Gabriel Bertotti
Pasar el rato
Sloper
313 páginas
POR PEDRO BOSQUED

Ni defrauda ni engaña el título del libro. Gabriel Bertotti, argentino del sur de la provincia de Buenos Aires (Bahía Blanca, 1963), entrega lo que en una lectura fácil podría pensarse que es un entretenimiento. A poco que uno lo tome con atención, se dará cuenta que es de todo menos justo eso.

Pasar el rato es adentrarse en los recuerdos e indicios de lo que es la cultura que no se degrada con el paso del tiempo. Con la amplia visión que tiene sobre el cine, no falta Kurosawa, ni Chaplin ni Linklater, por nombrar tres al azar. Y nada lo es para Bertotti que habla del Sergio Pitol que vivió poco pero marcó en Barcelona, de los eternos comentarios de Borges y Kodama con Bioy, cómo no. Hasta aquí si se quiere lo anecdótico o el anzuelo. Pero no hace falta cebo para valorar este texto. Escapa a tanto de lo convencional que en la no estructura clásica, anida su fuerza. En la implacable animadversión por el adjetivo vacuo y recargado.

Bertotti sabe siempre de lo que habla, y al saberlo, permite que descargue sobre el lector conciencia escondida u olvidada sobre lo que el autor narra. Solo por los que denomina ‘Los cuatro cuartetos’ ya puede uno sonreír al leerlo porque lo ha dejado prendado. Sí, eso es, cogió la prenda, o el lector puede pensar que mordió el cebo, pero cuando se sabe que no juega, porque se le nota el respeto por lo que hace, se entiende que ha cerrado la puerta del cuarto para ponerse a escribir. Con el respaldo de obras tan honestas como Margen cínico (2019), La aventura ausente (2010), vivir en Mallorca le puede hacer pasar por isleño, pero más parece un peninsular, en el sentido de que siempre parece que haya una legua de tierra que le impida siempre hacer agua. Y es así por lo que más agradece el buen lector, la seriedad en contar lo que es la añoranza por la sonrisa de Paul Newman mientras la conciencia del que luego sería Billy Wilder compraba un cuadro a un maltrecho pintor llamado Hitler. Pero este recuerdo anterior merece la pena borrarlo. Nada mejor que lo hagan las líneas del propio autor: «No seamos viejos patéticos que se disfrazan de adolescentes. No seamos pesados que viven de contar sus aventuras obligando a la gente a disimular un gesto de fastidio. No nos hundamos a cada palabra. Estamos obligados a la sabiduría. A hacer de nuestras vidas una obra de arte y un teorema. Aprender a morir es imposible si no aprendimos a vivir». Entre dos eternidades de tinieblas es el vivir, como dice en la contracubierta Nabokov. O la esencia de vivir, a la que se fija el amor: «Los que saben no te preguntan. Los que te aman te ahorran la explicación. Confían, tienen fe en tu amor y en la seriedad de tu compromiso. Primero contigo mismo. Luego con el otro. Sin esa aceptación básica, el verdadero amor es imposible. Son muy pocos los que han sabido cantarle al amor adulto». Y dice bien con lo de adulto, porque lo es este libro en su decir y en el meditar que genera. Es adulto, quizá demasiado, con la foto de la cubierta; Hemingway con fusil en ristre. Pero al fin y al cabo, la literatura puede ser cualquier metáfora, pero sabiendo que ha de traer alguna verdad. Y al lector, le trae Bertotti un carromato de esas, como los westerns de los que habla para recordarnos que el silencio no elimina el dolor, solo lo mitiga como buenamente puede. Buenamente lo hace este libro, trayendo a Mozart mientras de Idea Villariño no se sabe el porqué de su nombre de pila, salvo que sepamos los nombres del resto de hermanos. Y entonces elucubrar sobre lo que es de verdad pasar un rato o negar la intrascendencia de lo que se pasa de largo.

En la fisura que deja el sobreseimiento, viene Bertotti a contarnos que la vida también son todas las nimiedades que damos por vacuas. Y cuando el lector se da cuenta, percibe el verdadero valor de un autor ya muy placeado pero no asqueado de lo que importa. La moda pasa, el buen lector se detiene, el buen autor permanece. Como si lo bueno pudiese verse siempre de blanco en una bahía, en la isla balear que se lleva la palma si se quiere hacer reír o guiñar el ojo a Hemingway para que no dispare el rifle desde la cubierta, no solo de la del libro.