Juan Tallón
Mil cosas
Anagrama
152 páginas
POR PEDRO BOSQUED

Juan Tallón (Vilardevós, Orense, 1975) podría pasar por ese peatón con el que te cruzas en la calle y no te das cuenta que te lo has cruzado. Podría pasear por el barrio de Gracia, por Lavapiés o por Triana y nadie diría que no es del Pópulo gaditano. Es ese tipo de persona que lo quiera o no, podría pasar por transparente, no porque busque la discreción, no es que quiera ser rumoroso, sino porque disfraza de naturalidad su ser.

Filósofo de formación, periodista de profesión, con Obra Maestra y con El mejor del mundo logró lo que la mayoría de escritores honestos desearía. Tener una masa crítica de lectores, ni hordas ni destellos. Sí, lectores que saben que lo que van a encontrar no es una sorpresa de aire vacío ni un recargado ególatra. Pasa exactamente eso con su prosa.

En su nueva novela Mil cosas, parece más un telegrama expandido que una obra que quiera desplegar unos problemas con o sin solución. Lo que tiene esta novela, y su final suena a mazazo de juzgado, es la cotidianeidad como presupuesto. El ajetreo de una pareja el día antes de irse de vacaciones a Escocia en su última jornada de trabajo y luego. Luego ya no hay nada que comentar, es decir, hay que dejar que la prosa nos vaya metiendo en harina y comprobemos lo que es mantener el pulso narrativo por donde elige el narrador. Como lectores, perder la orientación para dejarse llevar por un ritmo que además de dejar ver la locura del día, permite ver el trasunto sicológico de almas que bordean la quiebra. Y no resulta fácil dibujar ese mapa emocional. Ni siquiera el bosquejo de caos diario que plantea permite asir todo con cierta tranquilidad.

Construir este estado de desasosiego exterior que parece que no penetre en el interior, también del lector; es el logro que Tallón consigue con destreza y la modestia de un peatón. Ese peatón que elige en qué fila del autobús se sienta y que no puede evitar mirar el título del libro de otro pasajero. Ese retrato de tantas personas como hoy mismo habrá que viajen en transporte público sin saber cuándo le cambiará el ritmo de la vida y por qué no, la vida como la había concebido. El escritor gallego genera el desasosiego desde la naturalidad de hechos casi banales, desde la apropiación de la normalidad para mostrar lo alejados que se pueden encontrar los personajes de sus deseos primordiales.

No se habla de la esclavitud de un trabajo que destroza los nervios. Se habla de los nervios que provoca el querer capear todo sin saber cuándo acaba la corrida. Que como un partido de tenis, tiene hora de comienzo pero nunca tiene la de cierre, programada. Y es esa falta de programación la que sostiene esta novela, falta de guion calmado, acompasado, efectista con la clausura de los capítulos breves alternados de la pareja protagonistas. Travis y Anne tienen un hijo que no ha alcanzado el año y que es uno más de los problemas a conllevar de una vida en la gran ciudad en la que la palabra vida puede alcanzar el calificativo de sarcasmo. Y es que podría pasar de ser ese telegrama expandido a un cuento desarrollado en el que se encuentra una tragicomedia en varias esquinas para descubrir que somos parte de esa habitación mundo que resulta no poder escapar de la circunstancia. Nuestra circunstancia, la circunstancia. Con el ritmo de una comedia, sin serlo, de Black Edwards. Con la manera de interpretar esas circunstancias resulta cercano a Julian Barnes. En definitiva, un humor que puede parecer anglosajón pero que está tan radicado en un barrio español que no hay duda de que lo peninsular tiene en la prosa del gallego un Aquiles. Otra cosa es si hacía falta un héroe. O es otra de las ironías de la narración que nunca parece escoger siquiera una lógica.

Juan Tallón allí se encuentra y encuentra la salsa. Tiene el aplomo para aliñar una, en principio, habitual escena para engatusar al lector para que lo siga como al flautista a las afueras de Hamelín. Lo que pase extramuros solo el que llega lo sabe. Lo que pase al acabar de leer la novela, solo su propia experiencia se lo hará saber. Como decían en el concurso, hasta aquí podemos leer. Como dice la vida, acaba el proceso y luego ya dirás lo que te parece. O si eres valiente, cómo te quedas.