
Inés Bortagaray
Prontos, listos, ya
las afueras
88 páginas
Odio el verano. Me gusta el verano. Odio el verano. Me gusta el verano. Esta dualidad tan, a priori, simple es uno de los puntos clave que atraviesa por completo Prontos, listos, ya, la novela de Inés Bortagaray que lanzó hace unos meses la editorial las afueras. Si cambiamos la palabra verano por familia, por padres, por hermanos o por crecer, el juego funciona igual y lo que es más importante, la narración también. Publicada por primera vez por la editorial Artefacto en 2006, por fin llega a nuestro país esta propuesta que se caracteriza por ser certera, breve y divertida: como un escupitajo o una flecha. Lo que más me gusta de Bortagaray en este libro es que ejecuta un perfecto plano secuencia sin más artificio que la propia voz de la protagonista, cuatro o cinco actores secundarios y el paisaje que todos pueden ver desde alguna de las ventanillas del coche. Una prueba de que cuando escribimos, menos siempre es más, que no hace falta hacer demasiados malabarismos ni recargar el texto con purpurina, falsas pretensiones o fuegos de artificio, como los que lanzaban en la Noche de Reyes Magos cuando éramos pequeños, para obtener como resultado algo vistoso y sutil: una genial pirueta. Bortagaray sabe que las cosas grandes, las importantes de verdad, como la infancia, se esconden a menudo en las más pequeñas, como las competiciones de ver quién aguanta más tiempo la risa, que en algunos casos deberían estar catalogadas de olímpicas, los Chupa Chups a medio terminar o la caricia protectora de una madre en nuestra oreja, mientras el resto de la familia las compara con las de Dumbo.
Rebobino un segundo la cinta para ubicar un poco mejor esta reseña: Bortagaray es una escritora nacida en Salto, Uruguay, en 1975, ha trabajado en largometrajes de ficción uruguayos, argentinos y brasileños y varios de sus relatos aparecieron en antologías nacionales e internacionales. Su primer libro, Ahora tendré que matarte, fue publicado por Cauce Editorial, en la mítica colección Flexes Terpines dirigida por Mario Levrero y en la que, en palabras de Elvio Gandolfo, nos encontrábamos en su momento ante «trece libros de autores relativamente nuevos. Porque, por ejemplo, están presentes Felipe Polleri, Pablo Casacuberta y Fernanda Trías, con obra ya publicada. A medida que desfilan los nueve restantes asombra la solidez formal y argumental con que narran. La mayoría son cuentistas, y si podía temerse cierta homogeneidad, por el hecho de que un alto porcentaje de ellos son o fueron alumnos de los talleres literarios de Levrero, la sospecha queda dinamitada por la variedad». Además, el primero y el último título de la serie eran las Irrupciones del propio Levrero. Cada uno de estos libros se vendieron de manera única y exclusiva por suscripción. Para la salteña luego vendrían Prontos, listos ya (2006) y, después de doce años de silencio, la novela Cuántas aventuras nos aguardan (2018). De Inés me interesan mucho todas las películas en las que ha participado, pero sobre todo Una novia errante (2006), en la que el planteamiento gira alrededor de una pareja que mantiene una agónica discusión a bordo de un ómnibus mientras viajan en dirección a Mar de las Pampas, hacia el balneario en el que planean pasar unas breves vacaciones fuera de temporada y en el que, la protagonista será abandonada literalmente por su compañero en mitad de la ruta, lo que tiene como consecuencia que decida quedarse para disfrutar de esas vacaciones románticas en solitario, aunque discuta por teléfono de manera continuada con su novio, para empezar a disfrutar de la soledad, abandonándose a largos paseos por los bosques, aprender tiro con arco y conocer a extraños que se convierten en amigos efímeros. Una expedición analítica y profunda hacia las partes más oscuras e inseguras que siempre conlleva esa decisión de estar con otro, de las relaciones de pareja y el viaje que a su vez estas suponen para los integrantes. También disfruté mucho de Mi amiga del parque (que obtuvo en 2016 el Premio Especial del Jurado en el Festival de Sundance) cuyos guiones escribió junto con Ana Katz y de Tokyo Boogie. No hablo de todas ellas por rellenar páginas en este acercamiento a su obra, sino porque me parece fundamental mencionarlas ya que el ámbito del cine está muy relacionado con su propuesta literaria, en la que destaca, por encima de todo, una palabra: visualidad.
La autora utiliza una primera persona que juega con las ideas y reflexiones de una niña que se acerca a la adolescencia, que todavía forma parte del mundo infantil y que con su mirada atraviesa esa extraña galaxia a la que pertenecen los extraterrestres llamados adultos. Nos plantea un viaje emocional desde una perspectiva inocente pero no crédula; honesta, al estilo de ese niño del cuento «Romper el cerdito» de Etgar Keret que se encariña de su hucha con forma de cerdito, a la que bautiza como Pesajson, y en la que guarda las monedas que su padre le da para juntar hasta que tenga suficientes para comprar el muñeco que quiere de Bart Simpson. Ese niño que decide liberar al cerdito en mitad del bosque para librarle de su cruel final. Así es la voz que narra esta road movie en la que una familia atraviesa toda una geografía de camino a la costa mientras de fondo suenan canciones de José Luis Perales o la Pantoja. El olor a colonia que invade el coche después de que la protagonista vomite en una etapa concreta del viaje es tan fuerte, tan real, que sale de las páginas y nos abofetea la cara. Esa es otra virtud de esta breve pero total obra: su sensorialidad.
A cada rato podemos sentir, escuchar, oler y hasta tocar las texturas que van apareciendo: el pelo de la madre, el color del coche, la voz de los hermanos y hermanas, el material de los asientos, de esa felpa que pica pero que al recordar su tacto nos relaja porque nos teletransporta a otra época. Podemos sentir cada uno de los empujones, ríos de sudor, olores dulces y apestosos, todos y cada uno de los sonidos, desde la risa del padre hasta una mosca que zumba en el parabrisas, que están presentes en la parte trasera de ese viejo coche en el que la familia conduce en mitad un viaje físico y metafísico por las reflexiones que la protagonista realiza al grupo y a ella misma durante las largas horas de trayecto, «no importará que me haya muerto, que ninguno de nosotros haya muerto, porque igual se escribirá en la pantalla la palabra candor con letras dibujadas con margarina y la gente en la calle igual atravesará la puerta giratoria del banco» llega a decir la pequeña en la página diecisiete, poco después del arranque del libro mientras contempla el mundo que les espera fuera del vehículo cuando regrese de las vacaciones, cuando crezca.
«Eso de seguir avanzando es una condena», dice la narradora en otro momento en boca de la protagonista en una frase casi profética que podría resumir el sentido de nuestra existencia, eso de no hacerlo, añadiría yo, también, porque la única manera, por suerte o por desgracia, que tenemos de construir libros hermosos, honestos y tiernos como este es llegar a ser «mayores» para contarlos, para revivir de manera ficticia esos momentos universales que dan forma a la única patria común que me interesa: la infancia, sus largos viajes atravesando un país, cualquier país, en los meses más calurosos del año. «Hay una / sensación de que los días pasan / a más velocidad y que no hay tiempo de muchas despedidas» / escribe Circe Maia, paisana de Bortagaray, en un poema que podría hablar de los momentos en los que recordamos la infancia cuando ingresamos en las filas de la adultez. Ese ejército gris y aburrido que pasa las semanas, salvo milagro, de manera rutinaria y mucho menos poética.
El ritmo es el claro protagonista de este largo plano secuencia y articula, de manera fundamental, la historia. Pero si algo destaca en este libro de Bortagaray es la frescura, el desenfado y la honestidad de la voz que habla. Lo hace igual que lo haría un niño: enumerando uno a uno los postes de luz, los animales, las vallas publicitarias, como si fueran mucho más que objetos, acontecimientos capaces de cambiarnos la vida e instalarse para siempre en nuestra memoria, como el color del primer coche de nuestros padres o ese inconfundible olor a pino que desprende el ambientador que papá compró en una gasolinera en mitad de la nada. Es decir, es verosímil y nada impostado. Los ojos de la pequeña como una fotografía exacta y compartida, más allá de ciertas fronteras geográficas, de una época que permanecerá para siempre flotando en nuestro cerebro. Fotogramas viejos y arrugados, pero no por ello menos hermosos de un paisaje que conocerá mejor dentro de poco: en lo que duran un par de esos temas lentos, baladas como las que suenan en el coche mientras les invade el cansancio a medida que avanzan en la ruta hacia su destino. En un abrir y cerrar de ojos. Un mundo extraño pero familiar, parafraseando a David Lynch, del que formará parte por mucho que intente escapar, como nos ocurre a todos, mucho antes de lo que piensa.