POR RODRIGO FRESÁN
El escritor y cineasta español Gonzalo Suárez. Fuente: wikicommons.

Antes que nada: el molesta en el título de estas páginas se propone aquí como sinónimo de ataca, de perturba, de ajusticia, de desconcierta y, finalmente, de gratifica y de sorprende y de alegra. Así, otra vez, como siempre, Gonzalo Suárez (Oviedo, 1934) y su -en el sentido más amplio de la palabra- gracia ponen las cosas en su sitio ubicándose en su lugar. Y, al hacerlo, sacude el paisaje y obliga a una revisión de la historia oficial de la literatura no solo española sino también en español. En resumen: hay molestias que complacen y contentan sin que eso no signifique -y lo bien, lo muy bien que hacen- el dejar de incomodar al orden establecido.

Porque Suárez equivale desde sus inicios al más armónico desorden.

Polimorfo y perverso y bueno en todo lo que hizo: constructor de columnas periodísticas (bajo el alias de Martín Girard), director de películas excelentes-diferentes (como Epílogo o Remando al viento) y escritor de libros de ficción o no tanto (el clásico de clásicos Gorila en Hollywood y los más recientes La musa intrusa y El cementerio azul, donde desliza como al pasar un «El arte ignora a los artistas como el bosque al cazador») que parecen revolucionar el concepto de lo que es la mecánica de un cuento o el relato de una vida (la suya) y optar por pertenecer al género del gonzalosuarezismo.

¿Dónde colocarlo entonces? Fácil y complejo: en todas partes y antes que nadie y, en sus páginas, ecos anticipados de Richard Brautigan y de Haruki Murakami y de Thomas Pynchon y de Robert Coover y de Donald Barthelme y de Tom Wolfe y de Roberto Bolaño con la bendición explícita de Ray Bradbury (quien definió al Operación Doble Dos de Suárez como «el Fahrenheit-451 de la política-ficción») y Julio Cortázar quien destacó su humor como «hormona-fuerza» y lo catalogó así: «¿Escritor que hace cine, cineasta que regresa a la literatura? De cuando en cuando hay mariposas que se niegan a dejarse clavar en el cartón de las bibliografías y los catálogos, de cuando en cuando, también hay lectores o espectadores que siguen prefiriendo las mariposas vivas a las que duermen su triste sueño en  las cajas de cristal».

Y lo dijo Juan José Millás (me dijo Javier Cercas que Millás dijo alguna vez que Suárez llega siempre antes a todas partes y que, para cuando lo alcanzan los demás, Suárez ya se ha ido); y lo dijo Cercas (quien le dedicó un libro/tesis entero y patentó el aforismo de «Gonzalo Suárez es siempre el mismo porque es siempre distinto»); y lo dijo Eduardo Mendoza: «Siempre he sostenido que sus primeros relatos tuvieron un efecto sobre los jóvenes escritores al que todavía no se ha hecho justicia, aunque existen estudios serios que abonan esta tesis Dejémoslo así».

Así que por todo eso -privilegio y estigma de los pioneros para siempre- es que tal vez Suárez siempre ha estado solo y a solas. Pero tan bien acompañado de y por sí mismo.

Y de nuevo, lo de antes, sin embargo…

En cualquier caso, afortunadamente, la generosidad de la obra vital de Suárez es tal que no deja de ir (en su novena década en el planeta le siguen sobrando proyectos que no deja de sumar) y de volver a revolver a partir de reediciones y redescubrimientos.

Así, en una entrevista publicada en 2002 en Letras Libres que le hizo Daniel Gascón (uno de sus tantos posibles discípulos y, seguro, seguidor; al que podrían sumarse nombres como los de Antonio Orejudo, Laura Fernández, Manuel Jabois, Ray Loriga y Guillem Martínez y el aquí firmante) Suárez admitió la naturaleza espectral de todo lo mucho suyo publicado: «Quizá todos los libros son de fantasmas. Quizá en realidad todo lo que no es el aquí y ahora son fantasmas: no hace falta ir a los espacios siderales. Más allá de esta puerta, en el piso de abajo, esas personas que no vemos son fantasmas. Un paso más allá y ni siquiera tienen una referencia hipotéticamente tangible. Vete tú a saber si están o no están, si son o no son».

Están.

Y son.

Y de ahí que aquí se manifiesten dos de ellos dando muchos más que tres golpes con aire de Canterville-Beetlejuice. Y, claro, lo del principio: modales muy poltergeist que sacuden la mesa y patean el tablero y agitan cadenas y pasean sábanas por bibliotecas embrujadas.

La suela de mis zapatos (compendio de sus aventuras como Martín Girard por la Barcelona gauche y divine de los 60’s que ya había sido publicada por Seix Barral en 2006 y que ahora vuelve en Literatura Random House, con esa tan precisa como cariñosa presentación a cargo de Eduardo Mendoza) arranca deportivamente y se expande hacia todos los temas posibles. Y en su semblanza y recuerdo, Mendoza ya da en la clave del talento para la ubicuidad de Suárez: «Todo periodista es por definición un infiltrado. Basta ver las fotos que ilustran el libro para darse cuenta de la falsedad que encierra la sonrisa cándida de aquel jovenzuelo bien vestido y bien peinado que inspiraba ternura. Su insolencia era tan sutil que pasaba por alto a las personas orondas y desprevenidas que caían en sus manos. Durante años merodeó por una Barcelona a medio hacer y dejó una crónica lúcida de una realidad que él mismo iba creando a medida que la describía. Se ha dicho repetidamente que Gonzalo Suárez se adelantó al nuevo periodismo Sin duda es así, pero es evidente que él no lo sabía. Los grandes periodistas provienen de los márgenes más oscuros de la profesión: la crónica de tribunales, la crónica de sucesos, la crónica de guerra. Gonzalo Suárez provenía del periodismo deportivo, donde el periodista a menudo interviene en la crónica por pura necesidad de llenar un vacío. Luego trataba a los intelectuales y a los políticos a los que entrevistaba como si fueran boxeadores sonados. Esta hibridación lo convertía, aunque el término haya caído en desgracia, en un adelantado de la posmodernidad».

Pues eso: aquí, persiguiendo a otros, el alcance del propio Suárez sobre sí mismo, iluminando su sombra con abracadabrantes modales de ahora-lo-ves-ahora-no-lo-ves y ¡presto! Y, de paso, un virtual y virtuoso taller-periodístico acerca del cómo -explica Suárez lo de Girard- «actuar como contable de cosas que pasaban de verdad y se volvían de mentira al ser publicadas».

El caso de las cabezas cortadas (cómic dibujado y escrito por Suárez en París, en 1958 -su primer libro publicado llegaría recién cinco años después y su primer luz, cámara, ¡acción! en 1964y ahora debutando en la editorial Nórdica) abre con un prólogo de Cercas quien recuerda que «a caballo de la década de los ochenta y los noventa pasé dos años completos dedicado a estudiar la obra de Suárez, pero no tenía ni idea de que este libro existiera; más aún: no tenía ni idea de que, además de periodista, escritor, cineasta, actor y no sé cuántas cosas más, Suárez era un autor de cómics y un dibujante tan bueno como muestran las viñetas vagamente picassianas que integran este libro. Suárez ha cumplido noventa años y algunos lo consideramos el novelista y cineasta más joven de este país; pero la pregunta es otra: ¿cuándo dejará este hombre de sorprendernos?». De sorprendernos como sinónimo de molestarnos de la mejor manera posible, se entiende.

Y entender a El caso de las cabezas cortadas como otra variedad de anticipación de un adelantado profesional en serie. Algo que recuerda -pero que entonces prefiguró lo que puede leerse como una suerte de storyboard; «viñetas que dibujé noche tras noche y permanecieron ocultas año tras año, hasta que, gracias a Diego Moreno y su Nórdica, fueron descubiertas y publicadas sesenta y tantos años después por primera vez», precisa Suárez en un breve preámbulo al libro a film clásico francés de la pre/pos-guerra pero ya entonces contagiado por una trama que recuerda en algo a todo lo de Wes Anderson y que se puede seguir y erigir como a una de sus típicas escenografías de corte longitudinal resultando en un bien calefaccionado polar galo que hace gala de un cuasi patafísico sentido del humor donde comulgan Ionesco y Vian y el Maigret de Simenon. Un antecedente directo -delicadamente imbuido de un cierto romanticismo: en ese París, Suárez conoció a Hélène Girard, a quien le tomó prestado el apellido y se convirtió en su compañera para siempre- de los próximos y por venir De cuerpo presente (1963) y Trece veces trece (1964) que lo fundan como narrador diferente (Nota: toda la narrativa breve hasta el año de su edición, 2011, está reunida por Alfaguara en el monumental y monolítico Las fuentes del Nilo, voluminoso volumen imprescindible si se quiere entender que hay otros mundos en las letras ibéricas pero que están en éste).

«París era una fiesta», dijo Hemingway antes de pegarse un tiro… «En los parques públicos reinaba la paz y el amor. Aparentemente. O tampoco… En el cine, los centauros buenos de John Ford desplumaban a los indios malos y los pájaros de Alfred Hitchcock sobrevolaban nuestras cabezas, mientras la guillotina rebanaba cogotes», es lo primero que leemos y vemos en palabras y en dibujos en El caso de las cabezas cortadas. Y -entonces y allí y ahora y aquí, en perspectiva- ya se escribe y revela y proyecta todo el Gonzalo Suárez por teclear y estrenar y, claro, molestar.

Qué bueno que así haya sido, que así sea, que así siga siendo y haciendo y molestando.

Gracias por molestar.

La molestia es suya: el placer es nuestro.