Mafe Moscoso Rosero
Kotopaxi. Una fábula sci fi equinoccial
Ilustraciones José Luis Jácome Guerrero
Sudakasa Ediciones
100 páginas
POR MARTA SANZ

Cuando se lee un libro como el de Mafe Moscoso, hay que ubicarse, identificarse, para desubicarse y cuestionar la identidad después de haberlo leído. En el proceso de ubicación de quien lee, late una justificación. Yo formo parte de ese Hostal España sobre el que la autora ha reflexionado. Soy hospedante no sé si a mi pesar, heterosexual, septentrional, probable descendiente de judíos conversos y lejanas mujeres visigodas que llegaron de septentriones aún más lejanos, monógama, atea, roja, de extracción rural y urbana, clase más explotada que explotadora, universitaria, clase media mutante, letraherida, hoy escritora con ciertos privilegios y un sentimiento elegiaco respecto al mundo y a la literatura misma. No siento orgullo por nada más allá de mi curiosidad y mis aptitudes para la transformación y la empatía. Desde ahí, leo a Mafe Moscoso Rosero. Desde esa violencia que quiere transformarse en otra cosa. Leo Kotopaxi como una turista que visitó el Cotopaxi y, durmiendo una noche bajo las estrellas que aplastan el Chimborazo, sintió que nunca estaría más cerca de su estereotipo de lo extraterrestre. Ella escribe: «Soy la migrante invertida el helecho torcidito» y, cuando yo la leo, sé que no soy la migrante invertida, pero que, a mi modo, también soy helecho -tomillo del secarral- y, desde mis ortodoxias dominantes, torcidita estoy. Me alejan un montón de cosas de Mafe Moscoso y, sin embargo, la palabra nos coloca a la una al lado de la otra. Esa es la gracia de la literatura. Cuando escribo gracia, me refiero a un don y también a algo que mueve a risa. O a felicidad. Cada vez creo más en el din y el don de la literatura.

La palabra de Moscoso Rosero es un cable pelado y, con esa descarga de electricidad, la escritora se autorretrata desde ese lugar, poco nítido, donde lo que somos se aquilata solo en la historia, la geografía, el paisaje, el viaje, los territorios, las ciencias naturales. En las hermandades y luchas de frente que hacen que lo fluido deje fluir y se produzcan los giros de las revoluciones. Sin embargo, «Hemos llegado al final, pero/ en realidad es el principio, la continuidad». Las lectoras que no estamos explícitamente instruidas en el discurso cuyr podemos no entender esa lógica, podemos disentir, pero experimentamos el sobrecogimiento y la incertidumbre de un lenguaje, telúrico y eficiente, en el que cuaja la sangre viva y la sangre muerta que nos corre por las venas a los seres humanos en distintas proporciones según el lugar del mundo y el momento de la historia en los que nos tocó vivir. Barbaries, civilizaciones, percepción de las vergüenzas con nombres y apellidos: fascismo, policía, Europa… «… tengo vergüenza nacional», escribe ella y también: «hemos venido a desintegrar el fucking hechizo colonial». La voz de Kotopaxi es la de un ave, una herida y el vaticinio de la erupción. Me viene a la cabeza la palabra «orogénesis». La autora, con su palabra, se acerca al trauma de la herida abierta de quienes no pueden regresar y al mutismo de la herida que no se ve si el lenguaje no la desentierra. Me interesa esa capacidad desenterradora de la palabra poética que extrae el dolor de las capas geológicas y los estratos. El lenguaje desentierra y, a su vez, es desenterrado: «Una herida es muda, mija/ El lenguaje fue desenterrado». El lenguaje en la mejor poesía es un descubrimiento en sí. En Kotopaxi el sentido del oído es prioritario: «… Pero hay cosas sonoras que no se van/ Por ejemplo/ el océano». La poesía verbaliza y se convierte, sobre todo, en escucha atenta. Moscoso Rosero entronca con Sor Juana y llega a lectoras como yo que, conscientes del lugar desde el que leen, se empinan, a lo Ida Vitale, afinando su oído para captar el ruido y la música que le serían imperceptibles desde su ensimismamiento.

Es imprescindible aludir a las ilustraciones de José Luis Jácome Guerrero que le dan sentido a la inscripción de Kotopaxi dentro de la fábula sci fi equinoccial. El género del texto se define por su condición híbrida y por la especificación de las fibras que lo componen. Como el propio cuerpo. Las ilustraciones funden las formas del arte andino con la estructura del microchip -o qué se yo- avivando la hipótesis ufológica de que acaso el microchip ya formaba parte de las culturas andinas. Porque la maravillosa poesía de Moscoso Rosero conjura el fucking hechizo colonial con otra forma de conjuro: la de la extrañeza algorítmica y la repetición mágica.