
Brigitte Vasallo
La fosa abierta
Anagrama
312 páginas
Todos nos hemos dado cuenta. Eso que ahora se nombra como «el rural» (y que hasta hace poco era solamente el campo) se ha convertido en la última década en uno de los principales núcleos temáticos de la literatura y del cine español. El pistoletazo a esa larga conversación lo dio La España vacía, el célebre ensayo de Sergio del Molino. Aunque más justo sería admitir, tal vez, que la verdadera precursora, hace más de treinta años, cuando nadie hablaba del tema, fue La terra retirada de Mercè Ibarz, publicada en Quaderns Crema en 1994 y recientemente reeditada por Anagrama, en castellano y catalán, en una edición que por fin canoniza a la autora. A partir de aquí se han sucedido todo tipo de trabajos. Desde crónicas del despoblamiento, a ensayos autobiográficos y en algún caso incluso moralistas, documentales de cinema vérité como la premiada Alcarràs, novelas de alabanza a un supuesto retorno al campo, y hasta novelas que satirizan ese mismo retorno, pasando por el noir rural. Recientemente parece haberse asentado una corriente en la que el mundo rural es presentado como un espacio amenazador, o al menos inquietante, como en la magnífica novela Un amor de Sara Mesa o en la impactante película As bestas. A esta película, precisamente, le dedica algunos párrafos hacia el final de este ensayo Brigitte Vasallo (Barcelona, 1973), por considerarla maniquea y hasta facilona en su dramatización de los oriundos de una aldea gallega como seres hostiles, próximos a la brutalidad, frente al civismo y la mesura intachables del urbanita que ha decidido irse a vivir allí, en este caso un profesor francés. Apreciación que no puedo sino compartir.
Y esa opinión, sin duda alguna, es una muestra representativa de las coordenadas emocionales desde las que Vasallo aborda un ensayo que en ningún momento pretende impostar una voz de falsa objetividad. Su origen familiar en la sierra de Chandrexa de Queixa (Orense) actúa aquí como polo simbólico al que la autora regresa para redefinir un espacio de pertenencia y pensarse como hija de la diáspora rural. En este caso existe, a lo largo de todo el texto, una clara vindicación del arraigo y de la identidad como un habitar y no como nociones abstractas. Más allá de eso, es justo decir que entre toda la literatura que ha girado en torno a esta cuestión en los últimos años no es fácil encontrar textos como este que, alejándose de la crónica o de las formas más periodísticas o divulgativas, se aproximen a la cuestión desde los parámetros de un ensayo incisivo con vocación de hondura intelectual. El objetivo de Vasallo, en ese sentido, es ambicioso y noble: aspira a desestabilizar algunas de las verdades asumidas por el ciudadano medio. Su mayor mérito en esta empresa es el de resituar las categorías de civilización y barbarie, de atraso y modernidad, de brutalidad y ternura. Con ello se pretende dinamitar la imagen que hoy tenemos del campo y de la relación campo-ciudad. Casi nada.
La fosa abierta se centra en el éxodo rural y en la progresiva destrucción de las sociedades campesinas por parte del proyecto liberal, necesitado de la mano de obra proveniente del campo para colmar sus ambiciones industriales. Para ello se apoya en referencias sorprendentes e injustamente olvidadas como los trabajos académicos de Francisco Tomás y Valiente sobre las desamortizaciones del siglo XIX, el clásico de Xosé Manuel Beiras O atraso económico da Galiza o Puerca tierra de John Berger. Asimismo, se establece un tenue paralelismo entre el campo español y el mezzogiorno italiano en el que no puede faltar el hoy resucitado Pasolini. Y en ese esfuerzo por caracterizar en todo momento la emigración como un proceso histórico y no como una voluntad individual o una vulgar invasión, sobrevuela el libro sin llegar a decirse directamente (no hace falta) que las relaciones de dependencia entre las regiones industriales europeas con las sociedades campesinas dentro de sus mismos países (el sur interior) se reproducen ahora, en gran parte, entre el norte y el sur global. De forma que ese éxodo, ese vaciamiento, esa diáspora humana es una consecuencia de una misma vorágine extractiva que parece no tener fin. Y en esa misma longitud de onda que atraviesa todo el ensayo, se impugna también cierta idea de la universalidad (representada en varios pasajes por el antropólogo francés Marc Augé y su concepto de no-lugar), que al entenderse como burguesa y armada desde el privilegio académico, se considera excluyente.
A algunos lectores catalanes, seguramente, les resultará familiar el nombre de Brigitte Vasallo porque hace unos años organizó el Festival de Cultura Txarnega, con enorme revuelo mediático en Cataluña, como cada vez que se emplea el término charnego en la arena pública. Cabe decir, como se explica a lo largo de este ensayo, que el acoso y derribo mediático que recibió la autora fue notable, hasta el punto de que prácticamente se le impidió explicarse. La noción de txarnego (ella lo escribe así en todo momento, en catalán) que la autora maneja y teoriza pretende desbordar el marco de un debate estrictamente catalán y como el terrone italiano (el emigrante del sur agrario hacia el norte industrial, por el que el propio Pasolini sentía una simpatía natural) sería ante todo un desarraigado, alguien que pertenece a un mundo que se ha venido abajo, el del campo desmantelado por el Estado liberal. En definitiva: un excampesino proletarizado. Algo que incluye, como se señala, a la propia migración catalana del campo a Barcelona, la diáspora payesa, invisibilizada por el factor lingüístico. Es justamente ahí donde el texto conecta de forma natural con Javier Pérez Andújar, al que se cita, y que ha hecho justamente del habitante de la periferia de Barcelona, del hijo de la diáspora rural, el sujeto de alguno de sus libros más memorables, como Paseos con mi madre. Cabe señalar que en este caso el periplo de la familia de Vasallo los lleva primero a París, donde su madre trabaja como criada de una familia burguesa, para establecerse después en Barcelona. El intento por recuperar la memoria parisina de su madre ocupa gran parte de los episodios autobiográficos del libro, en una especie de emigración triangular, Orense-París-Barcelona, que remite a otros trabajos que han narrado anteriormente este fenómeno migratorio como Los cuerpos partidos (Candaya, 2019) de Álex Chico, que en este caso dibuja el triángulo Extremadura-Bruselas-Barcelona. Por otro lado, Vasallo también parece ver en lo gitano a través de Paqui Perona, activista gitana de La Mina de Barcelona, que puntea con sus testimonios varios de los capítulos del libro, una muestra de resistencia a la apisonadora de la modernidad por medio de una comunidad no exenta de contradicciones
La relación de Vasallo con su propio origen, no obstante, es conflictiva y está salpicada por la violencia. Es eso tal vez lo que salva algunos capítulos del libro de una excesiva celebración de la ruralidad como Arcadia feliz frente a la pérfida ciudad, tic sentimental que ya hemos leído en demasiados libros sobre el regreso al campo en estos últimos años. En varios momentos del libro se bordea ese riesgo. Sin embargo, la violencia lesbófoba que sufre a manos de su padre y la difícil relación con su madre, a la que Vasallo acusa de cómplice silenciosa, hacen que lo autobiográfico esté atravesado por un dolor y por un desgarro que en todo momento resultan sinceros y nada sobreactuados. Es cierto que parece ya una regla de oro del género ensayístico actual (esto es una observación, una constatación lectora, no un juicio) que lo íntimo sirva como combustible necesario para hablar de un tema general, como si solo pudiera abordarse el análisis de una cuestión cualquiera desde un trauma biográfico que justifique el interés. En este caso se agradece que lo autobiográfico se aborde desde una perspectiva emocionante, a pecho descubierto también en lo estilístico, con los riesgos que ello conlleva, y no desde los cánones de un coaching que hace uso de lo personal para ilustrar en el peor sentido, tan frecuente en el ensayo contemporáneo. En este mismo sentido, acerca de los capítulos más estrictamente expositivos o de contextualización histórica (el libro alterna episodios íntimos con episodios teóricos, por decirlo así) se puede destacar también una notable densidad conceptual y teórica, lo que obliga al lector a pensar un poco y lo aleja del storytelling tan común en los ensayos de hoy, donde el género parece existir tan solo en su vertiente divulgativa de «yo sé esto y te lo explico». Vasallo parece abonarse a un lema distinto y más radical: «yo siento esto y por eso pienso en ello». Y el texto que leemos es el resultado felizmente imperfecto de ese empeño.