
Cynthia Rimsky
Clara y confusa
Anagrama
166 páginas
Clara y confusa no es una novela romántica. Clara y confusa no es una novela humorística. Clara y confusa no es una novela política. Es imposible clasificar la obra más reciente de Cynthia Rimsky en alguno de esos tres géneros porque los transita todos sin llegar a instalarse en ninguno. La de «literatura menor» es la única clasificación posible, la única etiqueta que habita el texto que ganó el Premio Herralde de Novela 2024 ex aequo con Los hechos de Key Biscayne, de Xita Rubert. Tiendo a rechazar esa etiqueta porque soy de la opinión que no existe literatura pequeña, pero me contradice una nutrida corriente de pensamiento que comienza con Kafka —según los filósofos franceses Gilles Deleuze y Félix Guattari— y se extiende más allá de la poeta y ensayista argentina Tamara Kamenszain, autora de Libros chiquitos —o más acá de su fallecimeinto en 2021, para ser más precisa—. Pero ninguna pequeñez es igual a otra y a continuación me propongo demostrar cómo Clara y confusa es, al mismo tiempo, una propuesta filosófica desde lo mínimo y una crítica en clave alegórica del lugar superfluo al que han sido relegadas las artes.
La novela cuenta la relación sentimental entre el plomero Salvador y Clara, una artista plástica que este conoce un día que va a tratar una «filtración fantasma» en casa de un cliente. También será «fantasma» ese noviazgo, que Rimsky narra en tres tiempos: Cinco años, cinco días y cinco horas. En la descripción que Salvador ofrece de Clara se impone desde las primeras páginas un sentimentalismo realista: «Frente a sus pinturas me pareció tan frágil… Era delgada, no fragil». Él encuentra en ella una persona que debe sobrevivir a la ausencia del púbico y de críticos en su exposición, a la indiferencia del centro y de sus colegas artistas así como a la congoja de tener que cerrar su propia muestra en un centro cultural de provincias, de esos que «convierten la cultura en un show liviano, infantil, destinado a un público masivo indiferente al arte» y terminan por ahuyentar a quienes sí están interesados en el arte. Así, Clara es más que la pareja del plomero: es el símbolo del estamento artístico, en especial si se la contrapone a la temible crítica Renata Walas, personificación de lo que allí es malo. Los personajes que rechazan someterse a grandes preguntas existenciales, a pesar de su esencia alegórica y la manera aparentemente superficial como están narradas las situaciones recuerdan las obras de Diamela Eltit y de Aurora Venturini. Un rasgo que equipara los estilos particulares de la autora chilena y la argentina es el uso de la ironía para, a través de la carcajada melancólica que esta produce en el lector, desenmascarar los vicios de la sociedad. Rimsky eleva este procedimiento al virtuosismo.
Es inevitable pensar que en el enamoramiento medio platónico de Salvador hay una metáfora de la única relación posible que podemos establecer con el arte: la incompresión. «Confieso que no entendí lo que pretendía hacer, y ella tampoco me dio explicaciones acerca del juego de cubiertos incompleto que había desplegado en uno de los mesones», cuenta el narrador protagonista: «Los cubiertos estaban guardados en un armario lleno de cajas que tenía en el comedor, donde guardaba la loza y otros objetos decorativos de su época de casada». La reflexión viene una página después de que concluya que el trabajo artístico de Clara consiste en ordenar —trabajo que, por el otro lado, no es muy distinto al de arreglar tuberías—, y una página antes de que Salvador se queje de las restricciones que la novia le impone, como no permitirle entrar a su taller o abstenerse de las relaciones sexuales.
Las restricciones lo llenan de inseguridad, pero no lo suficiente como para hacerle desistir. Salvador es en esta relación un poco como Ovidio con las filtraciones fantasmas. A quien fue su mentor no le importaba ir varias veces a una casa para descubrir por dónde pasaba el agua y si los sonidos que los dueños decían oír eran en realidad de tuberías, aunque la pared no mostrara síntomas de humedad; a Salvador no el importa mantenerse al lado de Clara, aunque sospecha que no lo quiere. Igual que Ovidio convencía a los clientes de que era más barato hacerse un tratamiento en los oídos para dejar de percibir los sonidos de la supuesta filtración que «entrar a picar paredes», Salvador asume que amar a Clara es adorar su arte, aunque ella no le corresponda.
Hasta aquí no parece haber nada pequeño, ¿verdad? El arte, el amor, grandes temas, ¿no? El detalle es que todo esto se narra en una disparatada sucesion de aventurillas que comienza con el alquiler de un ataúd y una investigación sobre la corrupción del gremio de plomeros la cual, a su vez, lleva al robo de un Porsche, que terminará en la fiesta popular del pastelito, en donde los mundos del arte y la plomería colisionan. Son estas aventurillas, y el desparpajo con que las vive el protagonista, los mayores aciertos de la novela.
La mayor literatura menor
Desde tiempos de Aristófanes, el humor es la quintaesencia de la literatura menor debido a su vinculación con lo popular. Los primeros textos apelaron al recorrido por los bajos fondos para causar risa. Aquellos desplazamientos revelaban las deficiencias de la sociedad y los defectos de las inequidades, que eran percibidas con escándalo por las inteligencias críticas y, gracias al poder del símbolo que convierte lo concreto en abstracto, se podían expresar en discursos que apelaran a lo universal —esto explica la vigencia de la comedia griega hasta hoy—. En el humor se fusiona el lenguaje no verbal de la risa con el discurso, para revelar las verdades del mundo en forma de caricatura. Así es el humor en las obras de Rimsky. Un ejemplo es Yomurí, su primera novela enteramente de ficción, que Random House publicó en 2023; allí, la trama delirante narra el periplo que hace una mujer para encontrar a una media hermana perdida, con el objeto de convencer al padre de mudarse a un hogar de ancianos: realidad y fantasía se entremezclan en ese libro para decir algo sobre las relaciones familiares, igual que en Clara y confusa, una relación amorosa es la excusa para hablar de un tema abstracto como el arte.
La historia de Salvador y Clara es literatura menor en un sentido mayor. Kafka: por una literatura menor es el título del ensayo que Deleuze y Guattari publicaron en 1975, en donde analizan las condiciones revolucionarias en que escribió —en alemán— el autor judío de Praga. Allí explican que los tres rasgos que definen a la literatura menor son la desterritorialización del lenguaje, la inmediata conexión de lo individual con lo político y lo colectivo como dispositivo de enunciación. En las obras de Rimsky se cumplen los primeros dos de esos tres rasgos.
La desterritorialización del lenguaje en la autora chilena es consecuencia de su decisión de alejarse de los centros de poder. Hace más de una década, decidió cruzar la Coordillera de los Andes y radicarse en Azcúenaga, un pueblo campestre cerca de Buenos Aires, ciudad a donde va al menos una vez a la semana para dar clases. Como Kafka que escribía con la consciencia de que el alemán no era el idioma de los polacos, Rimsky escribe a sabiendas de que su castellano es extranjero en Argentina, un importante centro de producción literaria —pero tan periférico como el resto de Sudamérica, si se le compara con los centros editoriales que son Barcelona o Madrid—. Tal rasgo biográfico se expresa en su obra en forma de textos híbridos construídos a partir de detalles, los cuales interviene con fotografías, imágenes, oraciones en medio de la página, como ha hecho en sus ocho libros publicados hasta la fecha, desde el primero, de 2001, Poste restante: a ratos un diario de viaje y otros crónica periodística, allí incorpora citas y elementos gráficos. Y lo hace también en Clara y confusa, donde el viaje en Porsche se interrumpe por una imagen de la receta de los pastelitos de dulce o imprecaciones a San Lucas.
Es posible hacer una lectura política del contenido simbólico de la novela, donde las filtraciones fantasmas apuntan al amor no correspondido de Salvador —nombre, por cierto, de evidente connotación alegórica— y ese sentimiento platónico representa a su vez la relación de los públicos y las personas con las manifestaciones artísticas. Me aventuro a formularla en forma de pregunta: ahora que hemos sobrevivido al quiebre de los grandes relatos, ¿por qué le pedimos al arte —o al amor, ya que estamos— un discurso coherente? ¿Para qué queremos comprender? A estas alturas, ¿de qué nos serviría? Ante la obsesión contemporánea por las soluciones fáciles y tranquilizadoras que atentan contra la libertad de las artes, que es la misma libertad de pensamiento, Clara y confusa propone una vuelta a una ficción donde se puedan encontrar otros métodos posibles; quizá si se cambia cómo miramos el mundo, se pueda cambiar también la forma de reflexionar sobre sus problemas y, por fin, darles soluciones novedosas y, ojalá, definitivas. Si «un copo de nieve nunca cae en un lugar equivocado», como se nos repite en la novela, ¿por qué vivimos en el afán de mover copos de nieve? ¿Por qué queremos que todas las cosas tengan un sentido utilitario?