Jorge Volpi
La invención de todas las cosas
Alfaguara
704 páginas
POR JORGE COMENSAL

El punto filosófico de partida de Jorge Volpi en La invención de todas las cosas. Una historia de la ficción (2024), puede encontrarse en la Filosofía de la expresión del gran filósofo Giorgio Colli: «El mundo que se ofrece a nuestra mirada, lo que tocamos y lo que pensamos, es representación, como desde las antiguas Upanishad y de Parménides en adelante han comprendido todas las especulaciones penetrantes». Esta comprensión ancestral del conocimiento es fácil de olvidar y por ello siempre necesita actualizarse. Volpi lo hace a gran escala, en un extenso y variopinto ensayo histórico, al referirse a la totalidad del mundo cognoscible como «ficción». ¿Por qué hablar de todos los tipos de representación como ficciones? La decisión no es caprichosa sino esencial para la metafísica literaria que el autor propone de forma enciclopédica y pontificia (en el mejor sentido de la palabra). 

Por «metafísica literaria» me refiero a una concepción narrativa de la realidad: para entender el mundo hay que contarlo, hacer una Historia de «todas las cosas». El relato de Volpi comienza en el pasado remoto del universo, hace trece mil ochocientos millones de años, en el big bang, y culmina en un futuro muy lejano de absoluta disipación energética. Al imaginarnos estos extremos del relato, la explosión y la oscuridad perpetua, inventamos el origen y la muerte del universo. Estos inventos no dejan de ser ficciones por basarse en observaciones y mediciones metódicas, solamente se convierten en representaciones efectivas de una realidad cuya verdad se encuentra más allá de nuestra comprensión. De este lado, más acá de la frontera epistemológica, se encuentra todo lo que Volpi ha incluido en esta Historia cuidadosamente estructurada en ocho libros de cinco capítulos cada uno, puntuados por nueve diálogos kafkianos, juguetones, entre Felice y el Bicho. 

Inventarlo todo requiere muchos discursos: astronomía, mecánica cuántica, biología evolutiva, neurociencias, mitología, épica, dramaturgia, filosofía, derecho, economía, teología, literatura, pintura, música, sociología, cibernética, teoría crítica. Abordar cada uno de estos ámbitos requiere un conocimiento amplísimo, una comprensión solvente, aunque no especializada, de todas las áreas del saber humano. Contar esta historia es una proeza de la erudición contemporánea, pues se trata de un libro de espectro mucho más amplio que el de otros grandes relatos actuales, como Breve historia del tiempo: del Big Bang a los agujeros negros (1988) de Stephen Hawking,  Armas, gérmenes y acero. Breve historia de la humanidad en los últimos trece mil años (1997) de Jared Diamond, libro que inspiró Sapiens (2011, originalmente subtitulado Breve historia de la humanidad), de Yuval Noah Harari, o El mundo. Una historia de familias (2023), de Simon Sebag Montefiore. La invención de todas las cosas pertenece a esta familia y destaca en ella por su forma literaria de contar. 

Los libros que cité arriba suelen ser entendidos como divulgación histórica, pero son en realidad algo mucho más ambicioso y trascendente: un intento de reconfigurar, a partir de las humanidades y ciencias modernas, una visión coherente de lo que somos. Al igual que el Antiguo Testamento, estos libros proponen cosmogonías, genealogías y profecías (como las de Harari en Homo Deus). Por eso son tan importantes: a partir de su incorporación a nuestra cultura general, los seres humanos nos hacemos de un relato común, capaz de trascender fronteras y lenguas nacionales. En este contexto, La invención de todas las cosas tiene una diferencia específica muy valiosa: mientras que en aquellos libros las artes ocupan un lugar marginal, casi decorativo, aquí son las protagonistas, puesto que los poemas, tapices, óperas y esculturas son el ámbito convencional de las ficciones. 

Al ubicar las ciencias naturales y las ideologías políticas en el marco de una historia de las ficciones, Volpi desafía el realismo ingenuo al que estamos predispuestos y nos ofrece un tonificante contra el fanatismo, contra la polarización dogmática, contra la intolerancia sectaria. Para mantenernos a salvo de estos excesos ideológicos, necesitamos rechazar el totalitarismo hermenéutico según el cual nuestra interpretación del mundo es la única válida. A través de los diálogos intercalados entre los capítulos dedicados a contar la historia del conocimiento humano, Volpi nos previene contra las ingenuidades peligrosas. Los personajes de estos diálogos son simpáticos y entrañables: el Bicho kafkiano dialoga con un personaje «histórico», Felice, la prometida del autor aludido. Ella representa el sentido común y él la desafía mayéuticamente. Se trata de interludios: juegos con los que Volpi estimula la imaginación y nos recuerda que nos encontramos leyendo algo que es verdadero aunque no sea real, como se plantea en el sexto diálogo, donde Felice y el Bicho discuten sobre los alcances de la ficción. Al comentar la obra de Kafka de la que tomó al personaje del Bicho, afirma Volpi: «Obcecarse en romper la ambigüedad e insistir en que el bicho sea solo real, o solo imaginario, o —peor aún— solo metafórico tiene el mismo efecto que explicar un chiste, como bien sabía Freud». Romper el encanto significa perder el sentido, y justo vivimos en una época de profunda crisis de sentido. Si aceptamos que todo pertenece a esa ficción cuyo artífice es «esa ficción suprema a la que damos el empalagoso nombre de yo», si nos reconocemos como personajes ficticios, tal vez podamos jugar con el sentido existencial, disfrutar la belleza de las ficciones y no tomarnos tan en serio. Esta ligereza es necesaria, de lo contrario, como reconoce Volpi en el último capítulo del libro: «la consciencia radical de no ser más que ficciones en medio de otras ficciones nos lanza, de manera angustiosa y desesperante, en busca de cualquier cosa a la que asirnos». 

La invención de todas las cosas es, como el título ya lo sugiere, enciclopédico, pero también usé otro adjetivo para calificar la obra: «pontificio». No me refiero a que se trate de un libro católico (aunque la apertura del catolicismo a la lectura alegórica de las Sagradas Escrituras puede haber inspirado en cierta medida esta metafísica literaria, tan lejana del literalismo protestante). El pontífice es, etimológicamente, un artífice de puentes. En este caso, los puentes construidos por Volpi vinculan esas dos provincias lejanas, a veces incluso enemigas, que C.P. Snow llamó en su famosa conferencia de 1959, las dos culturas: las ciencias y las humanidades. 

Las ciencias han transformado radicalmente las cualidades prácticas de la vida humana (nos comunicamos por ondas electromagnéticas, viajamos volando de un lado a otro, los Estados pueden aniquilar poblaciones con bombas nucleares), mientras que las teorías humanísticas mantienen una concepción anacrónica de lo que somos los seres humanos, ajena a los descubrimientos de la biología evolutiva, las neurociencias, la sociología estadística, entre otras disciplinas. Este desfase cultural es peligroso porque los valores feudales no se llevan bien con las armas biológicas. Contra esta disonancia, esta Historia crea puentes entre, por ejemplo, la genómica y la literatura de Borges, o entre la física cuántica y la obra de Octavio Paz. Lo que surge de este esfuerzo es una versión actualizada de eso que solía llamarse «cultura general», una cultura que incluye lo intuitivo y lo racional, lo espontáneo y lo riguroso, lo matemático y lo inefable. 

Al comentar las interpretaciones de la ecuación de Shrödinger en el primer capítulo, Volpi concluye con estas líneas: 

«Una interpretación radical de la teoría cuántica: un universo construido a partir de una infinita variedad de puntos de vista que no admite una visión única. Un cosmos sin Dios y sí, en cambio, con incontables conciencias que saben -y definen- un sinfín de pequeñas cosas que a la larga conforman el todo. En términos narrativos, diríamos que somos habitantes de un universo donde no hay sitio para un narrador omnisciente, sino, a la manera de Dostoievski o Henry James, solo para un avispero de puntos de vista entremezclados». 

Aquí estamos frente a una interpretación narratológica del universo (contado por diversos narradores testigos) en el que cabe la teoría cuántica. A partir de su pericia y experiencia como narrador de ficciones, Volpi nos propone en este libro una visión polifónica del universo.