Juan Pablo Villalobos
El pasado andará tras nosotros
Anagrama
256 páginas
POR EVA COSCULLUELA

«Me había convencido de que los días que iba a pasar en México serían tan solo un intermedio, una pausa en mi vida real en el extranjero, y me había propuesto dedicarme solo a lo importante, a lo que había venido a hacer, a cuidar a mis papás y nada más, como si hubiera viajado al pasado y tuviera miedo de que mis acciones trastocaran el futuro». Así, como si caminara de puntillas, el protagonista de esta novela —se llama Juan Pablo, es escritor y hace años que salió de Lagos de Moreno (en Jalisco, México) para hacer su tesis doctoral en Barcelona— vuelve a su pueblo natal. Sus padres, ya mayores y necesitados de cuidados, siguen viviendo en Lagos: su padre sufrió un ictus del que se está recuperando y su madre debe someterse a unas pruebas diagnósticas por sus fuertes dolores en la columna vertebral. Para ayudar a sus hermanos con los cuidados durante el tiempo en que su madre se somete a las pruebas, Juan Pablo regresa a la casa familiar y lo que era un viaje que se presumía plácido, pronto empieza a torcerse. Su amigo Everardo insiste en salir a tomar unas copas y rememorar los viejos tiempos —unos tiempos que parecen más felices en la imaginación del amigo que en la memoria de Juan Pablo—, y, aunque intenta evitarlo, no le queda más remedio que acceder. La noche se complica y acaban a golpes: Juan Pablo pega un puñetazo a su amigo y el camarero los separa antes de que la pelea vaya a más, Everardo lo amenaza de muerte vía whatsapp y, a la mañana siguiente, aún tratando de metabolizar todo el alcohol ingerido durante la noche, Juan Pablo le responde con la foto de una bala que llega a sus manos por casualidad. Para él, todo esto no es más que una broma —incluso tiene que explicar a su hermana de qué se ríe mientras manda el mensaje—, pero unos minutos después recibe la noticia de que han encontrado muerto a Everardo y, aunque parece claro que la causa de la muerte es un infarto, las circunstancias —la pelea en el bar, las amenazas cruzadas, la bala— ponen a Juan Pablo en el centro de las sospechas. Esto, que es el punto de partida de la novela, se enreda mucho más según avanza la historia: hay estafas presentes y pasadas, hay deudas desconocidas y acreedores que quieren cobrarlas, hay amigos de verdad y otros de cartón piedra, hay compromisos adquiridos difíciles de cumplir. Y hay pastillas, muchas pastillas que quienes rodean a Juan Pablo le ponen en la mano todo el rato para distintas cosas, casi siempre contrarias: ansiolíticos para calmarse, anfetaminas para activarse, melatonina para dormir, estimulantes para despertar…

Juan Pablo Villalobos siempre ha reivindicado la «literatura de la imaginación» frente a la «literatura de la experiencia», y eso se veía muy claro en sus primeras novelas —Fiesta en la madriguera (2010), Si viviéramos en un lugar normal (2012), Te vendo un perro (2015)—, que podríamos clasificar de ficción pura, aunque no están exentas de ese reflejo de la realidad que toda ficción contiene. Contagiado de ese punto juguetón que siempre tienen sus obras, en 2016 decidió experimentar con la autoficción de una forma bastante libre y despegada, como una suerte de parodia y sin prescindir de esa reivindicada imaginación, e inició una trilogía que empieza con No voy a pedirle a nadie que me crea, con la que ganó el premio Herralde de novela, continua con Peluquería y letras (2022) —donde explora esta diferencia en la forma de entender la literatura— y que culmina ahora con esta novela. Juntas tienen una estructura circular: en la primera vemos al protagonista salir de México, en la segunda nos cuenta su vida apacible y feliz en Barcelona y en la tercera lo vemos regresar; y en las tres utiliza un narrador muy parecido a él, con un entorno muy parecido al suyo, y, despegándose ya del prefijo «auto», lo enfrenta a una serie de calamidades —¡cómo le gusta a Villalobos poner en aprietos a su alter ego!—. Su protagonista tiene que hacer frente a una acumulación de imprevistos que empiezan por algo intranscendente y que se van enredando poco a poco, que cuanto más intenta solucionarlos, más se enmarañan, y que complican enormemente la vida de este hombre incapaz de controlar la situación, porque todo se le escapa. Esta es una novela sobre la extrañeza, sobre lo rara que puede ser la vida por muy anodina que parezca.

Esta extrañeza viene dada, en una parte bastante importante, por la condición de expatriado voluntario y es uno de los puntos fuertes de la novela: el lugar desde donde el autor cuenta, donde coloca a su protagonista para que narre la historia. La suya es la mirada del que vuelve después de mucho tiempo al lugar donde nació y creció, del que sigue conectado con el territorio, pero lo ve desde fuera; una mirada congelada en el tiempo, que calibra y mide en función de cómo eran las cosas cuando se marchó y es consciente de la distancia que separa a su yo de entonces con el de ahora. Una distancia que aumenta por los reproches de quienes lo rodean, que no pierden oportunidad de recordárselo: «¿Cómo te vas a acordar si te fuiste hace tanto tiempo?», «Así es en todos lados, si no sabías es porque no vives aquí, no te enteras de nada». En realidad, nadie le reprocha que viva fuera del país, sino que se haya ido por voluntad propia. No es la condición de migrante lo que molesta, sino que su marcha fuera voluntaria, y de ahí el rencor: «… me molestó muchísimo, era una de las cosas que más me hacía enojar, que la gente me echara en cara que ya no sabía cómo eran las cosas en México, esa superioridad moral con la que me castigaban por haberme ido».

Me gusta mucho este punto de vista tan fresco. Porque el desarraigo, la crisis de identidad, el no sentirse del país de origen pero tampoco del de destino, ese sentirse extranjero en los dos lugares, se ha trabajado mucho en la literatura, pero suele venir acompañado de unas circunstancias mayores que obligaron a la marcha y que, de alguna manera, se imponen. Sin embargo, en esta novela Villalobos pone el foco en cómo se entiende esa voluntad de marcharse entre los que se quedan y como la vive el que se fue. El protagonista no sólo tiene que lidiar con ese no ser de ningún lado, sino que tiene que escuchar cómo se lo echan en cara todo el tiempo: cuanto más abajo está su interlocutor, más contundente es el reproche. Y eso le genera una intensa sensación de rechazo: «Cada vez que alguien me decía que ya no sabía cómo eran las cosas en México, yo sentía que me estaban diciendo que me fuera, que debería pensar en irme cuanto antes, regresar a mi vida en el extranjero y no volver más aquí, para qué, por qué se me había ocurrido volver, aunque fuera unos días».

Ese rechazo continuamente subrayado no es más que una forma de violencia de baja intensidad. Porque, igual que ocurre en novelas anteriores del autor, la violencia aquí está muy presente, aunque Villalobos no la pone en el centro ni la muestra de forma explícita. Es como el líquido amniótico en el que flota la historia, que no se ve, pero todo lo rodea y todo lo impregna. Una violencia estructural, arraigada entre los habitantes del pueblo —y del país—, que es costumbre y excusa, que condiciona la vida allí y también la explica.

La novela despliega también una interesante reflexión sobre el lenguaje como marca de clase —«Que te crees la gran caca por haberte ido de Lagos, hasta hablas todo mamón para distinguirte de nosotros, me desprecias y desprecias a todos los que nos quedamos»— y como herramienta para modificar el peso de lo que se va a decir: durante todo el texto se repite esa forma de introducir las frases con un «Escucha» que nunca presagia nada bueno, que se utiliza para decir lo contrario de lo que el interlocutor espera. Villalobos también reflexiona sobre la memoria y los mecanismos de la ficción, sobre cómo se construyen los recuerdos y se retuercen para que encajen con nuestro marco mental, y cómo a veces cobran sentido muchos años después, cuando se accede a una verdad desconocida hasta entonces —en este caso es algo que los padres habían ocultado a sus hijos para protegerlos y que el protagonista descubre ahora—, aunque, de algún modo, intuida.

Sobre todo, tal como avanza el título de la novela, que en la portada interior se amplía —«El pasado anda atrás de nosotros como los detectives los cobradores los ladrones»—, Villalobos ha escrito sobre la herencia y el peso del pasado. Sobre lo que cada uno acarrea consigo, lo que no es posible dejar atrás por muchos kilómetros que se pongan de distancia, de lo que no se puede escapar. Y es una novela sobre la «hijidad», sobre la condición de hijo en ese momento de la vida en que cambian las tornas y hay que cuidar a quienes nos cuidaron, proteger a quienes nos protegieron, convertirnos en padres de nuestros padres.

Villalobos consigue lo que se propone en esta novela divertida y ácida, en la que vuelve a demostrar que no hay nada mejor que alejarse de la solemnidad para hablar de cosas profundamente serias.