
María Fasce
El final del bosque
Siruela
216 páginas
Siento compartir tan tarde estas líneas sobre esta estupenda novela con la que María Fasce resultó ganadora del Premio Café Gijón en 2024. A estas alturas de año, ya tenemos nuevo premiado en 2025, Las crines, de Marc Colell, un escritor que les invito a descubrir. Pero, ahora, toca hablar de El final del bosque, incluso en estos tiempos en los que parece que las novelas se hacen viejas en cinco minutos y no merece la pena comentarlas mucho después de la fecha de su publicación. Enseguida, los volúmenes se retiran de los escaparates, de las mesas de novedades, de los anaqueles, de los fondos de las librerías. Dejan de aparecer en las búsquedas. Se destruyen los ejemplares. Se agota el papel y los árboles. Sin embargo, espero que estas líneas sobre la novela de María Fasce nos ayuden a mantenerla viva. Porque este relato no debería pasar inadvertido. Voy a intentar explicar por qué.
La historia comienza con el reencuentro de dos hermanas y un hermano en la casa del bosque en la que compartieron y construyeron el relato mítico de la infancia. Sus progenitores han muerto y, desde esa orfandad, Juana, Andrés y Lola, la narradora de El final del bosque, tienen cuentas pendientes que resolver. Muy cerca vive un vecino interesante. A partir de ahí, nos deslizamos por páginas escritas con ese estilo aparentemente ligero de María Fasce. Y digo «aparentemente ligero» porque, por debajo, quedan la tiniebla, el cuarto oscuro, la convulsión. De la trama no desvelaré más, pero sí quiero reflexionar sobre el asunto de la velocidad de lectura. Yo no suelo utilizar el argumento de los kilómetros por hora para justificar el valor de una novela. Hay historias magníficas que nos acompañan semanas, incluso meses, e historias que leemos en un arrebato vertiginoso que nos lleva a olvidarlas con la misma celeridad. Que un libro invite a una lectura rapidísima no garantiza su calidad literaria -entiendo que el concepto «calidad literaria» daría para discutir mucho rato, pero por hoy dejémoslo ahí-. Luego, hay otro tipo de libros que leemos con una rapidez impertinente que los destroza. La rapidez, tal vez la prisa, nos impide ver el relieve significativo de textos monumentales, de palabras asalvajadas y lentas, o de textos de apariencia minúscula, cuyo lenguaje adelgazado esconde un tesoro. El final del bosque es una novela susceptible de ser leída a varias velocidades. Incluso les recomendaría que, en primer término, se dejasen arrastrar por la intriga del qué está pasando, y por el suspense del que pasó y qué pasará. En este nivel el libro se devora. Sin culpa, sin paradas, con interés creciente. Como los mejores libros de misterio que, sin excepción, nos llevan hasta el final del bosque. Pero lo mejor es que la narración no solo funciona a ese nivel que posiblemente se relacione con el manejo competente de las técnicas de un oficio del que María Fasce sabe mucho como lectora, editora y escritora, sino que, además, funciona en la profundidad específica de cada página. En la selección de cada una de sus opciones lingüísticas. En ese plano literario que, a menudo, la prisa nos hace olvidar. La novela constituye una propuesta formal sólida desde el punto de vista constructivo -es un artefacto solvente- y, también desde una perspectiva lingüística que aquilata la selección de cada palabra en el hilo del texto.
Esta doble condición de las mejores novelas -el microscopio y el catalejo-, en el caso de la de María Fasce, se concreta en la elección de un punto de vista del que emana la voz que nos guía a través del relato. El final del bosque es uno de los ejemplos más sugerentes y sabios de narrador(a) poco fiable de la última literatura. La elección de la voz narrativa resulta pertinente para contar lo que se quiere contar y, en esa elección, se actualiza y se personaliza ese modo de representación de lo real -el narrador poco fiable- que ya se erige como toda una institución literaria: las narraciones emprendidas desde la ficción autobiográfica -pienso en el Lazarillo, en el diario de la institutriz de Otra vuelta de tuerca o en El buen soldado de Ford Maddox Ford, pienso en El mentiroso de Tobias Wolff- nos llevan a cuestionar la credibilidad de quién toma la palabra para contar el cuento. El recurso, que ya podría parecer narrativamente gastado, se vivifica y adquiere todo su sentido en El final del bosque. La voz de Lola nos adentra en las claves de una historia familiar llena de secretos y violencias que es, simultáneamente, la historia de un país. La voz de Lola surge de una semilla traumática y en ella resuena un deliro que apunta directamente al pasado individual y colectivo, pero también al estado de ánimo, a la visión del mundo, a la vulnerabilidad de lectoras como yo misma: cincuentonas letraheridas y medicadas. Escribe Fasce: «Tenía cuarenta años y me volví loca. Primero perdí la sonrisa, luego el sueño. Nunca me había ni siquiera emborrachado para no perder el control y de pronto mi cabeza produjo mi primera cana y mi primer brote». El cuerpo no deja de darnos mensajes, afirma Ángela, uno de los personajes de la novela y una lectora como yo no puede permanecer impasible, como tampoco puede permanecer impasible toda esa masa lectora que comienza a comprender que lo femenino es universal. Hablamos desde esa herida o desde esa heridita. Contamos la amputación o la llaga en la punta de la lengua. Muchas escritoras estamos explorando el pantanoso lugar de la locura como expresión, individual y de género, como reacción a una mantenida violencia sistémica. Me viene ahora a la memoria el libro más reciente de Pilar Quintana, Noche negra.
El final del bosque es, además, una metáfora poderosa sobre los filos fantásticos de la memoria y sobre la exactitud de la vida que impregna la imaginación, es decir, sobre el trauma y la herida cristalizados en un cuerpo simultáneamente erótico y tanático. Fasce ilumina el tránsito entre el clímax y la mesetas sexuales y vitales; la movediza frontera que separa el sexo imaginativo del sexo, quizá del romance, como imaginación. La novela indaga en las causas de nuestro delirio y muestra cómo ese delirio penetra en las razones. Cómo todo eso es experiencia. Cómo lo íntimo y lo público, la obscenidad y sus imágenes, no se pueden separar. Y lo hace sin romantizar la locura, la paranoia, con sentido del humor y sensibilidad hacia los modos de decir. Escribe María Fasce: «Qué nombres poéticos tenían las enfermedades mentales: “espasmo de sollozo”, “crisis de ausencia”, “brote”, “piernas inquietas”: ¿un deseo inconsciente de bailar?, ¿de huir?». La voz de Lola se hace preguntas que marcan la lectura de la novela y que nos llevan a abordar desde la complejidad cuestiones como la de si la alucinación y la paranoia se corresponden siempre con el territorio de la mentira o, por el contrario -acaso complementariamente-, la falsedad reside en la pretensión documental. O, con más precisión aún: la falsedad reside en el documento que se ampara en una supuesta neutralidad para practicar impunemente el sectarismo.
Muchos momentos de la novela resultan asfixiantes y, a la vez, lúcidos porque en la atmósfera conseguida por la autora captamos en superposición eclética, pero nunca caótica ni extravagante, lecturas reposadas y fogonazos, capas, de Chandler, Highsmith, los sueños turbios de Susana San Juan, Borges, la pincelada de Lucien Freud o los fotogramas de Chabrol. En cualquier caso, he de confesar que, quizá por mi actual circunstancia biográfica -también leemos desde ahí-, los tramos de El final del bosque que siempre recordaré son esos en los que Lola describe la enfermedad del padre. El personaje del padre, tocado por una especie de vitalismo fanático, transmite una energía mórbida al texto. Me parece muy inteligente, muy sutil, la aproximación de Lola -¿de María Fasce? Yo creo que sí- a los cuidados: «Hay algo purificador en cuidar a un enfermo. No es altruismo, es egoísmo; pensamos en nuestra propia decrepitud, nos estamos cuidando a nosotros mismos…». Los pasajes domésticos son maravillosos, y las páginas en las que el pensamiento de Lola fluye desde el orden rutinario hacia una alucinación psicótica aún más ordenada, perfecta y razonable que el mismísimo sistema cartesiano, ponen los pelillos de punta.
Han pasado ya algunos meses desde la publicación de El final del bosque, pero quizá merece la pena disentir del imperativo de la actualidad más estricta, y perderse un rato por estas páginas, por las hojas y las ramas de este bosque profundo, en las que son simultáneamente posibles el deleite y el terror.