Jordi Doce
No estábamos allí
Pre-Textos, Valencia, 2016
104 páginas, 16.00 €
POR JUAN CARLOS ABRIL

El tercer poema de No estábamos allí, titulado «Suceso» (p. 19), no sólo incluye en su primer verso el del poemario, «No estábamos allí cuando ocurrió», sino que también marca el tono del conjunto. Se trata de un poema excepcional por su simbología y porque motiva la larga nota final en la que se explica el método compositivo, «la forma en que se escribieron muchos de sus poemas, el estado de espera y sonambulismo que acompañó su aparición o su visita, muchas veces esperada» (p. 94). «Suceso» desarrolla plenamente algunos de los ejes por los que circulan las inquietudes más esenciales de la obra de Jordi Doce, en su capacidad por objetivar la realidad a través del arte, en este caso, la poesía. La vieja dialéctica subjetivo/objetivo da paso a un proceso de objetivación que disuelve la óptica subjetiva, la descompone, la fragmenta, cediendo la importancia de la representación al propio objeto, lo que no quiere decir que no haya «ojo» que, a modo de paralaje, controla el panorama. Sin embargo, el sujeto se ha disuelto, se ha difuminado, y lo que importa no es que apreciemos quién mira, sino cómo se mira. Así, a través de una —digamos— desubjetivización, la realidad objetivada se encuentra más allá del narrador omnisciente, pues se explica desde sus propios procesos dialécticos, históricos y contradictorios. El lector queda en suspenso ante el primer verso, para ir descubriendo, a partir de las diferentes lecturas, la lección. No se trata de saber qué ocurrió, sino de comprender que nosotros no pertenecimos a todo aquello que sucedió. Que lo que sucedió nos fue ajeno, pero que se muestra obligatorio para conformarnos. De este modo la alteridad nos completa y configura, pues no podemos entendernos a nosotros mismos sin entender al otro. «Las llanuras de Europa son testigo. / Ellas saben también que algo ocurrió, / aunque nunca lo viéramos», asegura. Quizás para cerrar esta idea habría que señalar que «Nada ocurrió que pueda señalarse, / ninguno de nosotros se dio cuenta / cuando el mundo se convirtió en el mundo» (p. 16). El mundo es mundo a cada instante de nuestra vida, o la vida se cumple instante a instante, y no siempre (o casi nunca) estamos a la altura de ese desafío, de ese reto. Ahí se trasluce la relación agónica del tiempo y el autor… Por eso, a pesar de que nosotros no percibamos lo que sucede, las cosas, cuando acaecen, poseen capacidad para sobrepasarnos, e incluso se erigen en realidades —entes— inamovibles. ¿Y qué podría ser, si no, el misterio de la vida cotidiana, esa realidad otra que nos subyuga y pasa a nuestro lado y que, por lo general, no percibimos? Sólo a través de la poesía se suele explicar este misterio, y esa explicación son los magníficos «Monósticos» con los que, por otra parte, concluye el libro, una suerte de manifiesto o poética general: «Esto quiero: vivir en los comienzos. / Quedar del lado del augurio, de la conjetura» (p. 83).

La poesía, como la vida, es una cuestión dialógica que se resuelve siempre en el otro, incluido el diálogo con nosotros mismos, con los demás y con los objetos, que nos recuerda lo mejor y lo peor: «El abrigo en la cama, la bufanda, los guantes, / son síntomas de ajenidad, y fuera / todo es como en el sueño que tuvo una vez» (p. 64; véase también el poema dialogado «Primer acto», pp. 30 y 31). Todo acaece en el lugar donde no estuvimos, porque la sensación de no estar donde tenemos que estar es y será constante, como las continuas preguntas sobre nuestra propia identidad: «Minucioso, se arregla ante el espejo / y no sabe, de pronto, / por qué ha viajado tan al norte, / qué hace aquí, redimido del tiempo del reloj». La cartografía de No estábamos allí se dibuja desde la no pertenencia, aunque su inclusión nos acabe absorbiendo a través del esfuerzo de empatía con el mundo exterior, o con el otro: «Habitamos el mismo territorio / pero mapas distintos. En el tuyo / las calles son el testimonio de una escisión […]. Por mi lado hay orgullos, impaciencias, / el afán a agradar y el miedo a conseguirlo» (p. 58, de «Contrapunto»). La realización se halla justo allí donde no nos encontramos, de ahí la sensación indeleble de que nos falta algo, de deseo frustrado, o de que nos perdimos lo que importa. Y, sin duda, que ese «Contrapunto» —que en su título ya lleva implícito un lado y el contrario, el aquí y el allí, el entonces y el ahora, etcétera— se erige en otro de los espacios de reflexión del poemario, dado que se establece un intercambio: «Nuestras palabras mágicas raramente concuerdan», espeta también, aunque «[…] algunas veces, nuestros cuerpos / cruzan las líneas furtivamente / para firmar una tregua perpleja, / difícil, / el armisticio que es ahora nuestra vida» (pp. 58 y 59). La coincidencia en un mismo punto de improbable precisión nos desvela que, más que espacios comunes, existen tiempos comunes, como en «Aquí, ahora, en ningún sitio», porque «Perseguimos respuestas / pero vivimos sin por qué» (p. 62) y, sin embargo, «Las respuestas no se veían por ningún sitio».

Desembocaríamos en los no lugares de los que hablara Augé, esos intersticios fundamentales en los que sucede lo que de verdad importa, zona tarkovskiniana de arenas movedizas, no lugar por excelencia en el que todo lo sólido se desvanece en el aire, disuelto en vida líquida, por donde se filtrarán las preocupaciones que asolarán la conciencia del poeta: una suerte de tierra de nadie o territorio que es, sobre todo, el lugar de la creación, el espacio de la reflexión poética. La vida es una «Tregua» (p. 73) en la que aparece, como trasfondo, la consideración —véase «De vita beata» (p. 72)— de un retiro del mundanal ruido: «Así las cosas, / decidió que no más, / que le bastaba el crepitar del cielo, / el hondo gris de los cañaverales». Un lugar estable ante tanta imprecisión. En cualquier circunstancia, se hace necesaria una «Exploración» en la que hay que «Ir allí donde nadie había estado nunca. / El lugar de los lugares, decían. / Un fuego me quemó por dentro y no hubo tregua. / Tierras sin nadie, nubes errantes, algún árbol. / Seguí viaje hacia la frontera de mí mismo» (p. 24).

Presente en este mundo escurridizo, espinoso y peliagudo como el propio sujeto verbal que lo enuncia, será la preocupación por las palabras, en el uso de verbos de lengua en poemas como «Sin título»: «No sé bien de qué hablábamos / ni por qué…» (p. 20); en «Herida»: «Mira bien lo que dices» (p. 23); en «Paisaje»: «El cielo no tiene nada que decirte» (p. 25); en «Primer acto»: «—Hablas como si fuera irremediable. / —Hablamos por hablar, o así parece» (p. 30); en «Elegía»: «Las palabras se hicieron savia, / nervadura» (p. 43), o en «Huésped»: «Hace mucho que las palabras dejaron de ayudarme, / pero a veces las llamo siguiendo un viejo hábito» (p. 45), entre otros. La otra preocupación será el tiempo, formando un cronotopo en el «allí» deíctico del libro. Y si el allí ya se plantea como fantasmagórico, no menos será el tiempo. Aparecen múltiples formas —explícitas e implícitas— de tiempo, y destacan los relojes, como en «Entonces», «Con los ojos abiertos a la orilla del mundo», «Sin título» o «Una ciudad en el norte», entre otros. Tal vez se trata de relojes blandos, derretidos, con manecillas locas, aunque también nos enfrentamos al único método o herramienta para crear sentido ante la vida que se escapa. Este No estábamos allí posee muchas más vetas interesantes y atractivas que harán de su lectura un acontecimiento necesario en el panorama de las letras españolas y, sin duda, hispánicas. Un libro sumamente recomendable.

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