
Celso Castro
El gran ensueño
La Navaja Suiza
368 páginas
No falla: cuanto más decididamente diseñada contra el sistema parece una novela, cuanto menos traducible a dieciocho idiomas y presentable al Man Booker, más se parece a eso a que antes llamábamos «literatura», pero que estemos resabiados no nos cura de nada, ni nos hace menos sensibles. Visto este librazo, no deja de asombrar y hasta indignar que no se nombre más a Celso Castro como una de las voces más delicadas, extravagantes y únicas del panorama peninsular. No se puede atribuir todo al cainismo, ni tampoco (solo) a la proverbial falta de sofisticación con que la crítica (sobre todo española) cuelga el sambenito de «literatura menor» a quien incluye el humor o la ironía en la ecuación, tiene que haber necesariamente otra cosa que se me escapa y que no trataré de dilucidar aquí a riesgo de que se note demasiado que no me entero de nada o que cada vez me entero de menos, lo que no es improbable que sea el caso.
Habrá también quien se pregunte a qué me refiero con «una novela decididamente diseñada contra el sistema». Pues a una de casi 400 páginas, estructurada en breves monólogos divagantes de un joven narrador obsesionado con la filosofía antigua, y más concretamente con Plotino, un muchacho sin más oficio ni beneficio que -como dice el título- el de la ensoñación, con una relación de permanente competencia sexual con un padre poeta aficionado a las sustancias tóxicas, una madre concertista y fallecida cuyo fantasma atraviesa todas estas páginas con la misma dulzura que los vestidos que su hijo se pone una y otra vez, y como siempre, el amor o sus delirios, bajo la forma de iniciación, fantasía, o flechazo, el amor siempre como el gran catalizador de la vida.
Tampoco me pregunten por qué debería considerarse eso «una novela decididamente diseñada contra el sistema», no soy yo quien piensa que la característica principal de un buen libro es la de estar basado en un episodio traumático de la infancia, o la de poder mutar en miniserie de Netflix, ni mucho menos el funcionar como una máquina de relojería, esa célebre estupidez chejoviana de que si un rifle aparece colgado en la pared en el primer capítulo debería ser disparado inevitablemente en el tercero, estupidez que, por otra parte, no creía ni el mismo Chéjov, pues en El jardín de los cerezos aparecen colgadas de una pared dos armas que por cierto no se disparan en ningún momento y bien que quedan ahí, colgaditas. El gran ensueño, como esa maravillosa contradicción de Chejov, es una novela diseñada contra el sistema porque una de sus mejores virtudes es, precisamente no disparar esas armas, o más concretamente, la divagación o, por utilizar las palabras del propio Castro, la ensoñación. Luego seguiré con eso.
Me ha llevado un rato desactivar la manía de buscar referencias para que sean ellas las que se tomen la molestia de explicar por vía indirecta lo que resultaría difícil explicar de otro modo. Me venían a la mente muchas narraciones en las que la educación sentimental o sexual (el centro de gravedad de esta historia) se narra cruzada por una melancolía distante, como Un mundo para Julius de Bryce Echenique, o visualmente, Amarcord de Fellini, pero luego he llegado a la conclusión de que la melancolía de Castro no es tanto un estado carencial o transitorio como, literalmente, un estado del ser, un posicionamiento que evita precisamente la fantasía, que la melancolía -vaya- aquí no es melancolía en realidad, pues no hay en ella ese sentimiento espectral de nostalgia que le es imprescindible, sino pura dulzura por la vida, puro amor. He aquí una novela sobre una educación sentimental cruzada por la dulzura, atenta a los sentimientos. El gran ensueño es, contra todo pronóstico, una novela realista, más aún: una novela esencialmente realista precisamente por ser sentimental, a la manera en que lo fue la gran novela romántica alemana, desde Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister de Goethe hasta Las tribulaciones del estudiante Torless, de Musil, por poner dos casos alejados en el tiempo, pasando por Las confesiones de Rousseau. Para todos ellos, igual que para Castro, resolver la cuestión sentimental no constituía solo de un asunto del «cuore», sino un problema identitario, pues solo a través del amor se descubre quién es uno mismo. El aprendizaje amoroso, lejos de ser frívolo, se convierte así en una cuestión de vida o muerte, lo único que vale la pena pensar, el único motivo legítimo de la literatura.
En ese sentido, también me ha llevado un rato entender por qué era tan oxigenante esa gentileza del protagonista, la misma gentileza (educación) que decía Tomas De Quincey que debían tener siempre las voces narradoras. El gran ensueño funciona como un antídoto contra esas redes sociales que nos imponen cada vez más un relato chillón de los sentimientos, un relato en el que todo el mundo parece un niño con síndrome de falta de atención. Castro enuncia los sentimientos con suavidad, educación y una especie de dulce respeto a los procesos, sobre todo cuando se trata del sexo, terreno en el que no hace falta añadir que el protagonista y narrador es un glorioso inútil, sobre todo comparado con el personaje de su padre.
Toda la estructura de la novela, toda su credibilidad, se basa en la construcción de los personajes. El gran ensueño es una novela de personajes diseñada sobre la marcha, a la manera en que los grandes folletinistas del XIX diseñaron esos tochos maravillosos: en una pura improvisación total. Novelas que se inflaban y desinflaban, que se alargaban a voluntad o se cerraban abruptamente y cuya mejor virtud era precisamente la carnalidad indiscutible de sus criaturas. En cierta ocasión, el gran Rafa Chirbes me comentó que lo mejor que le podía pasar a un libro suyo era que, al ser recordado por quien lo leyó, no supiera a ciencia cierta si se trataba de una lectura o un recuerdo, algo que había leído o algo que había experimentado, y que para eso era imprescindible que los personajes fueran auténticas personas. La madre concertista, el hermano muerto en su más tierna infancia, el padre poeta y don Juan profesional, las distintas versiones del amor erótico, en su condición de niñera, compañera y fisioterapeuta, la constante irrupción de la enfermedad y la muerte alternada y contrapuesta por la constante irrupción del deseo y el amor… nada parece particularmente extraordinario aquí, y sin embargo, todo lo es.
Pero tal vez la cualidad más difícil de describir de El gran ensueño es precisamente esa divagación, combinada con una enorme voluntad de precisión que la aproxima constantemente a lo lírico. El gran ensueño es dos cosas que parecen incompatibles: un divague y un poema. Al margen de las peculiaridades gráficas de Castro (la ausencia total de mayúsculas, los bloques de texto largos, bernhardtianos, casi sin puntuación, etc) y que para mí no pasan de ser meros caprichos estéticos, la verdadera rareza de su estilo lo constituye la integración de la palabra precisa y el excurso (que es precisamente su contrario: la palabra sobrante, lo que está al margen, el comentario). Si hay un tipo de texto que nunca podría imitar una inteligencia artificial, sería precisamente uno como El gran ensueño, donde lo que importa no es el resultado, a saber, un corpus objetivable más o menos eficaz, sino el trayecto que ese texto implica, la experiencia que supone haberlo escrito, una experiencia de la que se apropia el lector al leerlo. Según la premisa de Chirbes, El gran ensueño se lee como se vive. Con orientación, pero sin programa. Una cualidad a la que habría que añadir una última cosa: la de que esta novela es también una resistencia de materiales, una puesta a prueba del propio lenguaje, que está siempre jugando a encontrar su límite, tanto en su mera formulación como en las constantes referencias a la imposibilidad de comunicar a otro lo que se ha vivido, un experimento que combina la alta cultura, la filosofía presocrática, y unos diálogos descacharrantes. Si viviéramos en un país serio, esta novela se llevaría todos los premios, pero no es improbable que en el nuestro la declaren literatura menor. Como decía Heráclito de Éfeso, sobrenombrado el oscuro, «si no esperas lo inesperado, nunca lo reconocerás cuando se presente». Pues bien: aquí está lo inesperado. Que conste que avisé. Allá vosotros.