstruos. Milan Kundera decía que si algún día los novelistas dejaran de reírse del mundo, de sus tragedias, y de ellos mismos, habremos llegado al fin de la literatura. Por suerte nos queda Fernando Vallejo para seguir haciéndonos reír de nuestra condición: mientras siga escribiendo, seguirá existiendo la literatura.