Alba Muñoz
Polilla
Alfaguara
192 páginas
POR MEY ZAMORA

Polilla, la primera obra de la periodista Alba Muñoz (Barcelona, 1985), empieza de forma impactante: «Llevo tres días encerrada y no quiero salir». La narradora cuenta su encierro en una habitación de una casa de Sarajevo con Darko, un joven bosnio al que ha conocido en la estación de tren de la ciudad. Ella, una chica de veintiún años, había llegado a Bosnia-Herzegovina en un viaje de reporterismo que se anunciaba en un cartel de la facultad. En ese momento hace quince años que acabó la guerra fratricida entre los habitantes de la antigua Yugoslavia, aquella guerra en el centro de Europa que se ensañó en la violencia contra las mujeres y que dejó un reguero de cadáveres y víctimas («La guerra de Bosnia fue la primera en la que las violaciones se utilizaron sistemáticamente como arma de guerra»).

La joven periodista, que era en aquel momento la autora, reseguirá los rastros de las atrocidades cometidas contra las mujeres, el negocio de la trata y prostitución que no ha podido atajarse pasado el tiempo. Recientemente la también barcelonesa Marta Carnicero recogió con fuerza este tema en su última novela, Matrioskas. Muñoz, que ha trabajado como reportera y guionista de proyectos audiovisuales, se documentó en hemerotecas y visionó vídeos de aquel conflicto que fueron grabados con cámaras domésticas («tenían la misma estética que mis recuerdos de la infancia», escribe).

Esa similitud dará pie a un relato con dos líneas, se combina el trabajo de investigación sobre el tráfico de mujeres en el conflicto con el de la experiencia personal, que bascula sobre la relación con sus padres y la que mantiene con Darko. El resultado de esta alternancia es desigual. La parte periodística revela episodios de gran impacto. Algunos desgarradores como el contado por una víctima llamada Nikolina. Con su relato pone en primer plano la deshumanización de la violencia y la dureza de las violaciones, palizas y maltrato que sufrieron tantas jóvenes, primero venidas de fuera y después del propio país. Aquel conflicto convirtió la tierra de los Balcanes en «el burdel de Europa».

Otro momento que remueve es la recuperación del caso de la joven ucraniana Olena Popik, que la reportera rastrea en archivos. Vuelven los hechos y azotan al lector. Son estos fragmentos los de mayor potencia del libro, aquellos en los que la búsqueda de fuentes informativas o la visita a los lugares del horror como Srebrenica reviven en la memoria el horror de la guerra y sus cicatrices. Es un ejercicio necesario, también una invitación a interrogarse por estos conflictos tan vivos en el presente.

La parte autobiográfica alude y remite a una mala relación con el padre –infiel desde el inicio del matrimonio, se separó de su madre cuando ella tenía dieciséis años- que no acaba de entenderse más allá del desapego y de la falta de afecto que recalca. La que mantiene con Darko, destructiva, se sostiene en la atracción sexual y en una nociva adicción donde asume el papel de víctima. Planea la falta de un referente masculino positivo. El velo sobre el padre no acaba de caer. El hombre, con quien comparte profesión aunque luego se dedicara a dar clases, se perfila como un ser egoísta y desafectado. En sentencias del tipo «Es difícil parecerse a alguien a quien odias» parecen ocultarse agravios de mayor envergadura que los expuestos en el texto.

La joven Alba se reafirma en el ejercicio de la profesión y es allí donde encuentra referentes, en figuras femeninas como la cámara neozelandesa Margaret Moth, que cubrió aquel conflicto en los Balcanes y cuyo rostro acarrea el impacto de una bala disparada por un francotirador serbio. O la que fuera policía estadounidense destinada en Bosnia, Kathryn Bolkovac, quien denunció la implicación de miembros de distintos organismos internacionales en la trata de mujeres. Son un modelo e inspiración. La dualidad de esa mujer fuerte en el ejercicio de su profesión e insegura y sin riendas en el manejo de sus relaciones personales desconcierta y plantea interrogantes al lector.

Es en las páginas finales, pasado el tiempo, cuando la reflexión («No había habido autoengaño, sólo precariedad de herramientas») revela el camino de aprendizaje de esa mujer insegura -con ambición en el campo laboral y en la defensa de las mujeres- y vulnerable –en sus afectos y manejo de sus instintos. Como ocurriera en el inicio, Alba Muñoz ha acertado con las palabras que cierran estas páginas. El término polilla –así la llama el padre-, que da título al libro, carcome la autoestima pero en el proceso de madurez muta y adquiere un nuevo sentido.