Tomemos el ejemplo de la célula. Las células del cuerpo humano se encuentran en constante renovación, los glóbulos rojos viven cuatro meses, las células de la piel o las que cubren el estómago, un par de semanas. Hay células del intestino, con una vida difícil, que sólo duran cinco días. Al parecer, renovamos completamente las células cada diez años (lo que no impide que sigamos situando la sede de la identidad en el cuerpo). La edad media de las células de un cuerpo adulto está entre siete y diez años. Pero hay quienes necesitan desesperadamente un asidero material y lo han encontrado en las neuronas de la corteza cerebral, que según algunos científicos subsistirían hasta la muerte, aunque el asunto no está cerrado y es motivo de fuertes controversias. Aunque prevalece la no regeneración, no hay dogma todavía, pues recientemente investigadores de la Universidad de Princeton han encontrado neuronas «nuevas» en la corteza cerebral. Neuronas del día (como el pan) sugiriendo que los recuerdos cotidianos se registran con neuronas creadas ese mismo día. También ha sido cuestionada la idea tradicional de que el corazón no fabrica nuevas células musculares después del nacimiento. Hoy sabemos que el corazón produce nuevas células, aunque desconocemos el índice de renovación. La pregunta crucial ahora es por qué las células madre, fuente de nuevas células en todos los tejidos, acaban perdiendo su capacidad de dividirse. Frente al curso natural de las cosas, que asumen su renovación, se erige la célula cancerígena, que es aquella que no quiere morir. Su miedo y empecinamiento acaba matando al organismo que las acoge (algún ingenuo biólogo sostiene que son inmortales, como si no necesitaran un paisaje, un cuerpo, un planeta o un sol, que sabemos efímeros). El hecho es que no quieren morir y esa testarudez acaba con sus hermanas.
La muerte sigue siendo el gran fracaso del pensamiento moderno, que la trata como una apestada. Se considera de mal gusto hablar de la muerte, cuando no una impertinencia. Subsiste la angustia de la nada, el miedo ancestral a desparecer, y esos miedos crean esas criaturas espantosas que aparecen en los mitos, las leyendas y las pesadillas. Hoy el único contacto con la muerte es la ansiedad. El rito de la muerte, cuyo único oficiante es el moribundo, ha desaparecido prácticamente. El moribundo ha perdido su capacidad agente, ahora es enfermo y se despacha burocráticamente en los hospitales entre secretos (se silencia la muerte al implicado), tratamientos con morfina y entubamientos.
Frente a esa obcecación moderna, frente a esa fe materialista que afirma que la muerte es el fin de todo y que más allá no hay nada, saber que no se sabe sigue siendo la mejor respuesta. Los pueblos indígenas aceptan la muerte con una dignidad y naturalidad bien diferentes (basta leer Law of Life, de Jack London, para hacerse una idea). Tanto la Bhagavadgita hindú como el Bardo thödol tibetano sostienen que la muerte es una experiencia psíquica de transformación que cada cual deberá llevar a cabo en su momento, pues forma parte de nuestra educación. También sostienen que nada de lo que ocurre en la mente se pierde, nada sucumbe a un completo olvido. Todo queda velado pues lo mental, la experiencia misma de la conciencia, es inmortal. La mente actúa independientemente del cerebro y la psique sigue su curso ajena al destino final del cuerpo, que es la descomposición. El Bardo thödol expone una técnica de liberación por el oído durante el estado intermedio. Un método para guiar al difunto a través del laberinto de visiones arquetípicas que salen a su encuentro, presencias demoníacas o beatíficas y que son una creación de la propia psique del implicado. Hay seis de estos «estados intermedios» (los sufíes lo llaman barzaj), que son pura proyección de la psique sustraída de las leyes del espacio y el tiempo: el sueño, la meditación profunda, el estado intrauterino, el umbral de la muerte, el momento antes de nacer y el desfile de ilusiones kármicas del bardo). En todo este espectáculo de visiones, las deleitables y las horripilantes, no hay ninguna que sea extrínseca a la propia persona y ajena a su alma y ninguna que pueda separarse de la experiencia del vivir. Como afirma Henry Corbin, su esencia es más sólida que las formas materiales de nuestro mundo, una idea en la que coinciden tanto el budismo de la escuela de Vasubandhu como el sufismo de Ibn Arabí.
La muerte puede verse como el gran invento de la naturaleza. Escenifica y actualiza esa renovación continua que constituye la esencia de lo natural, esa magia entre el olvido y la continuidad. Abortar la muerte supone cercenar la naturaleza, atrofiarla, amordazarla. Para el budismo, por ejemplo, la muerte no es un mero cambio de túnica, es una renovación radical de un yo que está siempre haciéndose, de una identidad transitiva. Con la descomposición del cuerpo físico no se pierde todo, en el camino queda un cuerpo gastado, pero sobrevive una orientación general del ser, un conjunto de inclinaciones, una intencionalidad profunda. Este planteamiento evita lo que Borges llamaba el hartazgo del yo. Ser eternamente Borges era para él la peor de las pesadillas. Ahora bien, si existiera la posibilidad «de ser inmortal en otra situación, y con el olvido total de haber sido Borges, pues bien, entonces acepto la inmortalidad. Pero no sé si tengo derecho a decir acepto». La cita reconoce que el problema de la muerte acaba siendo el problema del yo. Nos hemos cogido cariño y nos cuesta dejarnos. Para quienes mediante el esfuerzo se han labrado un nombre y una personalidad, sacrificar el yo para superar la muerte resulta demasiado caro. Ha costado demasiado trabajo, son tantos los años de convivencia, que ya no se contempla como posibilidad deshacerse de ese yo, de ser radicalmente otro (aunque conservando cierta orientación). El apego a la personalidad suele ser más fuerte que cualquier otro. La generosidad que propone este planteamiento es, inevitablemente, desprendida. Es otro el que hereda nuestras inclinaciones, es el carácter de otro al que estamos dando forma ahora, en esta vida. Ese otro es nuestro hijo legítimo y no el sanguíneo. De este modo el ímpetu de la voluntad traspasa la frontera de la muerte física. La muerte, así entendida, supone una renovación radical del yo. Tiene dos ventajas: nada de lo que hagamos se pierde y fomenta una generosidad anónima. Otro heredará nuestros logros, pero no conocerá a quien le deja esa valiosa herencia. Y así, de sucesión en sucesión, se va haciendo camino hacia lo que ellos llaman el despertar.
Estas cosmovisiones antiguas, puestas en práctica, hacen la vida más jugosa, afectiva y emocionante. En cierto sentido evocan la excitación con la que renacentistas y románticos (dos movimientos que los historiadores han dado por fracasados) descubrían las revelaciones de la Grecia clásica o los manuscritos llegados de Egipto o Macedonia. Hay que insistir en que no se trata de una pose, es posible ver el mundo en términos del budismo antiguo, el samkhya o el sufismo. Desperdigados por el mundo, todavía se pueden encontrar unos cuantos pitagóricos y neoplatónicos. No se trata de desmentir la modernidad o ignorar las ciencias, sino de cultivar cierta falta de entusiasmo respecto a los avances del laboratorio ajeno (generalmente, en poder de las grandes corporaciones), sino de observar cuidadosamente cómo hemos llegado hasta aquí y qué pueden aportar las ciencias a la cultura mental. Quienes carecen de interés por la dialéctica o los algoritmos, quienes descreen que alguna nueva teoría del todo pueda sacarnos las castañas del fuego, saben que un avión puede ser la prisión definitiva, pero se montan sin dudarlo en ellos. Respetan el pasado, pero carecen de la nostalgia de una época dorada. Consideran que una elevada preparación literaria es siempre superior a la algebraica o geométrica, que se puede aprender más de la naturaleza humana leyendo a Cicerón que con todos los instrumentos de un laboratorio clínico (la sensibilidad literaria es más útil para la datación de las ideas que los isótopos del carbono), que hay más verdad en las confesiones de Agustín de Hipona o de Rousseau que en la tabla periódica, la gravitación universal o el software más sofisticado.
La práctica científica, el ejercicio continuo de la objetividad, acaba provocando cierta artritis respecto a algunas emociones como la simpatía o la evocación. Hace olvidar que conocer es recordar, que, con más frecuencia de lo que se cree, ya hemos vivido esta misma situación. La barbarie tecnológica tiende a ser ruidosa, a arrinconar el silencio y la contemplación. Pero subsiste, en cada ciudadano, una tradición subterránea que prefiere la espera a lo inmediato, saber que va a morir a estar ya muerto y esperar las instrucciones sobre cómo no hacerlo. Un nuevo humanismo que desconfía de todo lo que suene a abstracto o automático, interesado en la literatura y las artes, para el que la modernidad tecnológica es rudimentaria en el sentido en que lo eran los bárbaros que acechaban la Hélade, que habían perdido el sentido de ese romance con lo divino que es la vida humana.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]