POR CARMEN DE EUSEBIO

Andrés Barba (Madrid, 1975) es novelista, ensayista, traductor y colaborar habitual en prensa. Fue elegido por la prestigiosa revista Granta uno de los mejores narradores jóvenes en español. Su obra ha sido traducida a diecisiete idiomas. Ha publicado, entre otros títulos, La hermana de Katia (finalista del Premio Herralde, 2001), La recta intención (relatos; Anagrama, 2002), Ahora tocad música de baile (Anagrama, 2004), Versiones de Teresa (Premio Torrente Ballester, 2006), La ceremonia del porno (ensayo escrito junto con Javier Montes y ganador del Premio Anagrama, 2007), Las manos pequeñas (Anagrama, 2008), Agosto, octubre (Anagrama, 2010), Muerte de un caballo (Premio Juan March; Pre-Textos, 2011), Ha dejado de llover (Premio Nord-Sud; Anagrama, 2012), En presencia de un payaso (Anagrama, 2014), Caminar en un mundo de espejos (ensayo; Siruela, 2014), La risa caníbal (ensayo; Alpha Decay, 2016) y República luminosa (Premio Herralde de Novela, 2017).

 

República luminosa es su última novela y con la que ha ganado el Premio Herralde de Novela. No es el primer premio que recibe, también ha ganado el Nord-Sud, el Torrente Ballester, el Juan March, el Anagrama de Ensayo y es considerado por la revista Granta uno de los mejores narradores jóvenes en español. Este mismo reconocimiento lo ha recibido de la crítica literaria española e internacional y de grandes escritores como Vargas Llosa y Rafael Chirbes, entre otros. ¿Qué significa todo esto en su trayectoria como escritor, que no es muy larga en el tiempo?

Bueno, corta tampoco es, son casi veinte años. Corta en términos geológicos, sí… Los reconocimientos y los premios son siempre agradables. Tienen la fuerza de la confirmación y dan energía para seguir trabajando, pero en no pocas ocasiones son lugares complicados, uno se acomoda, o peor, se le sube el pavo y tarda mucho en volver a hacer algo a derechas. Los premios tienen una importancia más social y económica que literaria, en realidad.

 

Su desarrollo como escritor es prácticamente en todos los campos: narrador, ensayista, traductor, poeta. ¿Qué denominador común existe entre los distintos géneros, si es que lo hay?

Cambio de género con frecuencia porque eso me ayuda a salir del lugar en el que he estado y empezar un proyecto nuevo sin la «música» de lo que he estado haciendo hasta ese momento. En muchas ocasiones, sobre todo cuando se ha trabajado mucho tiempo en algo, casi resulta más difícil abandonar lo anterior que empezar lo nuevo. Lo que busco, precisamente, es que no tenga un denominador común, que me saque por completo de lo anterior.

 

¿De dónde nace República luminosa? Y ¿por qué y qué significa el título?

El tema de la infancia (de la ficción social de la infancia) siempre me ha interesado mucho y lo he tratado en otros libros como Las manos pequeñas. República luminosa nace de ese interés. Uno de los autores que más me ayudó a organizar mis ideas sobre lo que quería hacer fue Maeterlinck, especialmente su trilogía de «biología social» sobre la vida de las abejas, la de las hormigas y la de los termes. Entendí que podía hacer una utopía social infantil, una especie de república anarquista que negara por completo las ideas que se habían expuesto desde la Ilustración sobre la infancia, sobre todo en cuanto al mito de edad paradisiaca.

 

La infancia y la adolescencia son temas que ya ha tratado en otros libros. ¿El desconocimiento e imposibilidad que tenemos los adultos para entender esta etapa evasiva podría ser una de las causas que nos lleva a seguir explorándola?

La infancia y la adolescencia son edades literarias por antonomasia no sólo porque el mundo de los adultos tiene discursos cerrados y bastante discutibles sobre su función social y formativa, sino sobre todo porque son edades de la transformación, del cambio, edades en las que no se ha llegado a ser una cosa y tampoco se ha dejado de ser otra, esa zona de sombra es perfecta para desplegar en ella muchos posibles conflictos.

 

Es una novela de ficción, pero, al mismo tiempo, ¿podríamos decir que es una novela realista? En algún momento dice: «La infancia es más poderosa que la ficción».

Podríamos decir que es una «falsa crónica». No invento ningún género. Daniel Defoe lo utilizó mucho en dos clásicos indiscutibles: Robinson Crusoe y Diario del año de la peste. Especialmente esa última ha sido una gran influencia en República luminosa. Pero hay mil ejemplos. Otra referencia importante del libro y en el mismo sentido podría ser La peste, de Albert Camus.

 

República luminosa es la historia, «falsa crónica», de los sucesos acaecidos en una ciudad tropical, San Cristóbal, tras la invasión de treinta y dos niños de la calle. Un funcionario de Asuntos Sociales nos cuenta cómo cambian todos los parámetros de la convivencia en esa ciudad. La publicación, veinte años después de los sucesos, del diario de una niña, artículos de prensa, ensayos y su propio testimonio serán los documentos con los que irá creando el relato. De estos niños no se sabe nada, ni de dónde proceden ni cómo se han reunido, ni en qué idioma hablan. Esta novela es una alegoría, una metáfora. ¿Es también una reflexión sobre la indiferencia, sobre el mirar a otro lado mientras las cosas no nos afectan directamente?

No, no es una ni una alegoría ni una metáfora. Si fuera una alegoría o metáfora de algo implicaría de manera inevitable una posición moral por mi parte (o por la del narrador) y aquí hay una voluntad muy clara de evitar ese posicionamiento sobre lo que hacen los niños y sobre cómo reacciona la ciudad. La crónica se desarrolla más bien como una voluntad de mostrar todas las perspectivas posibles sobre un acontecimiento en un contexto colectivo, o mejor: cómo la verdad es un consenso y una suma, la resultante de una multiplicidad de voces, en ocasiones, contrapuestas. Y, por supuesto, en esa coordenada la violencia y la reacción ante la violencia tienen un papel muy importante.

 

El escenario en el que se desarrolla la historia, una ciudad acotada por la selva y el río Eré, con su clima tropical, ya nos sitúa en una atmósfera asfixiante. ¿Estos dos ejes por los que transita toda la acción serían la metáfora donde el tiempo, como pasa en San Cristóbal, se llevará y ocultará la negligencia, la falta de responsabilidad, la culpa de todos?

Repito, no hay metáfora. La selva no oculta más significado que la propia selva, el río no es más que un río y los acontecimientos son sólo acontecimientos. Convertir las cosas en metáforas supondría dirigir la lectura hacia un lugar simbólico que este libro no tiene. Aquí las cosas no son signos de nada y la lectura simbólica sería un error. Sí se da la negligencia, la culpa, la falta de responsabilidad y la violencia, pero desde una aproximación completamente realista.

 

Parece inevitable, cuando hablamos de la infancia, hablar de nuestra propia infancia. ¿A dónde mira usted cuando habla de la infancia?

Lo que resulta interesante al hablar de la infancia (o al utilizarla como motivo narrativo, como sucede en República luminosa) es tratar de desarticular los clichés y los lugares comunes que hemos construido alrededor, el lugar común, por ejemplo, de que es la edad de la inocencia, el de que es la edad más feliz, etcétera. Todas esas nociones están incluidas en nuestra cultura dentro de la noción de paraíso perdido. Necesitamos creer que la infancia es el paraíso perdido y negamos todas las evidencias que ponen en compromiso esa creencia que, en este caso, actúa casi como una religión social. Tiene interés hablar de la infancia sólo si se ponen en compromiso esas cuestiones.

 

El narrador nos va presentando a los distintos personajes y algunos de ellos no son protagonistas casi de ninguna escena importante, tienen instantáneas apariciones, sin embargo, poseen voz propia, como Maia y su hija (esposa e hijastra del narrador). La relación con ambas vuelve a presentar cierta ambigüedad en las formas. ¿Qué opina?

República luminosa es una novela también, en buena medida, sobre la paternidad. El tema de en qué consiste la paternidad y sobre hasta qué punto la paternidad (a diferencia de la maternidad) es una ficción cultural que necesita ser reelaborada por cada individuo concreto está muy presente, supongo que es a eso a lo que te refieres. La ambigüedad de la relación con la hijastra proviene de ese lugar.

 

Teresa Otaño, autora del diario que publica veinte años después de los desgraciados y terribles acontecimientos, es otro de los personajes por el que no podemos pasar de largo: «Era en cierto modo (sigue siéndolo hoy, aunque por motivos muy distintos de aquéllos) todo un espécimen de la ciudad»; «Era ya a sus doce años proclive a cierto clasismo muy larvario en aquella época». La única persona, por ser niña, que consiguió entender parte del lenguaje que hablaban los treinta y dos niños. ¿A qué tipo de niña representa Teresa para ser la piedra de Rosetta que facilitó la clave para entender los sucesos?

Teresa Otaño es simultáneamente dos cosas que la convierten en un personaje importante: una niña con una gran conciencia de clase social y una niña muy perspicaz. República luminosa tiene una dimensión política que se formula de manera clara en la presencia y las apreciaciones de ese personaje.

 

A través de la escritura de este libro ¿ha descubierto algo nuevo en el mundo paralelo en el que viven los niños?

Todos los libros suponen grandes descubrimientos, no siempre comunicables. Para mí este libro ha supuesto muchos descubrimientos en torno a las estructuras sociales, a las jerarquías de poder, a la forma en la que una verdad se construye de forma colectiva… Conocía todos esos procesos, pero, al verme obligado a armar una estructura narrativa a su alrededor, se me han hecho más palpables y claros. Ése ha sido, quizá, el lugar más inesperado del libro.

 

Para terminar esta entrevista y teniendo en cuenta el terreno en el que habitualmente se mueve, de aspecto psicológico, me gustaría saber algo sobre su visión del panorama literario actual español. ¿Cree que existe, por fin, otra generación nueva de escritores que han encontrado otras formas de hacer literatura?

Creo que vivimos en un momento de extraordinaria buena salud. Hay muchos escritores reseñables de mi generación: Carlos Pardo, Sergio del Molino, Mercedes Cebrián, Lara Moreno, Marcos Giralt… Tenemos asegurada buena literatura para rato.

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