Sara Mesa
Oposición
Anagrama
232 páginas
POR MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO

Etimológicamente «burocracia» viene a designar el poder que se ejerce desde los despachos. Si nos remontáramos a sus lejanísimos orígenes, podríamos conjeturar que la primera burocracia -como ocupación especializada en la división del trabajo- debió de surgir, al mismo tiempo que la escritura, con los escribas mesopotámicos, que con sus afilados estiletes apuntaban sobre tablillas de barro asientos y salidas de bienes con propósito contable. Mucho más cerca de nosotros fue Max Weber, reelaborando el pensamiento de quienes, desde mucho antes, se habían ocupado de la burocracia, quien vinculó sus orígenes al surgimiento del Estado moderno, subrayando que su aparición constituyó, además de un paso inevitable en la racionalización de la progresiva complejidad de las tareas administrativas, un importante instrumento de dominación política.

Pero no fue hasta el siglo XIX, coincidiendo con el desarrollo de la industrialización, cuando la burocracia y los burócratas adquirieron la atención social necesaria para convertirse, primero en motivo y, en seguida, en argumento, de la ficción narrativa. Y es que, en principio, resulta difícil imaginar algo menos «novelesco» que el trabajo y la «peripecia» de un burócrata: un trabajo fijo (y si es en la Administración, «para toda la vida»), rutinario, seguro y siempre pautado, en el que queda poco espacio para la creatividad, y mucho menos para la aventura. Que Dickens, Melville, Dostoyevski, Galdós o Chéjov -por citar solo a algunos maestros cuyas obras coinciden en el tiempo- lograran apasionar a su lectorado tradicional con historias de gentes de oficina -vidas que se dirían indignas de interés literario- constituye uno de los fenómenos más notables de la gran novela del XIX: en todas ellas los héroes y los villanos han perdido el aura que había caracterizado a los protagonistas de las novelas desde la consolidación del género en los siglos XVI-XVII (compárense por ejemplo, con antihéroes como el cesante Ramón Villaamil, de Miau; el viscoso, y «humilde» Uriah Heep, de David Copperfield, o el innominado y miserable narrador de Memorias del subsuelo); asimismo, los grandes espacios exteriores o interiores se han trastocado en covachuelas más o menos siniestras, desprovistas de ventilación (recordemos el espacio claustrofóbico en el que trabaja -o no- Bartleby, o el irritante (y kafkiano avant la lettre) «negociado del circunloquio» de La pequeña Dorrit); también ha cambiado la peripecia «aventurera» de sus protagonistas, desprovista de grandeza, intensas pasiones o impulso heroico, y que se limita a mezquinas intrigas para mantenerse en el puesto, escaquearse de las tareas, trepar en el escalafón, o paliar su resentimiento y frustración a base de utilizar su ínfima parcela de poder para vengarse de quienes necesariamente acuden a ellos para obtener lo que la misma Administración les exige.

A esa tradición novelesca, que se prolonga copiosamente y, con diferente intensidad, en el siglo XX (desde Kafka y Robert Walser a David Foster Wallace, pasando, en el ámbito hispánico, por Cela, Benedetti, o Landero), se incorpora Sara Mesa con su novela Oposición (Anagrama), a la que podríamos definir como una especie de Bildungsroman funcionarial, puesto que en ella se cumplen las condiciones que definen la novela de aprendizaje: no importa tanto el relato de la vida del personaje, sino un momento o época fundamental de ella, en el que la propia experiencia lo hace evolucionar desde una relativa ignorancia al conocimiento (sobre todo de sí mismo), y a transformar su pasividad en acción.

En el caso de Oposición, la narradora-protagonista, Sara (o «Sada», como ella pronuncia su nombre por una suerte de dislalia) es una joven que se incorpora a un centro oficial como interina, con la idea de, posteriormente, presentarse a una oposición para adquirir la condición vitalicia de funcionaria. Como ocurría con Nat, la protagonista de Un amor (Anagrama, 2020), para mí la mejor novela de Mesa, de su vida anterior conocemos muy poco. Lo que sabemos desde el principio es que desea trabajar y probablemente sueña con otras vidas, aunque le atrae la posibilidad de hacerse funcionaria (quizás para tener tiempo para más cosas) y sentir que pertenece a algo superior a ella; pero a la vez es una mujer inquieta, curiosa, con su punto de rebeldía lúdica. Y es también práctica: «Era, en todo caso» -reflexiona retrospectivamente- «el empleo que me proporcionaría la vida que todavía no había podido tener, la vida de la emancipación y de la libertad»: es el mismo pensamiento con el que decenas de miles de jóvenes aspiran cada año a entrar en la Administración, como interinos o, tras las preceptivas oposiciones, como funcionarios permanentes. Como también le ocurría a la Nat de Un amor, la novela de Sara/Sada comienza con su llegada a un ámbito extraño y cerrado, autosuficiente; solo que esta vez no se trata de un entorno rural y faulkneriano, como el de La Escapa, sino del gigantesco edificio cerrado y laberíntico en el que se halla la sede (algo imprecisa) de una importante dependencia de la Administración.

A Sara no le asignan un despacho, a pesar de que, al parecer, hay muchos sin ocupar, sino una mesa y una silla en medio de ninguna parte: un lugar de paso sin privacidad y a la intemperie administrativa. Como Bartleby, no dispone de una ventana desde la que ver el mundo exterior, que solo existe mediante ersatzs o sucedáneos: una pequeña zona ajardinada, un aparcamiento, una azotea, desde donde puede contemplarse la vida del afuera, la verdadera vida.

La buena voluntad de Sara, una muchacha aplicada, deseosa de aprender y dispuesta a hacer bien las cosas, se empieza a cuartear cuando pasan los días y las semanas, sin que nadie le diga qué tiene que hacer. Cuando finalmente le llegan las instrucciones tarda poco en darse cuenta de la inutilidad y redundancia de los exasperantes meandros y barreras administrativas y de la imposibilidad de modificarlos, lo que acrecienta su sentimiento de soledad.

A pesar de todo, Sara intenta adaptarse. Y, a medida que lo consigue (nunca completamente), piensa que «el mundo exterior se emborronaba, desaparecía, mientras que ahí dentro todo se afinaba, se volvía más nítido y adquiría multitud de matices que yo ya era capaz de distinguir como una experta». Algo que la lleva a pensar que «ya casi me he convertido en funcionaria».

A ese malestar de fondo, provocado por la contradicción entre lo que tiene y lo que quiere y no puede, contribuye la escasa comunicación con sus compañeros, una variopinta tropa de tipos definidos, igual que los personajes planos en la taxonomía E.M. Forster, con muy pocos rasgos (el gracioso, el trepa, el jefe reluctante, el vago de solemnidad, la compañera valedora), algunos presentados como caricaturas que no evolucionan, y entre los que destacan dos personajes femeninos algo más complejos: Beni, la protectora que la toma bajo su cuidado -y que lee a Huidobro y a Brossa-, y Sabina, con la que experimenta un principio de sororidad muy pronto frustrado. Por lo demás, el machismo, el escaqueo, la hipocresía, la cobardía y la rutina son moneda corriente entre los compañeros de Sara.

A medida que transcurre el tiempo y aumenta su conciencia de la situación y de su incapacidad para cambiarla, nuestra protagonista va pasando por una especie de remedo paródico de las cinco fases del duelo que proponía Kübler-Ross, solo que Sara, joven y con recursos, no solo no lo acepta ni se resigna, sino que lo combate sacando a relucir, como muda protesta, su lado rebelde y lúdico, lo que precipita la acción, acelera considerablemente el tempo narrativo y termina conduciendo la novela a un final sorpresivo (y, por cierto, no especialmente crítico).

En una nota redactada para la promoción de Oposición -un título de evidente polisemia- Sara Mesa hacía suya una opinión de D.F.Wallace a propósito de su (importante, pero aburridamente postmoderna) novela inacabada y póstuma El rey pálido (Random House): «escribir sobre el tedio sin resultar tedioso es dificilísimo». Es de justicia constatar que, salvo en muy pocos fragmentos excesivamente prolijos en la caracterización de los meandros y personajes administrativos, Mesa sortea plenamente la dificultad gracias, entre otras cosas, a su habilidad narrativa, que incluye no sólo su capacidad para la intriga y el «suspense» (lo que en ese ámbito especialmente tedioso y repetitivo tiene su mérito), sino también para separar perfectamente los registros de lo serio y lo cómico-grotesco; un muy medido control de la ironía, la parodia y el juego (hay momentos en que su protagonista se comporta como una «gamberra adolescente»), y el excelente oído (característico de la autora) para las anfractuosidades y absurdos de la jerga administrativa.

Por lo demás, Sara Mesa conoce perfectamente el asunto del que se ocupa («Oposición» –afirma– «es una novela sobre la burocracia contemporánea»); de hecho ya en 2019 había publicado en Anagrama el sustancioso ensayo Silencio administrativo, en el que se ocupaba de su asunto demostrando particular conocimiento. Lo que no quiere decir en absoluto que ésta sea una novela autobiográfica. Además, el nombre completo de la protagonista, tal como figura en su DNI de ficción y del que nos enteramos muy avanzada la novela, es Sara María Villalba. Así que todos tranquilos.