
Nora Catelli
Estanterías ajenas
Ampersand
112 páginas
Estanterías ajenas, la memoria que recoge la trayectoria como lectora de la ensayista y académica Nora Catelli, se abre con un epígrafe de Marguerite Duras: «No sé qué es un libro. Nadie lo sabe. Pero cuando hay uno, lo sabemos». La frase remite a aquella tan citada del juez estadounidense Potter Stewart, que admitía no saber definir la pornografía, pero sí distinguirla: «cuando la veo, la reconozco». Con los libros pasa algo parecido, especialmente con los buenos, porque quizá un mal libro ni siquiera llega a serlo del todo. En esta memoria, Catelli reconstruye una vida atravesada por lecturas que arranca en su Rosario natal, con la impronta francesa de sus tías, y desemboca en la Barcelona donde se exilió en 1978.
Ella misma subraya que no ha elegido un perfil restringido de lectora de literatura argentina, algo que es una suerte para nosotros, pues su manera de leer y sus amplios intereses nos abren el campo hacia Proust, William Carlos Williams o incluso Agatha Christie, sin jerarquías innecesarias.
El itinerario lector de la autora no responde tanto a la cronología como a los contextos de hallazgo: bibliotecas universitarias, casas de amigos… No es un detalle menor, pues buena parte de sus descubrimientos ocurrieron en estanterías ajenas, y el título del libro lo deja claro desde el principio. En este tipo de memorias librescas, la biblioteca familiar suele funcionar como punto de partida, aunque no siempre deslumbre. En el caso de Catelli, que creció en lo que ella misma define como «una familia numerosa, tribal, burguesa», los estantes de la infancia incluían títulos como Beau Geste, de Percival Christopher Wren, una novela de aventuras situada en la Legión Extranjera francesa antes de la Primera Guerra Mundial. Más tarde llegaron los libros de la universidad, pero también las publicaciones de kiosco, todavía hoy muy presentes en la vida urbana argentina (no está de más recordar que la prestigiosa revista literaria Diario de poesía se vendió en ellos durante veinticinco años).
Otro aspecto destacable del texto es la relación de Catelli con el catalán, lengua a la que accede ya en Barcelona. Su lectura de Incierta gloria, de Joan Sales, resulta muy sugestiva, precisamente por la posición desde la que la aborda: la de recién llegada a Cataluña. Esa circunstancia orienta qué lee y también cómo y desde dónde lo hace. Desde esa misma lógica —la de los contextos que modelan la experiencia lectora— no resulta tan extraño que en unas memorias de lectura aparezca internet. Catelli lo formula sin rodeos: «¿Cómo dejarlo fuera, no tanto porque se haya leído en internet sino como motor de búsqueda de lecturas?». La pregunta no es retórica, pues la red lleva décadas entre nosotros y ha dejado huella en nuestros hábitos de lectura, sobre todo en esa relación algo ansiosa que tenemos con la inmediatez.
El capítulo IV, titulado «Libros a destiempo para Proust», es una verdadera clase de literatura comparada en la que Catelli comparte con sus lectores el modo en el que se acercó al autor francés para enseñarlo en la Universitat de Barcelona. «¿Cómo armar un aparato para leer Proust desde fuera de cualquier especialidad?», se pregunta. Y nos da la respuesta: «Solo podía hacerlo con la convicción de que debía encontrar sendas que limitaran mi tendencia a emociones fáciles». De ahí que, además de su propia lectura de los volúmenes de En busca del tiempo perdido, le resultasen iluminadoras fuentes secundarias como Messages, de Ramón Fernández (1894-1944) —un crítico y ensayista de origen mexicano amigo del propio Marcel—, al que dedica varias anécdotas. Fernández fue uno de los primeros en leer con atención En busca del tiempo perdido, interesándose por aspectos formales, si bien su trayectoria filonazi obliga a una lectura contextualizada de su trabajo. En el capítulo también aparecen como críticos valiosos de la obra de Proust como Monique Wittig y, forzosamente, Roland Barthes, «porque su lucha con Proust es la historia de un padecimiento que no cesó», en palabras de Catelli.
La capacidad de la autora para asociar sus lecturas con vivencias, con imágenes y con cualquier otro aspecto de la realidad resulta especialmente visible en el quinto capítulo del libro, En busca de Gunther Gerzso, donde emergen William Carlos Williams, Octavio Paz, el artista judío Gunther Gerzso, el estado de Nueva Jersey y la flor asfódelo, todos ellos conformando un microcosmos de lo más coherente.
En definitiva, Catelli se mueve con soltura entre tradiciones, lenguas y géneros y deja que unas lecturas se cuelen en otras como parte del juego. Ese eclecticismo vuelve más interesante su acercamiento a los textos y le confiere una flexibilidad poco común, gracias a la cual, finalmente, todo encaja.