Merece asimismo recordarse su obra ensayística, centrada en la gran lírica cubana de los siglos XIX y XX, y su intensa labor como editor de los textos fundamentales de Lezama Lima y de la poesía de Dulce María Loynaz, entre otros grandes autores. Su labor divulgativa se extendió a la generación del veintisiete, con sus antologías de la poesía de Salinas, Cernuda y Altolaguirre. De hecho, en 1991, coordinamos conjuntamente el ciclo Las Vanguardias Artísticas Españolas y América, que se extendió a lo largo de veintidós sesiones en la sede central de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba. En la entrevista que encabeza el citado homenaje de la revista Encuentro confesaba a Rodríguez Santana: «El ensayo o la investigación, la intuición asociativa en marcha es, como sugieres, un intento de descifrar o, quizá, de reordenar lo dado, sabido o resabido. Y de vencer el olvido. Fortalecer la memoria. Todo converge hacia la poesía. Nada me duele más que pasar por alto una obra, un gesto, una figura –grande o pequeña– de nuestra cultura. Sé que es una obsesión imposible». Pese a ello, su infatigable curiosidad intelectual siempre lo intentó. Y no solo fijando y enriqueciendo textos de autores del pasado, sino a través de una intensa labor pedagógica proyectada hacia el futuro. «Si me gusta enseñar, me place más aprender», señalaba en aquella entrevista. Así César fue viajero constante a las provincias más distantes de la isla, en ocasiones sorteando numerosas incomodidades, para divulgar la gran poesía cubana al tiempo que escuchaba y daba voz a las jóvenes generaciones para las que también tenía el consejo oportuno y el ánimo esperanzador.
Por otra parte, como buen investigador y divulgador de la cultura cubana, por su propia obra poética y su riqueza idiomática, era frecuentemente invitado por instituciones y universidades de muy distintas latitudes. Muchas se hubieran sentido orgullosas de tenerlo permanentemente en sus consejos, incluso en sus aulas, pero nuestro amigo, ese «Eliot caribeño», como Pombo lo denominaba, pasara lo que pasara, pesara lo que pesara, siempre regresaba. Sabía que, contra viento y marea, debía permanecer en su isla.
Y allí murió, en esa casa abierta al Malecón y azotada por los ciclones, donde Lezama Lima celebró su sesenta cumpleaños y decenas de jóvenes creadores encontraron su camino.
DE NUEVO EN LA CASA
Volvamos al corazón de la misma, tras las dos salas que sirven de recibidor, tras esas ventanas que se abren a la inmensidad del océano, está el estudio. Los libros escalan las paredes hasta tocar los altos techos de la estancia. Delante de su modesta mesa de trabajo, donde descansa un teléfono en tantas ocasiones imposible, destaca el insólito sillón de orejeras en el que se acomoda César, frente al desvencijado pero acogedor tresillo de los afortunados invitados que han accedido al sancta sanctorum de este excepcional anfitrión. Servido el café, traspasado el umbral de las primeras impresiones, el mundo entero, los sabios y poetas que en el mundo han sido, los pintores, músicos, actores, cineastas, filósofos, dramaturgos, todos los que contribuyeron y contribuyen a fecundar el espíritu humano, no importa el lugar o la distancia, irán visitando ese espacio sin tiempo; porque la conversación de César lo abarca todo, lo impregna todo con la sabia picardía de los dioses mestizos que conforman ese caldero de culturas que baña la corriente del golfo.
En aquel centro del centro del universo humano reinaba un poeta que era a la vez un filósofo, un médico de almas y clínico de textos cuya ausencia pesa. La patria sonora de los frutos lo ha acogido ya en su seno.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]