Miguel Barrero
La cabeza de Goya
Xórdica
140 páginas
POR MANUEL ALBERCA

Unos artistas tienen obra, otros, biografía, y algunos tienen ambas. Goya, el pintor que anuncia la pintura moderna, tiene vida y obra, y las dos llenan libros y más libros. Para muestra baste citar, sin ánimo de ser exhaustivo, algunas novedades bibliográficas aparecidas en el recién iniciado 2026 (posiblemente haya más). Además del libro de Miguel Barrero que me ocupa, han aparecido en lo que va de año (tal vez como antesala del bicentenario de la muerte del pintor en 2028): la novela La hija, de Sergio del Molino, La hija de Goya, de Amalia Noguera, y Francisco de Goya en familia, de Jesusa Vega. 

Entre 1824, cuando llegó a Burdeos, y 1828, año de su muerte, Goya vivió en la ciudad francesa en compañía de Leocadia Zorrilla de Weis, su ama de llaves y amante, y dos hijos de esta, Guillermo y Rosario. A Barrero, como anticipa el título del libro, le interesan, sobre todo, las vicisitudes e infinitas peripecias que acarreó el traslado del cadáver del pintor, de Burdeos a Madrid, sesenta años después de la muerte. En el curso de los trámites burocráticos para repatriarlos se descubriría que, en la tumba del cementerio de La Chartreuse, en la que estaba enterrado junto al cadáver de su consuegro Martín Miguel de Goicochea, faltaba una cabeza: la cabeza de Goya.

La desaparición de la cabeza ponía fin, de manera enigmática, a la intensa vida del genio de Fuendetodos, pero la abría a interpretaciones de todo tipo. Consecuentemente el macabro suceso propició desde 1888, año de la exhumación, infinidad de pesquisas e hipótesis que a día de hoy todavía no han sido resueltas. El misterio se cerraría en falso, sin una explicación coherente, con el entierro definitivo en 1919, en la ermita de san Antonio de la Florida de Madrid, la que el aragonés había decorado con los frescos que ahora podemos admirar.

Barrero, para desentrañar el enigma, ha consultado numerosas fuentes documentales, que cita en la Coda, las analiza y las hilvana con acierto y cuidado. El rigor documental y el respeto al dato histórico son absolutos, de manera que no se detectan licencias de ficción, salvo una al final, que no destriparé. A veces, todo hay que decirlo, el afán de precisión y exhaustividad informativa hace que la prosa se encasquille y pierda fluidez. Al relato le habría sentado bien esponjar la prosa, para que el lector pudiera resollar entre tanta acumulación de excursos y ampliaciones.

Barrero ha concebido el libro a la manera de una quest, es decir, un relato biográfico en el que el propio biógrafo se introduce en la investigación biográfica como un actor más. Cuenta sus propias pesquisas y relata también los pasos que ha recorrido para intentar descifrar la misteriosa desaparición de la calavera de Goya. Se nota que el asunto le ha obsesionado y apasionado, de tal modo que acaba proponiendo una interpretación simbólica de los hechos. No es el primero que lo ha hecho ni la literatura la única que se lo ha propuesto. Cabe destacar la obra teatral Monsieur Goya. Una indagación (2019), que José Sanchís Sinisterra dedicó a los años finales del pintor. O el film de Carlos Saura Goya en Burdeos (1998).

El libro de Barrero entronca con la actual biografización del campo literario y con el subgénero híbrido de la bioficción (véase Alberca, Maestras de vida. Biografías y bioficciones, 2021). El interés de esta variante biográfica reside en la revisión de la vida de una personalidad destacada y de sobra conocida, pero que por su complejidad podría ser contemplada desde nuevos puntos de vista. Aquí se trata de la vida de Goya que, habiendo sido biografiada en múltiples ocasiones, es revisitada para dotarla de una nueva significación. En el derrotero de la cabeza de Goya, el autor encuentra una alegoría del fracaso de España como nación. Es decir, ve España como una «nación descabezada». La propuesta podrá parecer forzada e hiperbólica, pero es legítima. La única objeción a la apuesta de Barrero tiene que ver con el escaso esfuerzo realizado para desarrollar y profundizar su propia tesis interpretativa.

Antes que Miguel Barrero lo intentase, Antonio Saura echó su cuarto a espadas en este asunto. Al hacer su personal homenaje al pintor aragonés, en Retrato imaginario de Goya (1984), en el que hace una suerte de radiografía de la cabeza, Saura nos descubre la desaparecida calavera del genio. Al fin, gracias a este óleo, Barrero habría hallado la deseada cabeza de Goya. La portada del libro la muestra como un trofeo.