Andrés Ibáñez
Construir un alma. Manual de meditación para el siglo XXI
Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2018
240 páginas, 16.50 € (ebook 10.99 €)
POR JUAN ÁNGEL JURISTO

Lo menos que se puede decir de Andrés Ibáñez (Madrid, 1961) es que es uno de nuestros escritores más singulares. Músico, ha practicado el jazz durante muchos años y es narrador que intenta, algo raro en nuestros pagos, salvo excepciones como Galdós, reflejar en su literatura las relaciones que ésta pueda tener con el arte musical. Vivió varios años en Nueva York y allí recibió clases de meditación por parte de Dharma Mittra. Mientras practicaba las enseñanzas de su maestro de meditación, Ibáñez escribió dos obras de teatro en inglés: Nympho Lake, una parodia de Chéjov, y Ophelia, que se representaron en el circuito off-off de Broadway. De esa afición por la música, que sigue practicando —toca el piano—, Ibáñez ejerció la crítica de música clásica en ABC y su columna publicada en el suplemento cultural de ese diario bajo el título de «Comunicados de la tortuga celeste» alcanzó cierta notoriedad por la originalidad en el modo de plantear, de mirar, en definitiva, ciertas cuestiones que incidan en la actualidad, pero retomadas con un sesgo que, a veces, conseguía iluminar aspectos insospechados en aquello que trataba.

Aunque Andrés Ibañez es, ante todo, narrador y uno de los narradores de más validez de su generación. Todavía recuerdo la sorpresa que me produjo la aparición de su primera novela en 1995, titulada La música del mundo, libro al que siguieron otros tan esenciales como El mundo en la era de Varick; La sombra del pájaro lira; el libro de literatura infantil El parque prohibido, que fue el primero de Ibáñez que reseñé, y una novela de literatura fantástica, género casi inexistente en nuestra tradición, Memorias de un hombre de madera; tras ella, La lluvia de los inocentes y, sobre todo, Brilla, mar del Edén, que recibió en 2014 el Premio de la Crítica. La duquesa ciervo es su última novela.

El autor, al igual que Pablo D’Ors, con el que mantiene posturas afines y amistad, es propenso a expresar, de una u otra manera, el proceso de aprendizaje, por lo que podría hablarse de la práctica en alguno de sus libros de la bildungsroman si no fuese porque ese aprendizaje toma visos tan originales que el canon de la novela centroeuropea, de la que D’Ors es tan deudor, se rompe en la obra de Ibáñez y desemboca en otra cosa. En La música del mundo, por ejemplo, novela de mucha ambición, hay una inclinación a describir la juventud y el aprendizaje a través del arte, lo que demuestra, en cierta manera, la fascinación que a Andrés Ibáñez le ha producido el magisterio de una novela como El juego de los abalorios, de Hermann Hesse. Pero la novela no es sólo eso. Al igual que el Nabokov más rotundo, el autor propone en esta obra capas superpuestas de distinta lectura, de tal modo que La música del mundo puede ser calificada como una novela de amor, de trama detectivesca, también fantástica, sobre todo, filosófica, y de donde se reflejan ecos de la obra de Musil, Lezama, los citados Hesse y Nabokov, Castaneda…, es decir, es una acabada narración de corte eminentemente posmoderno y quizá, dentro de esa corriente, una de las más importantes en la literatura española.

En las entrevistas que ha concedido, Andrés Ibáñez siempre ha dicho que para él el posmodernismo fue una liberación. En una que le hice el pasado año con motivo de la aparición de La duquesa ciervo, Ibáñez se refería a que la mente creadora es, ante todo, salvaje, que se alimenta de cualquier cosa, y que esa voracidad la vio reflejada, precisamente, en la novela posmoderna, que para él representó la libertad absoluta de incorporar todas las voces, todos los estilos, aunque recalcó con rotundidad que ya no estábamos en esa época, que había muerto en 2001.

Recalco todo esto antes de entrar en la materia que nos ocupa, un ensayo que Andrés Ibáñez ha escrito bajo el título de Construir un alma, subtitulado Manual de meditación para el siglo xxi, y donde nada menos que adopta la voz de un alter ego yóguico, Shánkara Om, nombre con el que fue investido por su familia espiritual, recordemos su aprendizaje con Dharma Mittra en Nueva York. No está de más añadir que, junto a su mujer, creó en 1996 el Dharma Yoga Madrid e imparte clases con ella en talleres de meditación donde, amén del yoga de corte más canónico, ha incorporado experiencias de chamanismo mexicano y peruano… La sombra de Castaneda ya se perfilaba en La música del mundo.

Andrés Ibáñez es autor de extremada coherencia. De ahí que entre La música del mundo y La duquesa ciervo no existan diferencias de grado. Pero resulta que tampoco las hay entre su narrativa y, por ejemplo, este manual de meditación para nuestro siglo: La duquesa ciervo, por mencionar un caso, es, en realidad, un viaje por el mundo interior. Hay dragones, castillos, magos, bosques, guerreros, multitud de reflejos metálicos que producen las espadas, o sea, toda la parafernalia de la mitología nórdica en una Edad Media conscientemente imprecisa. Sin embargo, la novela es, ante todo, un explorar la conciencia y una reflexión de temas recurrentes desde nuestro origen, como la naturaleza del destino, el amor, la compasión, la identidad y, desde luego, una reivindicación de la primacía de la imaginación creadora contra el salvajismo de la depredación de la guerra y la esclavitud, que es reflejo del poder: el mago Saamsar de Olden y los aprendices Hjalmar y Aliso, que son una suerte de Tristán e Iseo, pero de otro orden, representan todo lo contrario, en esa búsqueda de la sabiduría, de lo que es Ségires Rémite, el traficante de esclavos. Sí, en La duquesa ciervo hay reflejos de El señor de los anillos, también de Un mago de Terramar, de Ursula K. Le Guin, así como del ciclo artúrico, si bien todo ello encaminado a la búsqueda de la luz. Construir un alma no es otra cosa que un manual sobre la busca del significado en la vida que Andrés Ibáñez refleja con intensidad en su obra literaria.

Construir un alma comienza casi como algo urgente en medio de un mundo amenazante: «La urgencia de comenzar a practicar la meditación es la urgencia de un cambio necesario en la Tierra. Debemos aprender a amar, a vivir en paz y a respetar la naturaleza —o sucumbiremos todos—. Por encima de todo, debemos aprender a dejar de matarnos. Ni la filosofía, ni la educación, ni ciertamente la religión puede hacernos cambiar. La política y la ética han tenido su papel. El arte nos ha ayudado —pero nos hemos olvidado de lo que es realmente, de modo que ha terminado por perder su poder—. Hemos llegado hasta aquí y nos hemos detenido. La meditación ha de ser el siguiente paso». Tengamos en cuenta que no nos habla Andrés Ibáñez, o no sólo Andrés Ibáñez, sino Shánkara Om.

Para el autor la meditación se remonta al chamanismo, a las prácticas shivaístas anteriores a los Vedas; se transforma en la ciencia del yoga, que es la principal aportación de la India a la cultura de la humanidad y, aquí, Andrés Ibáñez realiza un tour de force inteligente, pues lo acomoda al culto al cuerpo que, por fortuna, rige en nuestros días, enlaza ese amor al cuerpo del yoga, en abierta confrontación a la represión del mismo que han realizado las religiones tradicionalmente, en especial, las del libro.

Y este que nos ocupa cumple a rajatabla el precepto: dividido en tres partes, «Necesidad de la meditación», «Meditaciones» y «Viajes», se ocupa, en primer lugar, de contarnos la necesidad del yoga para, luego, entrar en materia técnica con los modos distintos de canalizar la energía, «Meditación en lo alto de la cabeza», «Meditación en la llama de una vela», «La noche oscura del alma», «El pico del águila», títulos que nos remontan a la mística de Juan de la Cruz y al Zaratustra nietzscheano, «Meditación de la limpieza», «Meditación de la pirámide»…, y, finalmente, nos ofrece un recorrido por los distintos viajes espirituales, desde el clásico Viaje al Sol o al Monasterio Perdido, tan recurrente, hasta que finaliza en una meditación misteriosa donde se visualiza una luz en el tercer ojo, esto dice el autor, en el centro del pecho o en lo alto de la cabeza.

El libro finaliza con una experiencia de Ibáñez en torno a la unidad de todas las formas: «Durante muchos años yo no podía pronunciar la palabra “Dios”. Pero un día en Nueva York, cuando llevaba ya años de intensa práctica espiritual, estaba en casa escuchando música de Schubert, y de pronto me sucedió algo… De pronto, al escuchar esa música, tuve la sensación devoradora, abrasadora, de hallarme frente a un ser infinitamente superior a mí, ilimitadamente bondadoso, una presencia que me producía una sensación de admiración, de reverencia y de amor tan intensas que ante ella sólo era posible inclinarse en actitud de humildad y adoración… Dios, Shiva, Schubert. Son palabras. Son formas».

Como no practico la meditación ni soy especialmente gustoso de ciertas formas de pensamiento presentes en el libro, pero sí adepto a las novelas de su autor, he realizado esta crítica en apariencia alejada de la literatura por dos razones: en primer lugar, porque creo que refleja y explica de otra forma la obra literaria de Andrés Ibáñez, lo que subyace en ella y, desde luego, porque Construir un alma es un relato, si no con todas las de la ley, sí de manera sesgada. Es el relato de una experiencia interior que convierte en manual para todos, al modo que hacen los artistas expresándose, aunque, no en vano, Andrés Ibáñez es autor celebrado, es decir, es un libro escrito con una prosa precisa y bella, con el tono similar con el que ha construido tantos personajes de nombres inusuales en la puerta del Sol, pero familiares en el reino de lo fantástico y del mito. No es poca cosa, si bien, por otra parte, es un ensayo alejado del libro de autoayuda que prolifera en nuestros días de modo persistente y desgraciado y que no es más que el reflejo de la soledad de nuestros días. Construir un alma parte de lo contrario, es un libro para que la personalidad se afiance en la búsqueda de un perfeccionamiento interior. Nada, por tanto, que ver con el escapismo inherente a tantos manuales.

«Busca el misterio. No pares de buscar». ¿Qué diferencia estas palabras con que finaliza el texto con aquello en que indaga el artista? Quizá sea esto la profunda razón que me ha llevado a tratar este libro como algo provisto de índole literaria, relacionando contenidos muy alejados, en apariencia, del quehacer literario, pero que, en el fondo, se constituyen como un relato. Andrés Ibáñez nos ha otorgado un heterónimo que vaga de otra forma por paisajes semejantes al de sus novelas.