Una ley protege la calidad del cielo sobre los observatorios, que son reserva astronómica planetaria y sostienen el gran desafío tecnológico de su funcionamiento: «Ver los objetos más distantes y los más débiles del universo, desde galaxias lejanas recién nacidas hasta sistemas planetarios en estrellas de nuestros alrededores», como explica su propia descripción.

En Aridane quería vagar eternamente por sus callejuelas, aquí sé que nunca podré desprenderme de cuanto me rodea, porque ya mi mente es tuerca, vitrocerámica, número, signo, materia oscura, turbulencia atmosférica, salto, variación, intervalo, espectrógrafo, duración, pérdida, infrarrojo térmico y regreso, posibilidad. El observatorio me estaba esperando, he vivido sólo para llegar aquí.

 

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«Amor a la vida en su potencia dionisiaca, en su infinita expansión», así calificó Nicola Abbagnano la filosofía de Giordano Bruno, y, en la Enciclopedia filosófica, de Franco Volpi, se la reconoce como una nueva filosofía de la naturaleza en la que «el universo es todo lo que puede ser».

Desde finales de 1978, experiencias personales y viajes a grandes ciudades hacían surgir en mis apuntes el ardiente secreto de ir imaginando una novela. Por ejemplo, en Moscú, el 30 de septiembre del año siguiente, anoté: «Relaciono (¿para Percusión?) los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl —que vi mientras iba a Puebla— con los de Guatemala. Visión que también incluye el Ávila, el Guayamurí, de Margarita».

El título elegido (Percusión) me indica que el libro iba a tener como método oculto las ágiles, enigmáticas y prácticas concepciones de Bruno sobre la memoria. Y así fue. Recurriría al magnético dúo del recuerdo y el olvido (aunque éste no aparece en él), porque en Bruno hay una «infinita expansión» del pensamiento cuyos límites no existen, son también el universo. Expansión que yo no podría incluir en mi narración.

Un hombre joven huye de su ciudad y regresa cuando ha envejecido. Al hacerlo, el tiempo se devuelve y lo devuelve a la juventud. Durante la metamorfosis, las claves de su ignorada memoria son las del tiempo.

Quizá no fui consciente de eso por completo, pero allí concebí que se puede recorrer el espacio-tiempo hacia atrás y hacia adelante. Somos el lugar del universo, que es en nosotros. Nos integra en su materia, en su poder desde y para la imaginación, como parte del flujo donde el tiempo circula. Y ocurre en todos nosotros.

Ha dicho Ángel Cappelletti en el prólogo a su traducción de Sobre el infinito universo y los mundos: «Si se parte de la infinitud del universo, la consecuencia lógica parece ser la no existencia de Dios. ¿Qué ser sería, en efecto, el ser divino cuando el ser del universo no tiene límite y lo abarca todo? ¿Dónde podría estar Dios, cuando el universo ocupa todos los lugares pensables?». Y quizá no con esta claridad, pero algo así captó en el pensamiento de Bruno la Inquisición, cuando lo llevó a la hoguera en 1600, ante la negativa del filósofo de retractarse.

Los escritores y yo hemos venido hoy al Roque en las alturas de La Palma; estamos viendo la cúpula interna del gran telescopio mientras la voz de Bruno me lleva a los días en que redactaba Percusión. Y he venido de América como Colón se asomaría al delta del Orinoco y como, soñando con Copérnico, Bruno me traería al telescopio del Roque: estoy no sólo captando las ruedas del tiempo y la memoria, sino ante la huella visual, científica, que los astrofísicos detienen en sus conclusiones.

Como ellos, Bruno establece lo siguiente: «El ojo de nuestro sentido, sin ver un fin, es vencido por el inmenso espacio que se presenta y resulta confundido y superado por el número de las estrellas que se va multiplicando siempre más y más, de manera que deja indeterminado el sentido y obliga a la razón a añadir siempre espacio a espacio, región a región, mundo a mundo».

Por eso quizá Giordano Bruno gravite con ellos aquí en el gran telescopio y esté ahora en mi cabeza.


Caracas, octubre de 2018

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