POR MARTA SANZ
La escritora española Gloria Fuertes. Fuente: wikicommons.

Democracia

Crecí con Un globo, dos globos, tres globos, y mi culturalismo adulto encuentra sus raíces en La mansión de los Plaff. La bola de cristal ya me pilló a una edad menos televisiva. Una edad más de calle. Lo digo sanamente. Con esa salud de la calle de la que ya no disfrutan ni las niñas precoces ni las adolescentes retardadas. Crecí con Un globo, dos globos, tres globos. Cada tarde. No sé si a las seis, pero por ahí andaría la cosa. Antes o después de los deberes. Mientras tanto. En aquellos tiempos, sin llegar al extremo de las multitareas actuales, también sabíamos hacer más de una cosa a la vez. Un globo, fracciones, dos globos, mordisco al bocadillo, tres globos, poner la oreja a la conversación de los mayores… Era una sintonía tan cotidiana que, como ahora decimos sin parar, la teníamos «normalizada».

La «normalización» puede ser un proceso maligno o benigno. Es maligno si normalizamos el discurso dominante. A saber: explotación, teoría del goteo económico, hegemonía blanca, machismo, heteronormatividad, colonialismo en cualquiera de sus modalidades. Es benigno si normalizamos la tabla de multiplicar, bellas canciones, la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Con Un globo, dos globos, tres globos estábamos normalizando, como sin sentir, sin necesidad de anestesia, el ángel de los números, aliteraciones, enumeraciones, realidad imaginativa, imaginación real, soniquetes que despiertan, ingenuidad asombrosa, curiosidad, lo que aprendemos jugando… Estábamos desarrollando una sensibilidad y una ética. Dejaba de ser un esfuerzo mirar el mundo con ojos que se apartaban del rezo diario en las escuelas nacionales y de la palmetada en la mano si te portabas mal. Nos apartábamos del perverso encanto de ser delatoras: «¡Conchita, como no te calles, te apunto en la pizarra y te pongo tres cruces!». Entrábamos en otra manera de entender la realidad. La poesía impregnaba lo real y lo transformaba. Pura ideología de esa transición española, llena de lluvias que traen lodos, pero también lugar de conquistas irrenunciables, en el que se cosieron los hilos de una resistencia antifranquista que también se fraguó desde territorios poéticos. Pocas poetas, además de Gloria Fuertes, lograron que una visión del mundo calara así en la historia. Pocas forjaron la sensibilidad de toda una generación que creció con su «Cada loco con su tema/ Cada tomo con su tapa./ Cada tipo con su tipa./Cada pito con su flauta». Éramos una sociedad joven, en ebullición y transformación, necesitábamos una poesía, lúdica y educativa, desacomplejada, para empezar a vivir en un país menos oscuro.

Popular

¿Conocen ustedes muchos poetas -muchas poetas, también- con semejantes poderes lingüísticos, poetas de los que a veces olvidamos hasta el nombre propio porque lo que se nos ha quedado dentro son sus palabras y parece que sus palabras han estado ahí acompañándonos toda la vida? «Recuerde el alma dormida», «Vivo sin vivir en mí», «En un lugar de la Mancha», «A mis soledades voy, de mis soledades vengo», «Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón», «La princesa está triste, qué tendrá la princesa», «Verde que te quiero verde»… Palabras, versos, que a veces han sido cantados y podrían salir del mecanismo de una cajita de música o escribirse en una agenda o en un calendario: «He publicado versos en todos los calendarios», escribe Fuertes en su «Autobiografía». También la cita clásica forma ya parte de nuestro ácido desoxirribonucleico. En un anuncio de internet veloz, un hombre corre en una cinta y se pregunta quién diría aquello de Mens sana, in corpore sano; la corredora de la cinta contigua responde rauda: «Décimo Publio Juvenal». Ella tiene el internet instantáneo que le permite poner apellido a palabras que ya forman parte de nuestro cuerpo. Un globo, dos globos, tres globos. Con Gloria Fuertes sucede exactamente eso. Y solo por eso ya habría merecido todos los premios Cervantes.

Pero nunca se lo concedieron. Quién sabe si por ser mujer o por ser bisexual o por ser lesbiana o por ser contradictoria o por fumar. O por un prejuicio exquisito hacia la literatura popular del que algunas veces, hoy, se hace dolor de corazón y propósito de enmienda incorporando lo comercial al canon. Pero sospecho que no podemos trabajar con esa idea de literatura popular. Me cuesta aquilatar el concepto y, sin embargo, sé que Gloria Fuertes era una escritora profundamente popular y que esa textura popular no desdice su condición simultánea de poeta exquisita. La posibilidad parodiable de la poesía de Fuertes es un síntoma de su grandeza. De su capacidad de arraigar y florecer en el imaginario colectivo. Millán Salcedo, de Martes y 13, con peluca, imita la voz rota de Gloria Fuertes para leer un «posible» poema «En USA no se usa la ensaladilla rusa». Ahora puede que ya sí.

El cuento y la cuenta

Los poemas de Gloria Fuertes me traen a la cabeza la voz de las jarchas y del romancero viejo. Una espontaneidad a la que le pondría todas las comillas del mundo, porque pasa por un hondo conocimiento de poesía y de poetas. Era generosa. Las mujeres que nombran son generosas. Ella nombra a poetas. Como en este fragmento de «Inesperada visita»:

Crespo Dumé Carriedo Carlos Edmundo
Pacheco Juan Iglesias Prudencio Carmen Conde,
Ramiro Oswaldo Jean y Conie, también Dulce María,
De Pablos Ontiveros Molina Gala Mariscal Nivaria,
Arroyo Leyva Nieva Los Murciano.
Puga Millán Santa María,
Pilar Paz Rebordao Pintó Pinillos Jaume,
Alarico Mario Ángel Atilano
Celaya Félix Casanova Cela Calatayud Cardona y otros.

Podríamos discutir si la generosidad y el sentido de comunidad -incluso el sentido común- merecen un Cervantes. Pero me gustaría creer que sí. Frente a la exclusividad, la condición de médium, lo órfico. No excluyo estas cualidades como rasgos que avalen una candidatura. Conviene, sin embargo, valorar también el impulso comunicativo, la raíz juglaresca, lo coloquial en la palabra literaria. O quizá Gloria Fuertes se excedió en campechanía y su campechanía tenía una textura diferente a la del emérito rey de España. No era una aristocrática campechanía de hombre blanco y mujeriego que habla idiomas y hace negocios. Fuertes estudió taquigrafía, mecanografía, higiene y puericultura. Más tarde, biblioteconomía. En todo caso, la enumeración de los visitantes a quienes su corazón acoge hospitalariamente sintetiza las tendencias más significativas de la poesía española de la segunda mitad del siglo XX: Carlos Edmundo de Ory y el postismo como último ismo de los ismos, movimiento neodadaísta y neosurrealista, juego, humorismo y sensorialidad; el realismo mágico de Ángel Crespo; Carmen Conde y su asalvajado «los pájaros no cantan para que los escuchen»; la poesía como arma cargada de futuro de Celaya. Esa poesía urgente conecta con la dimensión de Fuertes como poeta social que busca el tímpano de un receptor adulto. También conecta con una declaración: «antes de contar las sílabas, los poetas tienen que contar lo que pasa». Sin embargo, ella, pese a definirse como «poéticamente desescolarizada», también sabía contar las sílabas y conocía la importancia de la aliteración, el zeugma y la epanadiplosis. Contaba sílabas perfectamente. La poesía de Gloria Fuertes no puede ser más personal y, a la vez, estar más atenta a las cosas que pasan en el mundo y a las cosas que pasan en ese mundo de la poesía que también forma parte del mundo. La poesía de Fuertes, cuenta y cuento.

Autobiografía

Gloria Fuertes nació en Madrid
a los dos días de edad,
pues fue muy laborioso el parto de mi madre
que si se descuida muere por vivirme.
A los tres años ya sabía leer
y a los seis ya sabía mis labores.
Yo era buena y delgada,
alta y algo enferma.
A los nueve años me pilló un carro
y a los catorce me pilló la guerra;
A los quince se murió mi madre, se fue cuando más falta me hacía.
Aprendí a regatear en las tiendas
y a ir a los pueblos por zanahorias.
Por entonces empecé con los amores,
-no digo nombres-,
gracias a eso, pude sobrellevar
mi juventud de barrio.
Quise ir a la guerra, para pararla,
pero me detuvieron a mitad del camino.
Luego me salió una oficina,
donde trabajo como si fuera tonta,
-pero Dios y el botones saben que no lo soy-.
Escribo por las noches
y voy al campo mucho.
Todos los míos han muerto hace años
y estoy más sola que yo misma.
He publicado versos en todos los calendarios,
escribo en un periódico de niños,
y quiero comprarme a plazos una flor natural
como las que le dan a Pemán algunas veces.

Reproduzco «Autobiografía» íntegramente. Aquí se concentra mi admiración por la escritora de Lavapiés. Desde una perspectiva feminista en la que lo personal es político, me conmociona esa enunciación de las circunstancias de la vida -de las geografías de las escrituras que diría la poeta estadounidense Adrienne Rich- que se hace literatura a través del estilo literario. La asequibilidad de Gloria Fuertes es una decantada propuesta formal; como la austeridad que marca el proyecto autobiográfico de Annie Ernaux. Sin embargo, Fuertes es más ecléctica, tiene más registros y también sabe agitar sonajeros y campanitas, hacer tilines y tolones, tomarse menos en serio para recorrerse y mostrarse con total seriedad. En este poema, la selección de momentos que hacen de ella lo que ella ve de sí misma, lo que decide contar más allá del autoritarismo canónico con que se ha retratado no solo a las mujeres, sino también a las personas dedicadas al oficio de escribir, denotan una inteligencia artística y una sensibilidad extraordinarias: la poeta es su lugar de nacimiento y las complicaciones del parto de su madre; es una niña que aprende a leer precozmente y que enseguida ya está haciendo sus labores; una niña buena, alta y delgada, enferma, que con esta semblanza nos lleva sospechar que no comía bien; es una niña que sufre un accidente, y después es atropellada por el mayor de los carros, la guerra civil; es pacifista, huérfana, una superviviente que conoce el precio de las cosas porque no se puede permitir no conocerlo; una mujer enamoradiza que se aferra al amor; una mujer que trabaja en una oficina y parece tonta, pero no lo es, y sintoniza con quienes ocupan el rango inferior en la jerarquía oficinesca; es alguien que compra a plazos, va al campo y escribe por las noches; una mujer marcada por el duelo y por la soledad; y, sobre todo, es una escritora consciente de que las flores naturales las gana José María Pemán, poeta oficial del régimen. El autorretrato de todas las desventajas y las brechas sociales se dibuja sin hipérboles ni tremendismo y, sin embargo, es oscuro. La broma sobre Pemán nos saca de la negrura. Nos hace sonreír, pero queda la mácula, lo intencional, entre esa sonrisa sempiterna de Gloria Fuertes: la poesía está intervenida por los dueños de las palabras, por la dictadura, que pone el foco en sus adeptos y en sus cómplices, subrayando todas las desventajas de las mujeres enfermas pobres huérfanas trabajadoras literariamente autodidactas que escriben. Mujeres inteligentes y buenas, muy buenas, que aprietan con el doble de fuerza el lápiz para salir del silencio. Fuertes lo escribe sin truculencias y con pirueta final. Pero lo dice. Lo está diciendo. «Un globo, dos globos, tres globos,/ la luna es un globo que se me escapó./ Un globo, dos globos, tres globos,/ la tierra es un globo donde vivo yo». Tierra, vivo, yo. Las niñas de la tierra queremos ser tan altas como la luna, ay, ay.

Que, en una sociedad democrática, una poeta tan lúcida, tan moderna, tan situada en el borde y al filo de todas las brechas de la desigualdad, tan resistente, tan graciosa, tan profunda, tan nuestra, tan popular y tan culta, tan arraigada a la historia y a cada una de nuestras sentimentalidades, no haya sido reconocida con el premio Cervantes es cuanto menos sorprendente. Solicito desde las altas instancias de esta publicación la concesión inmediata de un Cervantes retroactivo. Y una disculpa formal.