Zygmunt Bauman sostiene que, ante semejante avalancha productiva, la de nuestro tiempo, no nos queda más remedio que emprender una suerte de cruzada por la calidad, señalando la excelencia. ¿Tendríamos que oponer la pertinente resistencia? El mercado ordena lo existente en función del número y la cantidad (el éxito, el espectáculo). El silencio crítico no parece buena idea. Sin embargo, pasa que asumir una función crítica hoy es percibido como negatividad, incluso cuando se trata de quienes sólo critican (para bien) lo excelente: la función del crítico respecto de la literatura es de negativo de ésta y, por lo tanto, ahora, en una sociedad tan positiva (publicitaria), «no mola». Se fomenta, pues, el mero reseñista –que sólo constata la existencia del libro reseñado, función de escaparate y, por lo tanto, mera publicidad–, pero el crítico que analiza y pone en contexto y valora positiva o negativamente se orilla por incómodo. Y mientras, sin embargo, ha empezado a «molar» un tipo de «crítico hipercrítico» que, como reacción a todo lo anteriormente dicho, asume el papel de la negatividad misma: un crítico dispuesto a humillar públicamente al escritor mejor pintado; un crítico trastornado o un trastorno de crítico. Negatividad exacerbada, arrogante y fustigante. Un crítico que se ha pasado al lado oscuro. El crítico Darth Vader.

 

Al efecto disgregador del mercado durante este boyante periodo de masiva reproducción de todo, hay que sumar el concurso connivente de las dos ideologías que se enfrentan en el presente: el neoliberalismo que pugna por una cada vez mayor libertad para hacerlo, primando la cantidad y, por lo tanto, dirigiéndose allí donde hay más público; y la izquierda recelosa de cualquier manifestación que pudiera ser «elitista», que, por lo tanto, recela de los productos de calidad elevada y se posiciona en favor de «lo popular», haciéndole el juego al mercado. Tiene gracia, mercado y antimercado a menudo coinciden, quieren lo mismo, fomentan lo igual, en una pinza mediocrizante. Y así, se diría, todo el mundo contribuye en la misma dirección, el mercado por interés económico y la izquierda social por convicción ideológica. El artista que trabaja duro para hacer algo excepcional está cada vez más solo. El mercado quiere lo asequible para vender y la izquierda ideológica quiere lo asequible para que no se excluya a nadie. Sin la fobia a lo culto de una parte significativa de la izquierda ideológica, el mercado no hubiese podido llegar tan lejos en su validación de lo no culto: la incultura.

Ya sé que dicen que la novela ha muerto. Tal vez por eso se escribe y se publica más novela que nunca. El problema es que apenas hay novelas que susciten un verdadero interés entre aquellos que buscan profundizar o cultivar nuevas experiencias. Cuando lees al azar 20 o 30 novedades de autores españoles –de entre aquellas que se lanzan al mercado como literatura y no como otra cosa– apenas encuentras una o dos que pudieran ser consideradas un trabajo novelístico excelente, incontestable, sólido. Faltan el riesgo y la profundidad y la universalidad y la belleza; o falta, simplemente, la literatura. No hay nuevas experiencias en la novela convencional, rara vez hay nuevas experiencias en la novela de hoy; por otro lado, cada vez se hace más una novela convencional para nichos de mercado. El nicho de mercado es eso, sobre todo, un nicho: reducido espacio en el que encofrarse, tumba. La literatura no es un nicho. La literatura, hay que recordar, ya estaba ahí cuando llegó el mercado. Hoy hablamos de literatura como si el valor número, cantidad, dinero, siempre hubiese dominado su producción e influido en su valoración. Pero la literatura tiene siglos de historia a.d. nuestro actual sistema económico. Si el mercado desapareciese (ya sé que hoy cuesta imaginarlo), la literatura seguiría ahí como estuvo antes. Desaparecerían los productos del mercado del libro, pero no la literatura. Eso es lo que marca la enorme diferencia entre literatura y todo lo demás. El mercado confunde, estorba, nos lo pone difícil, pero sus productos son lo primero que desaparece.

El prestigio literario, tradicionalmente, ha sido posible sin demasiada visibilidad, sin espectáculo, sin éxito tal como lo entendemos hoy. El escritor siempre tuvo que resistir: hoy tiene que resistir (especialmente) ante la posibilidad de vender, ante la posibilidad de escribir para vender. No se trata sólo de resistir en el sentido de sobrevivir mientras se escribe, sino de resistencia en la propia escritura. No obstante, resulta desagradable saber que el foco se pondrá sobre quien venda, quien gane, quien dé espectáculo, y que, en el mejor de los casos, quien consiga hacer algo de buena literatura aún no podrá saber si ésta habrá quedado igualada al resto de los productos, enterrada por éstos, y en la duda habrá de continuar a la espera del reconocimiento adecuado: el del campo literario que rescate lo suyo de ahí (porque, hay que ser claros, para eso no sirven los premios del mercado: el Alfaguara, el Planeta, el Primavera). La espera es lo de menos, lo peor es la duda que arroja el negocio, todo un órdago contra la resistencia del escritor.

Recibimos el testigo de una generación, la de Cela –y justo Cela habló siempre de la necesaria resistencia–, a la que le valió colaborar en un espectáculo de pedos: llamar la atención por lo que sea y, así, poder seguir escribiendo la mejor literatura. Y precisamente porque recogemos el testigo de aquellos a los que les valió eso, eso ya no nos vale.

Pero no se trata, aquí, en este artículo, de cantar que «cualquier tiempo pasado fue mejor» ni de moralizar. Para atrás no volveremos. Tratando de conservar (conservadoramente) lo que se encuentra en retirada, sólo conseguiremos, posiblemente, sufrir postreras humillaciones del actual orden, y aun contribuiríamos a la retirada de aquello que queremos que sobreviva. Tampoco se trata de posicionarnos contra el capitalismo, no en mi caso: si lo analizamos desde una postura de odio a lo existente, negando la totalidad, difícilmente podremos encontrar por dónde atacar problemas concretos y sólo cabría la espera de una situación apocalíptica, final, el hundimiento del capitalismo; y lo digo también porque demasiadas veces, al ejercer la crítica sobre aspectos indeseables del sistema en que vivimos, automáticamente, se piensa en una adhesión al comunismo, al anarquismo o al anticapitalismo, una forma muy eficaz cuando lo que se quiere es no tener que atender a la menor sanción y que el sistema continúe su camino indolentemente, como ponernos una venda.

Merece la pena subrayar la «ambivalencia» de todo, pues es lo contrario que dogmatizar.

La libertad de consumo conlleva una mediocrización masiva; la «igualación» de todo y todos conlleva también una mediocrización de la mayoría; la «democratización» de las oportunidades conlleva también una mediocrización de éstas, su vulgaridad. La mediocrización está dando en una novela de categoría «normal», ni buena ni mala. Cuando los escritores hablamos entre nosotros sobre libros, solemos tener tres referencias para categorizar las obras rápidamente: novela «mala», novela «buena» y novela «normal». La novela «normal» (además de ser lo esperado, la norma, lo común) es una novela que no está ni bien ni mal. Esto es, la novela normal, pues, decididamente no está bien. Hay que decirlo así, la novela que sólo es normalita no es una buena novela, coloquialmente está claro. Y es posiblemente la novela que nos da más rabia, más incluso que la rematadamente mala, pues la mala no suscita ningún problema de categorización.

Tal vez la mediocrización (palabro feo, y mejor así) no esté mal del todo, ya que tanto nos gusta y queremos y hasta ansiamos liberarnos, igualarnos y democratizarnos. Pero siempre es mejor quien, al menos, opone resistencia –por ejemplo, intentando escribir una buena novela (no otra cosa) en este tiempo en el que está bien visto escribir malas novelas–.

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