
Eduardo Lago
La estela de Selkirk
Galaxia Gutenberg
321 páginas
Isolato: estoy seguro de que leí (para luego poder ponerla por escrito) esta palabra en un libro de Herman Melville (aunque no estoy seguro de que este libro haya sido Moby-Dick: esa novela que en el momento de publicación fue considerada por muchos, por demasiados, como un naufragio artístico de su autor). Isolato que significa aislado: a estar en una isla. Y que remite a la figura de quien sobrevive a un hundimiento en lo líquido para llegar a esa tierra más o menos firme en la que no le quedará otra que certificar a su soledad como la mejor forma de compañía. Sí: siempre me pareció que el término náufrago no estaba correctamente utilizado. Siempre pensé que la condición de náufrago debería implicar, inevitablemente, el acto de ahogarse y no sobrevivir (se sabe que en tiempos de Melville la mayoría de los marineros no se preocupaban por aprender a nadar porque qué sentido podía tener el mantenerse a flote por un rato en la fluida inmensidad azul sin playa amarilla a la vista). Siempre pensé y sigo pensando que todo sobreviviente a un naufragio debería, por lo tanto, ser definido como un aislado. Alguien que, sí, sobrevivió para contarla y a partir de entonces vivirá para escribirla.
Todo lo anterior para decir, para definir, a Eduardo Lago (Madrid, 1954) como a un isolato: un aislado. Una anomalía que en verdad debería normalizar, un glitch in the system que lo hace funcionar más y mejor. Alguien que supo y sabe flotar cuando y donde todo y casi todos se hunden año tras año y libro tras libro. Alguien que hace la suya y se sale con la suya desde lo más alto de su palmera. Y Lago no está del todo solo (más o menos cercanas y cómplices hay otras islas y otros aislados; y Lago suele nombrarlos y señalarlos a menudo en el mapa de sus tesoros y atesorados); pero sí sabe que llegó a ese sitio a solas para desde allí poder llegar a ese otro sitio al que nunca se llega: porque el placer y el desafío está y reside en el trayecto y no en el destino. Y, sí, —Lago como corresponde, un lector que escribe primero y un escritor que lee después— no practica la auto-ficción pero sí, que no es lo mismo, es un autor-ficción de ficción de autor. Lago es un autor singular y leerlo es un desafiante placer. No sólo por lo que cuenta y cómo lo cuenta sino por el modo en que —poniendo en práctica su teoría— se consagra como uno de esos muy contados escritores diferentes dentro del superpoblado y metropolitano panorama de la literatura en español. Porque, de nuevo, Lago es un aislado por voluntad propia en vida y obra. Vive fuera y lejos, no suele figurar en esas nacionales y endogámicas listas pocas listas, va por libre sabiéndose feliz prisionero de una tradición que no sabe de fronteras y de idiomas y donde lo que prima es el orgullo de un pasaporte/carnet de biblioteca con muchos sellos y millas y miles de títulos recorridos. Y allí está esa crónica de viaje físico-mental que es Cuaderno de México (publicado en el 2000 y reeditado en el 2021) con destellos de movedizos como Laurence Sterne y James Boswell; esa recopilación ensayística/entrevistadora pero también narrativa y configurando una suerte de canon/genoma-de-lector que es Walt Whitman ya no vive aquí (2018); o la casi okupa pasión por explicar al gran flâneur dublinés-cósmico en Todos somos Leopold Bloom: Razones para (no) leer el Ulises (2022).
Sí: Lago —como lo advierte su apellido— es un escritor líquido en su solidez y de vocación oceánica. Sus orillas son, en verdad, cada ola. Y aquí viene una más, parecida pero diferente a la anterior.
Ya desde su primera novela en 2006, desde el melvilleano título de su primera novela, Llámame Brooklyn (publicada luego de Cuentos dispersos, otro título que apunta a lo inquieto, al movimiento como dogma y credo), Lago dejó bien claro que sus intenciones eran más que claras: ser excepcional excepción, ser pasajero en tránsito y en trance, ser alien por situación y filiación opcionales. Llámame Brooklyn ganó premios y fue celebrada y, también, etiquetada como «inesperada» y —según su entrada en la Wikipedia— «impresionantemente llena de detalles» (y vaya uno a saber qué significa o quiere decir eso). Las novelas que la siguieron —novelas de fondo y forma y personalidad atómico-atomizada, Ladrón de mapas (2008) y Siempre supe que volvería a verte, Aurora Lee (2013)— profundizaron en el síntoma del autorretratista juego nabokoviano, la honesta clepto/manía referencial enciclopédica, la compulsión cosmopolita digna de Astérix y Tintín, la cartografía laberíntica de biblioteca propia como autobiográfica bioteca, la traducción como génesis quijotesca e idioma en sí mismo, los ojos de pupilas casi caníbales en su curiosidad imposible de satisfacer, y el certero convencimiento que el tema de todo libro no puede ser otro que el de EL LIBRO, con mayúsculas. Y concluir que el leer y escribir son partes complementarias de un mismo acto, como el adentro-y-afuera del respirar. En todas y cada una de las novelas de Lago —desarmantes novelas para armar que se construyen deconstruyéndose; novelas que, puestas una de tras de otra pueden entenderse y disfrutarse como capítulos de otra novela in progress— hay alguien que escribe y alguien que lee. Hay un manuscrito dentro de botella, un S.O.S. digno de ser respondido, un alma a salvar de las tempestades de lo tanto mal escrito.
Y, ahora, en La estela de Selkirk, Lago es más aislado que nunca; porque la idea de la isla —su teoría y práctica mística-geográfica— es lo que configura su trama y su entramado. Lago —que la ha venido escribiendo y viajando desde hace años— contó algo de su génesis en el número de Cuadernos Hispanoamericanos de octubre de 2022 y algo de eso se resume en la contraportada del libro. Un café en Arabia; un encuentro con Czesław Miłosz; un artículo en The New Yorker sobre el archipiélago donde fue a dar el Robinson Crusoe de Daniel Defoe; las idas y vueltas del pirata escocés Alexander Selkirk que hoy nombra a una de esas islas en las que nunca estuvo (pero en la que sí fue aislado por escrito); los nombres tan perfectos de Más a Tierra y Más Afuera; y la llegada, en 2015, del propio Lago para encontrar allí el tesoro de esa isla: La estela de Selkirk.
La ficción resultante, como corresponde, a partir de la, sí, estela de esa no-ficción viajera (cuesta poco y nada imaginar a un Lago como una suerte de cuarto mosquetero cuasi lisérgico uniéndose al trío des/compuesto por Paul Theroux y Bruce Chatwin y Geoff Dyer), se propone ya desde el primer párrafo de La estela de Selkirk. Párrafo que me parece pertinente reproducir aquí in toto porque es un a/típico comienzo inequívocamente lacunar:
«Todo empezó con la llegada a Pink Cave de una carta firmada por un tal Jimmy Zhivago, quien afirmaba tener en la cabeza una buena novela, pero no quería arriesgarse a escribirla sin que un editor de reconocida honestidad y solvencia se comprometiera antes en firme a publicarla.
«“Me llamo Jimmy Zhivago y soy de Akron, Ohio, aunque desde hace cinco años vivo en San Francisco –escribía a modo de presentación–. Estoy plenamente convencido de que la novela será de gran interés para una editorial como Pink Cave. Solo un sello tan poco convencional como el suyo pasaría por alto el detalle de que aún no haya escrito la primera palabra”. Aquello era de por sí bastante llamativo, pero mi atención saltó directamente a una frase que vi en el párrafo siguiente: “El dinero es para mí lo de menos”. Pausa. “A lo que no estoy dispuesto en modo alguno es a dedicar los próximos años de mi vida a algo de lo que al final podría no quedar constancia alguna”.
«¿Qué clase de individuo era capaz de escribir algo así? Salté varias líneas más y leí: “Tengo la seguridad de que si acceden a recibirme en persona los convenceré y llegaremos a un acuerdo satisfactorio para ambas partes”. La vista me volvió a saltar en diagonal a una frase subrayada: Me importa un bledo no tener lectores… Cuando leí aquello sentí que había llegado el momento de enseñarle la carta a Norman Clarkson, nuestro director editorial, y me dirigí sin previo aviso a su despacho».
Y desafío a cualquier a bajarse de esta navela (nave-novela) luego de haberse subido al subidón de lo anterior. Y, sí, qué gran nombre es Jimmy Zhivago. Y qué manera tan inmediatamente intrigante que tiene de expresarse (y que de algún modo evoca en su presentación a aquello crepusculares iluminados-conspiradores del mejor Tomas Pynchon y del mejor Paul Auster y del mejor Don DeLillo). Y las más de trescientas páginas que siguen se ocuparan de la novelización de esa novela misteriosa con un narrador/editor/corregidor lanzado espacio-temporalmente a lo largo y ancho de esa isla conocida como Planeta Tierra (que, tal vez por ser el único habitado en todo nuestro sistema solar sea también el único en no portar nombre de deidad antigua) para que recién entonces podamos leer lo que escribió o no Jimmy Zhivago. Y advertencia: no me extenderé más aquí en el detalle de un argumento aluvional porque —como sucede con los grandes libros— todo intento de síntesis, por fallido, no los resume sino que, injustamente, los empequeñece, los reduce, los aquieta y no los resuelve en absoluto. Y, sí, La estela de Selkirk está impresionantemente llena de detalles.
Y en más de una ocasión Lago se ha referido a la novela negra como a «la gran plaga» o «el refugio de los mediocres». Pero La estela de Selkirk —como todas las novelas anteriores de Lago, como buena parte de la obra de John Banville y Denis Johnson y Tom McCarthy— no dejan de ser thrillers existenciales. Minuciosas y estudiadas y dignas de estudio y muy privadas investigaciones sobre el secreto a voces silencioso del acto de escribir. Esa suerte de automático y reflejo y cuasi-delictivo pero inocente true crime que es el llevarse algo de este lado (de eso que a falta de mejor nombre hemos dado en llamar «realidad»; término que según el autor de Pálido fuego debería escribirse siempre entre comillas) para depositarlo en ese otro: el lado de la ficción más verdadera y de la literatura más auténtica. Siempre me gustó mucho (por ingeniosa pero cierta) esa frase del espíador, de espía que escribe, John LeCarré: «Primero viene la imaginación, después la búsqueda de la realidad. Y luego volver a lo imaginado y al escritorio en el que estoy ahora sentado».
Y eso es lo que hace aquí Lago, maestro en esto del sedentarismo-nómade de la escritura de sus libros. Y —otra cita no a ciegas, otra alusión a lo embalsado— si es verdad aquello que, poéticamente, apuntó Francis Scott Fitzgerald en cuanto a que «La buena escritura es como nadar bajo el agua y aguantar la respiración», entonces los pulmones de Lago son algo digno de envidiar.
Para terminar, diré que siempre me causó entre gracia y pena la insistencia en esa pregunta de qué libro se llevaría uno a una isla desierta. Primero, es casi seguro que el libro en cuestión llegaría a la arena bastante mojado; segundo, ¿por qué no pensar que esa isla desierta no contiene una buena biblioteca?
Mejor aún: por qué no pensar que en esa isla espera el aislado y curtido Eduardo Lago con un ejemplar de La estela de Selkirk.
Entonces, por fin, se haría justicia poética y prosística y, ah, el aislado escritor rescataría al lector náufrago.
Y ambos, juntos e inseparables, serían muy felices y muy dignos de elogio isolatos.