
María Sonia Cristoff
Desubicados
Minúscula
89 páginas
Vinilo
113 páginas
La obra narrativa de María Sonia Cristoff se ha construido en torno a algunas preocupaciones constantes: la alienación del sujeto en el mundo capitalista, la potencia del desplazamiento a la deriva y una mirada atenta a las vidas asombrosas de los animales. Baste recordar a los olvidados de la Patagonia en las crónicas de Falsa calma (2005); a los andariegos compulsivos que recorren sus textos, como la pareja que deambula artísticamente por la ciudad de Buenos Aires en Bajo influencia (2010) o al Albert Dadas que no puede dejar de caminar en Mal de época (2017); piénsese, por último, en Frito, el guaicurú de esta última novela, o en Bardo, el jabalí vitalista e indómito que toma la palabra en Derroche (2022). Por otra parte, y más allá de lo temático, la escritura de Cristoff se ha caracterizado por la pulsión de componer la novela como un collage de materiales heterogéneos, cuyo resultado son textos híbridos con un pacto de lectura que en la mayoría de las ocasiones oscila entre lo ensayístico, lo autobiográfico y la ficción pura, de modo que la pregunta por el género se vuelve irrelevante. En este contexto, Desubicados, publicado originalmente en Argentina en 2006 (Sudamericana) y con sucesivas reediciones en Chile (Laurel, 2014), España (Minúscula, 2021) y otra vez en Argentina (Vinilo, 2024), se ha convertido en uno de los textos más emblemáticos de su autora, no solo porque compendia los rasgos antes mencionados, sino también porque, frente a las dinámicas hiperaceleradas de una industria donde la mayoría de libros caducan antes que una fruta, esta obra ha ido ganando vigencia con el paso del tiempo.
En Desubicados, las estruendosas relaciones sexuales de los vecinos conducen a la narradora al insomnio y la impulsan a vagar por el zoológico de Buenos Aires para curarse de lo que llama la «resaca existencial», un malestar que la lleva a preguntarse repetidamente si abandonar la ciudad. Durante un largo día, se produce una identificación entre ella y los animales, tan desubicados o fuera de lugar en sus jaulas como, de algún modo, nosotros en las nuestras: «Los seres humanos me parecen remotos, incomprensibles. Me acurruco en algún lugar entre las jaulas, como un bicho más, y mi ánimo se apacigua». A partir de ahí, se cuentan breves escenas recabadas de distintos lugares y protagonizadas por animales: unos elefantes que atacan diversos poblados de África en venganza a las masacres cometidas contra sus ancestros, un mono que aprende a escaparse y se cuela repetidamente en la casa de la señora que vive enfrente del zoo para saquear su nevera, unos cóndores nacidos en cautiverio que son liberados en una aparatosa ceremonia y un jabalí que vive con otros diecinueve seres de distintas especies en casa de Beba, la valiente mujer que se hizo cargo de ellos cuando la Municipalidad de Rosario cerró repentinamente su zoológico. La mayoría son imágenes de resistencia que van acumulando el sentido de lo intolerable que hay en la violencia y en la disciplina feroz que el ser humano ejerce sobre los animales y también sobre sí mismo.
Uno de los aspectos más interesantes tiene que ver con la construcción de una narradora aturdida, que comparte con los animales un estado mental de agotamiento; por lo tanto, su prosa no puede ser más que discontinua y digresiva. En ese sentido, la protagonista, más que contarse a sí misma, se presenta como «depositaria de relatos» de los otros, tanto de los personajes del mundo narrado como de la literatura que lo alimenta. Así, Desubicados hace explícita la intertextualidad con muchas otras obras, en la convicción de que un texto se construye en el diálogo y la cita amorosa con las ideas de los demás: Moby Dick de Herman Melville, La vida de los animales de J. M. Coetzee, los Crímenes bestiales de Patricia Highsmith, El arca sobrecargada de Gerald Durrell, La mujer y el mono de Peter Høeg, La jirafa de Marie Nimier o ¿Por qué miramos a los animales? de John Berger. En este último, escrito originariamente en 1977, Berger lamentaba que, mientras se multiplicaban en las pantallas, los animales han ido menguando en nuestro entorno y en el conjunto del planeta. También han corrido peligro de extinción en las artes, pero es posible que se esté produciendo un cambio en los últimos años, y que el creciente cuestionamiento de la perspectiva antropocéntrica –donde se ubica con felicidad combativa la literatura de Cristoff– pueda traer de regreso a los animales para que vuelvan a poblar de nuevo nuestros textos y nuestro mundo.