
Fidel Moreno
Mejor que muerto
Random House
344 páginas
Singular obra de debut, también magnífica, las cosas como son, este Mejor que muerto (2025) de Fidel Moreno (Huelva, 1976), con título inspirado por la canción «Heroin» de la Velvet Underground, porque sí, su historia gira en torno al consumo de drogas, aunque no solo y desde luego no desde una perspectiva tan heroico-tremendista como lo hacía Lou Reed. Que Moreno conoce el paño de los estupefacientes lo sabemos aquellos que lo seguimos en sus quehaceres periodísticos, destacando en este campo su labor de dirección al frente de la mítica revista Cáñamo. Algo nos dice, de hecho, que sus experiencias como «psiconauta» han impregnado buena parte de las incisivas reflexiones que conforman la trama de esta novela, tan realista, tan pausada y sin embargo llena de ritmo. Pero Mejor que muerto no es una narración sobre «drogotas» sino, ups, quizás la gran novela española sobre la pandemia, esa que muchos temíamos que llegaría tarde o temprano pero que afortunadamente lo ha hecho de esta forma, esto es, habiendo sido escrita desde una mirada lúcida y desencantada, poco solemne, en la línea de la gran tradición picaresca española.
Su protagonista es de hecho un antihéroe de manual que se explica a sí mismo como una suerte de romántico antisistema que se había olvidado de serlo. En los tiempos muertos provocados por la vida en confinamiento encontrará, sin embargo, la razón de ser de una muy hedonista forma de desobediencia civil, cercana en lo teórico a la «contradanza» de la que hablaba el nunca del todo bien ponderado Agustín García Calvo, particular faro intelectual de toda la propuesta narrativa. Hay también latente en ella, cómo no, una lectura «política» de estos últimos tiempos, que al quedar bien lejos de las nobles pero programáticas propuestas del 11-M y alrededores (nótese que la novela transcurre en el multicultural barrio madrileño de Lavapiés) acaba emparentada, seguramente sin proponérselo, con la narrativa salvaje del escritor Daniel Ruiz, azote reciente de todas las tonterías asociadas al progresismo capitalista. Estamos en todo caso ante un tipo de novela que se trabaja ya poco, no porque su modelo huela a naftalina (aquí nos hemos reído, pero quién sabe…) sino por haber quedado asediada en sus pretensiones «plásticas» por las cortapisas de lo políticamente correcto.
Así, a pesar de estar escrita desde una tercera persona a priori neutral, Mejor que muerto ofrece sobre lo narrado una mirada terriblemente masculina, si se me permite el reduccionismo, pues por muy «frágil» que se pretenda en ella definir el concepto de lo masculino lo cierto es que en no pocas ocasiones resultará incómoda su visión de las cosas. Hay a su vez entre sus páginas un cántico (algo patético si se quiere, pero cántico al fin y al cabo) a la evasión controlada, en una escalada de experimentaciones con sustancias que van del hachís al ácido lisérgico, de la cocaína a la heroína (sic), pasando por el tadalafilo (y quien sepa lo que es, que entienda). Moreno programa así para su desnortado protagonista todo un viaje (nunca mejor dicho) que en última instancia será de autoconocimiento, gracias al cual logrará redefinir los valores de una nueva vida cotidiana plenamente satisfactoria, puesta en peligro no obstante por la promesa de la llegada de la temible «nueva normalidad».
Mejor que muerto dibuja de este modo a un personaje a su manera odioso, un inútil en términos prácticos, pero que contra todo pronóstico terminará engatusando al lector (al masculino desde luego, insisto), pienso que al permitirle acceder a una forma de pensamiento aparentemente libre (o si no libre sí al menos libre de tópicos), alejada en cualquier caso de la caricatura, siendo este uno de los grandes logros de la novela, pues para eso está la ficción, para entablar diálogos entre ajenidades, para establecer paralelismos incómodos, y aquí más de uno encontrará unos cuantos, por ejemplo entre la figura del adicto y la del ciudadano limitado en sus movimientos por un estado de excepción.
«Parece la sinopsis de una novela barata», se dice en un momento dado en los ultimísimos compases de Mejor que muerto, y esta revelación de falsa modestia pero también de clarividencia y autojustificación terminan por poner el broche de oro a esta primera novela de Fidel Moreno, que sabe a novela de la vida, pero también abre la puerta a creer que ha llegado una nueva voz con muy poca vergüenza a la que habrá que seguir de cerca.