Juan Villoro
El vértigo horizontal
Anagrama y Almadía, Barcelona, 2019
416 páginas, 20.90 €
POR JUAN ÁNGEL JURISTO

 

 

En cierta manera este libro dedicado a la ciudad donde nació era casi una cita obligada y, desde luego, esperada por todos aquellos que desde hace años siguen la obra de Juan Villoro (Ciudad de México, 1956). El vértigo horizontal —título que recoge en atinada metáfora la frase que pronunció Pierre Drieu La Rochelle cuando, invitado por Victoria Ocampo a la Argentina, contempló La Pampa por primera vez—, le ha servido además a Villoro para contraponer las acentuadas personalidades de la ciudad de México y la ciudad de Nueva York, a la que cabría calificar de «vértigo vertical» y de la que Ezra Pound dijo que de noche habían conseguido hacer descender las estrellas del cielo. Es, en efecto, el libro que Villoro, uno de los escritores más importantes de su generación en el mundo de lengua española, ha escrito como homenaje a su ciudad después de que ésta pasase del estatus de Distrito Federal al de Estado; y de cuya Constitución Villoro formó parte en el comité elegido para asesorar sobre aspectos ineludibles de la misma. Que las propuestas que defendió Villoro no apareciesen ni de lejos en la redacción final es parte también de la previsible personalidad de la inmensa urbe y así nos lo hace saber el autor en unas páginas llenas de humor e ironía, lo que no implica que obviemos la seriedad del caso, ya que como dice Villoro en una de las partes del libro, en México te asesinan llamándote de usted y casi como si te lo rogaran. Pero te asesinan.

Juan Villoro es conocido entre nosotros, sobre todo, como narrador y, de hecho, desde 1991 en que publica en Alfaguara su primera novela, El disparo de argón, su obra narrativa ha estado presente en editoriales españolas de forma regular. Así, Materia dispuesta, El testigo, novela con la que obtuvo el Premio Herralde y que permitió a Villoro desembarazarse de esa imagen que hasta entonces tenía de escritor para niños, género donde hasta ese año le había permitido ser más conocido, Llamadas de Amsterdam y, desde luego, Arrecife, una compleja novela policiaca a que sucumbí fascinado por la sabia disposición de los varios elementos que concurrían en la misma y que le otorgaban un equilibrio narrativo de feliz resolución. En esta novela, además, se reunían temas y obsesiones recurrentes en la obra de Villoro y que, como no podía ser de otra manera, retoma en El vértigo horizontal: la acción de la novela se ubica en un hotel, La Pirámide, en una degradada costa tropical mexicana que lleva como nombre Kukulcán y que, a todas luces, se parece bastante a la muy real ciudad de Cancún. Allí, rodeado de miseria, de ruinas mayas, y de componentes de una falsa guerrilla que tienen todo que ver con el narcotráfico, Tony Góngora se dedica a crear el ambiente musical para que la gente contemple los peces de un acuario. Este dato referente a la música es conveniente retenerlo porque explica en parte cierta atmósfera presente en el libro dedicado a Ciudad de México: Tony Góngora es componente del grupo musical Los Extraditables, una banda rockera muy en la línea de los años sesenta, década musical a la que Villoro dedica añoranzas varias y que, en esta novela, califica de años triunfantes de los «prófugos de la contracultura». Esta nostalgia dirigida a los grupos de rock determina, en gran parte, la suerte de los personajes presentes en la novela, como Ginger, un homosexual arponeado en la pecera, Leopoldo Támez, el guardia de seguridad que cojea y a quien le falta un dedo… y todo ello, ese desastre que se enmascara de continuo, para terminar en una constatación de terrible lucidez: el tercer mundo existe para que los blancos no se aburran. Me he extendido sobre el argumento de esta narración porque es sustancial a lo que trata Villoro en El vértigo horizontal, pero que en el libro sobre Ciudad de México adquiere visos de irrealidad plagada de contundentes imágenes surrealistas: así, la ironía con que Villoro retoma el dicho de Alfonso Reyes cuando calificó a la ciudad de «la región más transparente del aire» y que en la novela del mismo título de Carlos Fuentes se toma ya con cierta acidez pero sin llegar a la realidad que describe Villoro, la de una ciudad en la que gran parte del año no se ven las estrellas debido a la contaminación, y no sólo lumínica. Por contra, y esta constatación define en gran parte la personalidad ambigua y nada fácil de definir de la propia ciudad, la inmensidad de las luces que produce la propia ciudad en la noche semeja un cielo semejante al de arriba pero con su propio mapa, muy distinto al de la Vía Láctea pero, igualmente, con su coherente ley que no por desconocerla podemos negar que exista.

Hincha del Barça; jugador de fútbol en Los Pumas, de la UNAM; gran aficionado a la música rock (en la foto que acompaña la edición de El vértigo horizontal el autor ha querido ser acompañado por la silueta de un Jimi Hendrix con ribetes mexicanos); autor de la música de la película Vivir mata, de Nicolás Echevarría en colaboración con el grupo Café Tacuba; autor teatral, en que se estrenó cumplidos ya los cincuenta, en Desde Berlín, rinde tributo a la figura de Lou Reed; guionista de cine, en fin, afamado periodista en su país (mantiene en Reforma una columna desde hace muchos años cada viernes); Villoro es, sin embargo, muy crítico con los medios digitales porque supone con acierto que al ser idóneos para difundir mentiras, bulos, calumnias e irrealidades sin cuartel, no pueden servir para que en un mundo futuro lo que es el presente, al que pueden reducir a ser tan incomprensible para nuestros descendientes como el Código de Hammurabi.

Pues bien, todos estos elementos tan heterogéneos que conforman su personalidad, son parte integrante del damero narrativo en que está estructurado este libro sobre Ciudad de México. Al modo del Libro de los Pasajes, de Walter Benjamin, el damero de la ciudad donde se rastrean huellas secretas como si se tratase de un código por descubrir, al que se añade un modo de leer que recuerda los caminos aleatorios de Rayuela, de Julio Cortázar, El vértigo horizontal es, en el fondo, un inmenso puzle fragmentado en temas nunca acabados de resolver, donde Villoro da cuenta de los aspectos más conocidos de la ciudad al que se añaden, al modo de las capas de una cebolla, realidades cada vez más ocultas que, finalmente, conforman un destino que muchos tomarían como apocalíptico, sobre todo en los países donde habitan los blancos, diría Villoro, sin que éstos caigan en la cuenta de que en el fondo los mexicanos desean ese final porque, al fin y al cabo, en él se han instalado hace tiempo: la laguna desecada que finalmente se tragará la ciudad entera al modo de una maldición, la leyenda del origen de la ciudad con el águila comiéndose la serpiente, es decir, la lucha agónica de la tierra y el agua… y que afecta al modo mismo de la semántica del lenguaje. A este respecto, Juan Villoro se hace eco del anecdotario ya conocido del escritor venezolano Adriano González León en que da cuenta del estupor respecto a la comprensión del lenguaje que le produjo su primera visita a aquel México D. F.  de otros tiempos: desde el anuncio de la cerveza que pretendía ser la mejor de barril embotellada hasta el cartel de duros ribetes filosóficos que leyó cerca de la Catedral, «Materialistas: Prohibido estacionarse en lo absoluto» y que sólo quería decir, qué pena, que los camiones no realizaran labores de carga y descarga en ese sitio.

Con esa carga semántica a sus espaldas arranca el comienzo de este libro que tiene justa correspondencia con los demás aspectos de la ciudad. Juan Villoro, a pesar de que ha vivido en varios lugares dando clases, desde diversas universidades de Estados Unidos a Barcelona y Berlín, se considera un habitante genuino de Ciudad de México, lugar en que ha residido en muchos domicilios y en el que se ha implicado en el destino de la ciudad y sus habitantes: desde organizar labores de ayuda cuando el terremoto del 85 devastó buena parte del centro de la ciudad, a su labor de crítica en los medios de comunicación en que colabora pasando por ser uno de los fundadores de la creación de un partido socialdemócrata o, ya lo referimos antes, haber participado en la creación de algunos artículos de la Constitución del Estado de Ciudad de México.

El lector, así, bucea en aspectos insospechados de la ciudad, por ejemplo, en los artículos que venden los colmados, donde uno puede encontrarse con un ejemplar de Ser y tiempo, de Heidegger junto a unas figuras de belén hechas de barro y paja, y unas fajitas hechas con una carne que algunos bisbisean que son de perro sin que nunca haya sido demostrada tal cosa; por ejemplo, en los vestidos de justicieros que afloran en los barrios de la ciudad y, sobre todo, en los semáforos; por ejemplo, en los festivales donde se llega al paroxismo casi místico, sea incluso ésta una fiesta de ribetes anticlericales, como cuando se homenajea a su santo prócer Benito Juárez; ni que decir tiene, cuando acontece juntarse en honor de la Virgen de Guadalupe, y vaya usted a cuestionar que la imagen del cuadro que representa a la Virgen en el extremo inferior derecho sea el de Juan Diego; en fin, cuando se juntan para realizar danzas alrededor de las ruinas de la Gran Pirámide en el zócalo, magnífico ejemplo de arquitectura colonial y que en México se vive tamaña contradicción con la intensidad de una confrontación entre conquistadores e indígenas con la misma pasión que el combate entre el águila y la serpiente…

El libro, pues, se estructura en capítulos que dan cuenta de distintos aspectos de la ciudad, su modo poliédrico, pero donde Villoro ha tenido el acierto de introducir en todo momento partes de su vida, en una especie de autobiografía que se confunde con el destino de la ciudad. En este sentido, el libro es de un acierto muy próximo a la sabiduría narrativa de que ha hecho gala el autor en todas sus obras. Pero cuando un libro posee tantos prismas y donde se refractan colores que no parecen, a veces, del mismo espectro conviene dar cuenta de aquellos que más han gustado al lector. En mi caso hay dos capítulos especialmente recomendables y que, en el fondo, mueven a la solidaridad más genuina. Dice Villoro que el primer círculo del Infierno es el aislamiento, y en el caso de los niños de la calle, innumerables en la ciudad, ese requisito se cumple a rajatabla. Luego viene lo demás: prostitución, drogas… hasta acabar en la muerte. Villoro dedica un emotivo capítulo, que sortea cualquier fácil sentimentalismo, a estos niños fijándose en el caso de uno de ellos. Es un capítulo de alto periodismo y ejemplo de que escribir sobre un tema lleno de tópicos pero con la mirada puesta en lo que realmente se ve hace que, por milagro casi, la realidad se convierta en otra cosa, adquiera visos insospechados. En este caso Villoro introduce la inteligencia y el amor en un mundo que el exterior le niega casi por decreto.

El otro, claro, está dedicado al terremoto del 85, casi premonitorio del cacareado apocalipsis que reducirá a cenizas el sitio donde el águila y la serpiente compitieron. Es un capítulo donde símbolo y descripción física del acontecimiento se dan la mano felizmente. A notar el polvo que todo lo recubre… y lo oculta. El bello libro finaliza con esta bella metáfora.