Debería pensarse, por otra parte, que la aparición más «pulida», o heroica, del precursor se hallaría en uno de los monumentos literarios venezolanos sobre la guerra de independencia. Me refiero a Venezuela heroica, de Eduardo Blanco, autor éste, por cierto, en el que se inspiraría el artista Arturo Michelena para pintar su famoso (pero imaginario) Miranda en La Carraca. Pues bien, Eduardo Blanco, que tiene más ganas de ensalzar la figura de Bolívar, convertido ya en el mítico titán que aún agobia nuestro imaginario, habla de Miranda como un grande, pero un grande derrotado:

«Un sol desaparece y otro se levanta. Entre los escombros de la revolución, aniquilada hasta en sus fundamentos, por el triunfo inesperado y sorprendente del aventurero Monteverde, se eclipsa la histórica figura de Miranda: alta virtud a quien había confiado sus destinos la naciente República. Apágase en el polvo, donde cae destrozado el altar de la patria, el fuego sacro de la idea redentora. Desmaya el sentimiento que provocó a la rebelión. El ciclo de las halagüeñas esperanzas se oscurece de súbito, y las sombras de un nuevo cautiverio, como lóbrega noche, amenazan cubrir la inmensa tumba, donde parece sepultada para siempre con el heroico esfuerzo la más noble aspiración de todo un pueblo […]. Para 1812 no era ni sombra de aquel risueño arbusto del 19 de abril, coronado de flores entreabiertas al sol de la esperanza: ni menos se asemejaba al soberbio gigante del 5 de julio, cargado de abundosos y sazonados frutos: apenas si era un tronco de solidez dudosa, protegido por escaso ramaje, falto de savia y amenazado de esterilidad. En tan cortos días los nobles promotores de la revolución habian envejecido, y sus propósitos heroicos, y sus conquistas, y los trofeos cuantiososos de sus primeras y ruidosas victorias, desaparecían entre la sombra de un ayer ya remoto, para las veleidades del presente […]. La capitulación de la Victoria fue la mortaja en que se envolvió para morir. La perfidia la recibió en su seno y la ahogó entre sus brazos. Miranda, la postrera esperanza délos independientes, sucumbe con la revolución y, eclipsado el astro, sobreviene la noche».

Y mientras el bardo de la independencia pintó a Miranda en sus horas bajas y saliendo del escenario con las tablas en la cabeza, mucho antes, en el primer tercio del siglo xix, dos autores se fijaron en su vida para saquearla a gusto para sus ficciones. Uno fue lord Byron, quien probablemente lo tomara como inspiración para su Don Juan, tal como señala Oscar Rodríguez Ortiz: «Hasta Rusia lo persigue el poder español […]. En lo que pudo ser un incidente diplomático, obtiene el favor de la zarina, ocasión de no pocas leyendas amorosas. Cruce de realidades y ficciones, el ficticio don Juan de lord Byron también viaja en el poema hasta estas tierras y se convierte en favorito de Catalina».

El otro autor, lo convirtió, cambiándole el nombre (cosa que a Miranda no le habría extrañado ni molestado, probablemente), en un personaje importante para su obra. Me refiero a Stendhal, quien en su Rojo y negro introduce al conde Altamira, amigo de Julien Sorel y un admirador más de la bella Matilde, «la señorita más hermosa de París». «¿Quién no conoce al pobre Altamira?», pregunta un personaje, y pareciera que estuviera preguntando por Miranda.

Es que la descripción encaja bastante con el «estereotipo Miranda», que alborotaría las imaginaciones de los narradores europeos:

«En una reunión jansenista conoció al conde de Altamira, hombre de talla gigantesca, condenado a muerte en su patria por liberal, y muy devoto. […] Si se exceptúa su deseo de dar a su patria el gobierno de las dos Cámaras, nada encontraba el joven conde digno de llamar su atención. Separose de Matilde, la mujer más hermosa del baile, porque vio entrar en los salones a un general peruano. Perdidas las esperanzas en Europa, tal como la había dejado Metternich, el pobre Altamira llegó a creer que, cuando los Estados de la América Meridional fuesen poderosos y fuertes, acaso devolverían a Europa la libertad que les proporcionara Mirabeau».

En los siglos xx y xxi la figura de Miranda ha corrido con mejor suerte, al menos en el número de apariciones. Sin ser abundante, la lista de obras de ficción sobre el precursor, o al menos en las que interviene, es significativa: «Tanto la narrativa como el teatro conceptualizan con rica diversidad la gesta emancipadora de Francisco de Miranda: Bolívar, el hombre crucificado, Mario H. Perico Ramírez (1976); La tragedia del Generalísimo, Denzil Romero (1987); Grand tour, Denzil Romero (1987); La entrega de Miranda o El maestro y el discípulo, Alejandro Lasser (1990); Pagadero al portador, Carlos Pérez Ariza (1997); Para seguir el vagavagar, Denzil Romero (1998); Los papeles de Miranda, Mario Szichman (2000); Bolívar y Josefina, Gladys Revilla Pérez (2000); La última batalla del Generalísimo, Edinson Pérez Cantor (2003); Las dos muertes del general Simón Bolívar, Mario Szichman (2004); La casa de Altagracia, Carlos Machado Allison (2004); La última muerte de Simón el Triste, Eduardo Casanova (2004); Miranda, el hijo del mulato, Ángel Miguel Rengifo (2006)».[i]

Al analizar todas estas obras, Lancelot Cowie concluye que el conjunto «pretende dibujar un prócer excelso, exteriorizando sólo los aspectos históricos trillados. La libre presentación de anécdotas y de ciertos aspectos de la vida del personaje se aparta de la historiografía. La recurrencia a la memoria del protagonista no se explota como recurso estructural porque apenas intercala algunos datos y las campañas del prócer. De así haber sido, los escritores hubieran indagado en la compleja psicología de Miranda para jaquear, una vez más, los sucesos históricos conocidos. Lamentablemente, la figura literaria de Miranda oscila entre recuerdos felices, tristezas y derrotas. Quizá lo magistral de esta figura sea su manifiesto estoicismo en el cautiverio, aferrado siempre a la esperanza de la libertad, sin gemir bajo el insoportable peso de los grillos. Lo irónico del destino del general es haber compartido la misma pérdida de la libertad sufrida en prisión por L’Ouverture y Bonaparte». Semejante apreciación tiene Violeta Rojo cuando analiza verdades y ficciones en la vida de Miranda y se pregunta: «¿Por qué una de las ficcionalizaciones sobre Miranda es la tragedia? Si bien es verdad que su vida es una sucesión impresionante de grandes éxitos y grandes fracasos, también lo es que su final es convenientemente trágico, ya que ayuda al mantenimiento como héroe de otra de nuestras figuras: Simón Bolívar».[ii]

Desde luego que los más conocidos de los textos aquí enumerados son las novelas de Denzil Romero, quizá el más importante autor que dedicara gran parte de su obra a la vida de Miranda. Sobre todo en La tragedia del generalísimo y Grand tour, que forman parte de un proyecto mayor sobre la vida del precursor, Romero se vuelca con toda su imaginación y fuerza narrativa. Son novelas que, hoy en día, resultan curiosas de leer, no sólo por el autor y su fama de «escandaloso» (lo marcará para siempre su novela erótica La esposa del doctor Thorne, sobre Manuela Sáenz), sino porque son el ejemplo perfecto de un tipo de literatura verbalista, ecléctica y sincrética que estuvo muy en boga en América Latina los últimos años setenta y primeros ochenta; son novelas que abordan la vida de Miranda con el mismo extenuante entusiasmo por contarlo todo que hallamos en novelas como Cristóbal nonato, de Carlos Fuentes, o Palinuro de México, de Fernando del Paso. El valor de las novelas de Denzil Romero es, pues, doble: al contar la vida de Miranda como lo hace, deja huella de un estilo en la historia de la literatura en español.

En estos últimos años, han aparecido dos novelas en España que se acercan a Miranda: Los sueños de un libertador, de Fermín Goñi, y La noche que Bolívar traicionó a Miranda, de J. J. Armas Marcelo. En la novela de Goñi, el autor nos narra, casi siempre desde el punto de vista del narrador omnisciente, la vida y afanes de Francisco de Miranda desde que abandona su Venezuela natal hasta su muerte en Cádiz. El autor emplea un estilo documental para narrarnos las vicisitudes del protagonista, y consigue que olvide uno que se trata de una novela. No obstante su ánimo documental, quizá a la manera de un Sciascia, el narrador nos ofrece un Miranda en blanco y un Miranda en gris: por un lado, valeroso, generoso, culto, idealista, leal; por el otro, nos habla de otro personaje muy distinto: putañero, caprichoso, déspota. De aquí sale un interesante contraste que hace que el lector reflexione a medida que avanza.

Por su parte, en la novela de Armas Marcelo, irreductible admirador de Miranda tanto como «distante crítico» de Bolívar, encontraremos las «leyendas» famosas del Precursor –la colección de vellos púbicos, los amores con Catalina, las lúdicas aventuras amorosas y el famoso bochinche–, pero es que estas leyendas también forman parte de la biografía del personaje. Cuando se miente sobre un personaje es cuando mejor se habla de él. ¿Cómo prescindir de la leyenda si ésta explica con más fuerza lo que una montaña de papeles no sabe decir?

La relación con Bolívar vertebra la novela: la difícil, hermosa, adictiva, telúrica relación entre dos hombres que eran iguales y tan diferentes. La noche que Bolívar traicionó a Miranda es una novela-vorágine que relata con ansiedad los momentos más críticos en las vidas de Miranda y Bolívar: la ansiedad de quien espera el final, pues la Sayona, la muerte, acompaña al narrador desde la primera página y no descansará hasta no acabar con los héroes que una vez fueron amigos pero que estaban destinados a anularse mutuamente.

La vida de Francisco de Miranda es un complejo entramado de viajes, amigos, amantes y planes políticos; el Archivo, el testimonio de que una vida «no cabe en un cuerpo solamente», parafraseando al poeta Eugenio Montejo. Y, aun así, es imposible saber qué ocurrió de verdad en cada momento. Sólo tenemos documentos y el retrato melancólico creado por Arturo Michelena; el resto es trabajo para la imaginación.

NOTAS
1 Un extracto de este artículo fue leído en la Casa de América, de Madrid, el 14 de julio de 2016, aniversario del fallecimiento de Miranda.
2 Archivo del General Miranda, Caracas, Editorial Sur-América, 1929, t. i, pp. 28 y 29. En adelante: Archivo.
3 Archivos, iii, 278.
4 Andrés, Ramón. Johann Sebastian Bach: los días, las ideas y los libros, Acantilado, Barcelona, 2005, p. 11.

5 Grases, Pedro. «La biblioteca de Francisco de Miranda», separata de la revista El Farol, n.º 217, Caracas, abril/mayo/junio de 1966, año xxvii, 12 p.
6 Cowie, Lancelot. «Imagen de Francisco de Miranda en la narrativa venezolana contemporánea», en Revista del cesla, n.º 11, 2008, Uniwersytet Warszawski,Varsovia, Polonia, pp. 79-92.
7 Rojo,Violeta. «Verdades y ficciones de Francisco de Miranda», en Revista de Literatura Hispanoamericana, 32(1996), Universidad del Zulia, 1996.

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