Diego Enrique Osorno
En la montaña
Anagrama
376 páginas
POR FRANCO FÉLIX

Tenía dieciséis años, cursaba la preparatoria en Hermosillo y no sabía prácticamente nada de política. Nadie a mi alrededor sabía gran cosa tampoco, salvo uno o dos profesores progres que solían tener pósteres del Che Guevara y Fidel Castro en sus cubículos, o aquel vecino que aseguraba que Salinas de Gortari había mandado matar a Luis Donaldo Colosio, y que, si este país tuviera un mínimo de dignidad, ya le habría devuelto el favor al jodido calvo de Agualeguas. Mis padres, por otro lado, veían los noticieros con la atención con la que uno observa un animal exótico tras un vidrio grueso: con curiosidad, pero sin la menor intención de acercarse.

Fue en ese colegio, a esa edad, que conocí al Pío. Un tipo descomunal, casi dos metros, con un caminar torpe y una voz de lunático. Espantapájaros ilustrado, sabio de la teoría política sin pretensiones de sabio. Hablaba como si el mundo estuviera por terminarse, pero con cierta belleza dramática y filosófica. Yo estaba en una butaca, en la cancha de básquetbol, con Galo —mi mejor amigo, flaco, nervioso, con la energía de un perro de carreras—, cuando el Pío apareció, se sentó sin decir nada, sacó la cartera y nos mostró una foto: un encapuchado con ojos intensos. Preguntó quién era. Galo, sin dudar, dijo que era un ninja. Yo, porque veía el noticiero nocturno con mis padres, dije: el Subcomandante Marcos. El Pío me miró, sonrió con un dejo de psicopatía. Había pasado la prueba.

Poco después, ya asistía a reuniones del Frente Zapatista de Liberación Nacional, en un centro cultural lleno de punks con el cráneo híspido, profesores que hablaban de Cuba a la menor provación y artistas que nunca exponían ni por accidente. A mí, como buena carne de cañón, me mandaron a repartir fragmentos de la Ley Federal del Trabajo en las maquiladoras. Pasé horas caminando con la cabeza sudada y un montón de papeles mal recortados en la mochila. Así pasé mi juventud: atrapado en esa mezcla de absurdo y convicción, pensando en la revolución zapatista, sin estar totalmente convencido de que, si me preguntaran, podría señalar en el mapa dónde se ubicaba Chiapas en el mapa mexicano. Había olvidado todo eso. Hasta ahora que leí esta crónica.

Llegó a mí a través de Javier Serena, editor de Cuadernos Hispanoamericanos. El libro se llama En la montaña, lo escribió Diego Enrique Osorno, y es, por decirlo mal y pronto, una crónica sobre el EZLN. Pero también es una memoria, un diario de navegación, un archivo emocional, una bitácora disfrazada de relato de viaje. Y ganó, con todo merecimiento, el Premio Anagrama de Crónica en su edición 2023, un premio que lleva también el nombre de la Fundación Giangiacomo Feltrinelli, y que está dotado con 10.000 euros y que tiene un jurado tan feroz como ilustre: Martín Caparrós, Juan Villoro, Leila Guerriero, Carlo Feltrinelli y Silvia Sesé.

La historia parte de una invitación: en 2021, Osorno fue convocado por el propio Ejército Zapatista para formar parte de la tripulación del barco La Montaña, una especie de arca zapatista que cruzó el Atlántico con destino a Europa. Y desde ahí se despliega el libro: 376 páginas que narran el viaje, y plantea preguntas sobre lo que queda del zapatismo hoy, más allá del fetiche y del archivo izquierdoso. Osorno escribe desde el borde, mezcla lo íntimo con lo político sin caer en la pornografía emocional, y logra algo que pocos consiguen cuando se enfrentan a un tema tan cargado históricamente: no petrificar aquello que observa. Es decir, no trata al zapatismo como un hecho histórico clausurado ni como un referente político agotado. Tampoco lo idealiza ni lo instrumentaliza. En lugar de ofrecer una lectura definitiva —que explique qué fue o qué significó el EZLN—, opta por mostrarlo como un proceso todavía activo, con tensiones internas y evoluciones mentales. El libro no busca ordenar el sentido del zapatismo, sino registrar su persistencia, sus desplazamientos, sus transformaciones, sin imponer una interpretación totalizadora.

Y quizá por eso, porque el libro no impone una lectura cerrada, ni ofrece un zapatismo empaquetado, al leerlo, algo se activó en mí. No un recuerdo puntual, ni una imagen precisa, sino una sensación quizá demasiado corporal, adolescente y visceral: la forma en que me temblaban las manos cuando repartía volantes con extractos de la Cuarta Declaración de la Selva Lacandona en las calles tristes de Hermosillo. La vergüenza. La excitación. La sospecha de estar involucrado en algo importante sin entender bien cómo, ni qué. Eso. En la montaña despierta ese tipo de nostalgia. Pero también una pregunta. No sobre el EZLN como figura histórica, sino sobre nosotros: ¿en qué nos convertimos cuando dejamos de creer en ciertas cosas? ¿Qué hacemos cuando una idea que dábamos por muerta reaparece, como una lucha aún sin agotar? ¿Cuándo nos volvimos tan indolentes?

La estructura empieza con una «Hoja de ruta», que no funciona como prólogo académico ni introducción explicativa, sino como entrada personal al territorio simbólico del zapatismo: Osorno recuerda su primer contacto con el movimiento, no como reportero sino como sujeto afectado, atravesado por las circunstancias sociales mientras ejerce el periodismo en un México. Luego vienen los tres grandes movimientos del libro: «Puerto de salida: sombras», que recorre tres regiones —norte, centro y sur— como una especie de cartografía fragmentada de nuestro país, articulando la violencia, la memoria y la impunidad; «Escala: metamorfosis», que gira en torno a entrevistas con los subcomandantes Moisés y Galeano (nombre que adoptó el antiguo Subcomandante Marcos tras su renuncia simbólica en 2014, en homenaje a un maestro zapatista asesinado por grupos paramilitares), y expone los desplazamientos discursivos, estratégicos y éticos del EZLN en los últimos años; y «Mar adentro: luces», donde Osorno narra la travesía marítima a bordo del Stahlratte, el velero alemán rebautizado por los zapatistas como La Montaña, y en el que viaja el Escuadrón 4-2-1: cuatro hombres, dos mujeres y una «otroa», como nombró el EZLN a la integrante trans y no binaria de la delegación. En este sentido, no es sólo el relato de un cruce marítimo: es también una exploración de las transformaciones y de las nuevas luchas que ya no interpelan únicamente al Estado mexicano, sino a los modos hegemónicos de género, identidad y representación. Después, el libro incorpora «Mapa de Chiapas: Caracoles del EZLN», un gesto topográfico que inscribe el territorio autónomo en la memoria material del libro. Se encuentra también «Posdata en una dársena», escrita en tono gremial y poético, un «Epílogo en tierra de nadie», que vuelve sobre la frontera sur como zona de conflicto estructural, y una «Nota de desembarco», que no funciona como conclusión sino como prolongación del movimiento. Todo en En la montaña está construido para esquivar el centro, para no clausurar su relato. Como el zapatismo y sus caracoles, la escritura se mueve en espiral.

Uno termina de leer el libro con la impresión —o la certeza— de que el EZLN sigue existiendo porque ha aprendido a mutar sin traicionarse. Y es que Osorno logró algo muy difícil: escribir un libro político sin volverlo una alegoría. No es el libro el que acompaña al zapatismo, sino al revés: es el zapatismo el que tensiona al libro, lo descentraliza, porque ésa es la naturaleza de la insurgencia indígena.

Uno termina de leer el libro con la impresión —o más bien la certeza— de que el ejército zapatista sigue existiendo no porque permanezca igual, sino porque ha sabido transformarse sin romper su coherencia interna, sin volverse una caricatura de sí mismo. Y en ese gesto, Osorno consigue algo especialmente difícil: escribir un libro político sin convertirlo en una alegoría cerrada, sin edulcorar ni monumentalizar al zapatismo. Por eso creo que el libro no trata sobre el EZLN, sus páginas no lo traducen, sino que es el propio EZLN el que impone su lógica al texto. Lo descentraliza, lo obliga a adaptarse, a girar en espiral, a asumir que no puede capturarlo del todo. Porque ésa es la naturaleza de la insurgencia indígena: no dejarse narrar, resistir incluso a las formas bienintencionadas de representación. Y eso es posible no con reverencia literaria, sino con una disposición crítica —incómoda, incluso— que el escritor de Monterrey, Nuevo León, ha sabido plantear como el espíritu del texto.

Sólo hay un detalle que me gustaría anotar. Hay un punto —no abrupto, pero sí evidente— en el que el libro se detiene. No en la página 30 ni en la 300, sino cuando ya estás tan metido en el viaje y das por hecho que, llegado el momento, vendrá la otra parte. La llegada. El desembarco. Europa. Es decir: lo que pasó cuando bajaron los tripulantes. Qué hicieron. Con quién hablaron. Qué discusiones tuvieron. A qué se enfrentaron. Qué dijeron los zapatistas en ese otro continente que los esperaba simbólicamente. Siento que eso hizo falta. O no sé si esa parte se resuelva en el documental (La Montaña, dirigido por el propio Osorno, estrenado en 2023, disponible actualmente en Netflix), pero ése ya no es el territorio del texto. Osorno deja testimonio del viaje, del proceso, de la transformación íntima que implica acompañar a un movimiento tan trascendente en México. Pero cuando el barco llega a tierra firme después de meses, el relato se interrumpe. Hay, sí, un diario berlinés del propio autor, algunas observaciones aisladas, pero no sabemos qué pasó con el EZLN en Europa. No hay registro claro. Como si el traslado fuera lo verdaderamente importante. Y quizás lo es, desde una perspectiva política o poética. Pero como lector uno no puede evitar pensar: ¿por qué justo ahí se detiene? ¿No era eso, ver al zapatismo fuera de México, en tierra ajena, frente a un Otro occidental, por lo que empezamos a leer la narración? Tal vez es porque lo verdaderamente irrepresentable no es el desembarco, sino la condición misma del zapatismo —y de este país— como algo que flota entre orillas sin atracar nunca. Como el EZLN. Como el libro. Como México: un barco de papel, frágil y obstinado, que sigue surcando la historia sin definirse del todo.

En la montaña es un libro que importa. No porque lo diga un jurado ilustre ni porque haya ganado premios ni porque su autor tenga credenciales sólidas —aunque todo eso es cierto—, sino porque logra algo que muy pocos libros: hace que uno vuelva a pensar en cosas que ya había decidido no volver a pensar. Y no por cobardía, sino por cansancio. Porque este país a veces agota y consume. Porque el recuerdo también duele. Porque hay batallas que uno da por perdidas.Y sin embargo, ahí está este libro, recordándonos que el EZLN sigue vivo, como una grieta en el presente.

Tal vez eso sea lo más valioso del libro: que no busca cerrar, ni explicar, ni acomodar nada. Que se permite navegar sin destino. Y que, al hacerlo, es decir, flotar a la deriva, nos devuelve —a quienes estuvimos alguna vez ahí, en una fábrica mal ventilada de Hermosillo, repartiendo volantes que no sabíamos interpretar— la sensación de que ese temblor no era una ingenuidad absoluta.