Sergio C. Fanjul
El escombro fluorescente
Letraversal
108 páginas
POR MARTÍN RODRÍGUEZ-GAONA

Las condiciones autárquicas y de censura de la dictadura impidieron que en España se desarrollaran lenguajes artísticos adecuados para el tratamiento de lo social. Algo a lo que también contribuyeron cuestiones de clase (el mantenimiento del status quo) y la normalización política mediante el consumo a partir de la Transición.

Superando estas circunstancias con gran habilidad y soltura, Sergio C. Fanjul (Oviedo, 1980) en El escombro fluorescente continúa su proyecto poético centrado en una crítica civil, a ras del suelo, sin componente utópico, más atenta siempre al público y la empatía. Es decir, apoyándose en afinidades de generación y de extracción social para retratar experiencias comunes como la precariedad y el desencanto.

Con tales fines, en estos versos predomina una visión antiheroica, plena de humor y autoironía. Rasgo que responde a que en gran medida la suya es una sensibilidad formada por los medios de comunicación (aquella música y audiovisuales de entretenimiento inteligente). Un gesto decisivo, pues sus referentes establecen una relación fluida con dicha mitología antes que con los de la alta cultura («A nuestros pies la ciudad, un circuito integrado, la inmensidad / del Pac-man»). En este sentido El escombro fluorescente supone la práctica de una antipoesía pop concebida para la edificación pública de nuevas fábulas domésticas.

Así, mediante personajes como el Astrónomo y Bronwyn, articulados en un largo poema dramático, el autor toma pulso a la actualidad desde obsesiones predilectas como la ciudad, el tedio y los infinitos estímulos tecnológicos. Se impone, por consiguiente, una poesía cotidiana, entusiasmada por lo concreto, con mirada de reportero y lengua de cronista. Como se aprecia, Fanjul pertenece a esa línea de poetas que busca su inspiración entre los objetos y las situaciones del día a día.

Tal predilección por lo específico lo conduce, de forma simultánea, a dar testimonio y a mitificar la propia existencia. De ahí su énfasis en lo banal, en lo normalizado por la costumbre, para luego subvertirlo (la gran historia de amor trascendente y kitsch entre el Astrónomo y Bronwyn). Dicho impulso antipoético responde también a los gustos e intereses de otro tipo de ciudadanía, que requiere asimismo de distintos planteamientos y exigencias sobre lo público.

El escombro fluorescente, por lo tanto, se despliega como un muy particular poema dramático, entre la crónica urbana y el sainete. Se inicia como un recorrido por la ciudad y concluye de vuelta a casa, bajo la protección del hogar. Y, pese a todo, en el camino el poeta rinde testimonio de la transformación de Madrid en la Ciudad Sitiada: una metrópoli agresiva, injusta y especulativa, con gentrificación, turistificación y guetos de diversidad.

Los monólogos del Astrónomo, el alter ego del sujeto lírico, sirven para articular una crónica de costumbrismo posmoderno, mezcla de fantasía y apunte sociológico («Las palomas cimbrean la cabeza / a ritmo de hip hop»). Con estos recursos Fanjul plasma un realismo potenciado mediante una imaginería sorprendente («Pero aquí el silencio es gelatina mística»), forjando una discursividad que emplea con fluidez tanto el simultaneísmo, las elipsis y las digresiones como los giros coloquiales («Traperos cubiertos de miel la lían / en las escaleras mecánicas») o el uso rítmico de la coma. De esta manera brinda plasticidad a sus observaciones, por lo que los poemas dan cuerpo a ideas o reelaboran textos previamente escritos como estados de Facebook. Algunas de sus eclécticas e inusuales fuentes serían la Stand up comedy, la antropología urbana y el periodismo (expresiones que el autor sostenidamente practica desde diversas plataformas). Destaca en toda la propuesta la sutileza, la ductilidad y la eficiencia de diversos recursos retóricos camuflados que no quiebran la ilusión del habla cotidiana.

En esta línea formal, un acierto de El escombro fluorescente, compartido con compañeras generacionales como Berta García Faet y Ángela Segovia, estaría en que sus adecuadas decisiones estilísticas consiguen la superación del decoro clásico y del pudor burgués. Así, lejos de la preceptiva tradicional y de los referentes de la alta cultura, su intertextualidad resulta abrumadoramente variada y sincrética, con ecos de Poeta en Nueva York y de Allen Ginsberg («A Supermarket in California») y citas de Shakespeare, Dámaso Alonso, Neruda, Eliot y Morrissey, entre otros.

Fuera del tratamiento artístico de una agenda social compartida, quizá lo más característico de la poesía de Sergio C. Fanjul es que siempre busca mirar a la ciudad con amor: «Es importante que nunca mires donde pisas / y que nunca pises donde miras». Quizá esto sea lo mismo que entender que, si se trata asimilar y transformar la realidad, la emotividad no tiene por qué estar reñida con la inteligencia.