Silvia Hidalgo
Nada que decir
Tusquets
217 páginas
POR JUAN ÁNGEL JURISTO

El problema que le puede acontecer a una novela como ésta es la de habérselas con el malentendido del valor sociológico con que ahora se miden buena parte de las narraciones escritas por mujeres. No de otro modo se explica la atención dada a cómo dirime la justeza con la que retrata las relaciones de pareja actuales; o la incidencia en —de nuevo el retrato— la manera que tiene un determinado libro de radiografiar a la mujer de hoy, sin caer en la cuenta de que reducen a un cierto estereotipo la variedad enorme de roles existentes en la sociedad actual. Estas lecturas, finalmente, podrían llevar a querer encuadrar el libro en antecedentes de probada excelencia, por lo que en ocasiones se nos sugiere que nos las tenemos que ver con una suerte de Marguerite Duras a la española.

La cosa no es nueva y acontece que este tipo de malentendidos suele darse con obras que en su día supusieron una transgresión sexual para lo establecido en ese momento; en libros de clara militancia feminista; o, por supuesto, en libros que participan de ambos atributos, como es el caso de las novelas de Colette que inauguraron el siglo XX con ansiosa expectación y escandalosa polémica. En otros ejemplos, como en Miedo a volar, de Erika Jong, esta cuestión de los malentendidos alcanzó una cota poco imaginada hasta entonces porque la novela, publicada en los setenta, en plena revolución de las costumbres y con un movimiento feminista en auge, entró en el mercado del best-seller, haciendo de su protagonista Isadora Wing una suerte de paradigma de la nueva mujer libre de los prejuicios burgueses del momento, un híbrido entre la reivindicación feminista y el género erótico cuya versión más sofisticada en la época fue la francesa Histoire d´O, de Pauline Reage.

El malentendido proviene del hecho de que no se atiende a lo único que debe salvar a una obra de arte, su valor estético. Silvia Hidalgo (Sevilla, 1978) es autora, además de esta su última novela, de Dejarse flequillo y Yo, mentira, es decir, una novela sobre una adolescente, la primera, y otra sobre una mujer de mediana edad que se considera mediocre porque está casada con el Escritor —así con mayúsculas— y busca volver a revivir ese estado en su temprana juventud en que se sentía plena. Pocos atendieron a la prosa de Hidalgo, una prosa muy pulida que se atiene a huir de cualquier atisbo de subordinada en aras de una prosa eficaz, esa prosa que no reflexionaba sino que actuaba, en palabras de Dashiell Hammett y que, además, está dotada de imágenes rutilantes y de una excelencia tal que procura actuar al modo de alfilerazos en la conciencia del lector. Y vaya si lo consigue.

El comienzo de Nada que decir, después de que la cita que abre el libro sorprenda al lector con una frase de Samsung al modo de aforismo que define el marco en que se desarrollan ahora nuestras tragedias, «La señal es débil o no hay señal», es digno de aquello que aconsejaba Céline, el del puñetazo en el estómago del lector como medio idóneo de revulsivo: «No es más que una tarada sentada al volante mirando fijamente el móvil. Todavía es joven, pero ya es alguien que fue otra persona, al menos una mujer». Este comienzo nos introduce de repente en un personaje que va a reunirse con su amante, que por ahora no es más que una cita por Internet, y que se menosprecia a sí misma mientras aguarda a éste para entregarle a su hijo. La espera le produce ansiedad. «Respira en rojo con las luces de emergencia clin clon clin clon», ya que en ese instante «no es más que una mujer esperando a que un tipo responda al mensaje que le envió hace un rato y que, entonces, si contesta, está dispuesta a arrancar el motor y a conducir más de dos horas en plena noche de tormenta para ir a verlo».

La narración, algo más extensa que lo que se suele otorgar a una nouvelle, se muestra como la extensión idónea para esta especie de abertura en canal en la personalidad de la protagonista, llena de imágenes rutilantes y muy efectivas, algunas de enorme belleza, abertura que se prolonga a su mundo de relaciones laborales —«Jefes fríos o cercanos, psicóticos todos en mayor o menor medida, temerosos ante su presencia»— pero que adquiere su máxima expresión sobre todo cuando hay que dar cuenta del propio cuerpo: «El estrés le provoca una infección de oídos, le pasa cada cierto tiempo. Ella nota cuando la bola de pus va creciendo y calcula el momento en que la dolerá más y explotará». Todo ello en consonancia con el adjetivo que ha puesto al amante, el Hombre Tumor. Novela de estilo absorbente, de una gran intensidad, con imágenes rotundas… En pocos casos conviene, como en éste, resaltar sus valores literarios sobre sus supuestos sociológicos.