Jorge Eduardo Benavides
El asesinato de Laura Olivo
XIX Premio Unicaja de Novela Fernando Quiñones
Alianza Editorial, Madrid, 2018
328 páginas, 18.00 € (ebook 12.98 €)
POR JUAN ÁNGEL JURISTO

 

Jorge Eduardo Benavides (Arequipa, Perú, 1964) es uno de los escritores peruanos más prestigiosos de la generación que se dio a conocer a caballo entre dos siglos, aunque hayan desarrollado lo mejor de su obra en éste. Benavides, por ejemplo, comenzó a escribir en la década de los ochenta, en una época crucial de la historia política peruana, y ese hecho ha marcado parte de su obra cuentística, sin ir más lejos, Cuentario y otros relatos o La noche de Morgana, donde, por los títulos, se adivina el autor que lo fascinaba por aquel entonces, Julio Cortázar, de quien se empapó de la concepción fantástica de los relatos mejor elaborados del escritor argentino. Sin embargo, fue con la novela Los años inútiles, publicada en 2002, cuando la obra de Jorge Eduardo Benavides comienza a tenerse en cuenta. La narración está ambientada en los años del Gobierno de Alan García, una época que es recurrente en nuestro autor, un periodo difícil porque a la corrupción enorme se unió la incapacidad de un Gobierno indiferente, que se agravó con una dura crisis económica y una ofensiva intensa del terrorismo guerrillero. Luego vinieron otras novelas; así, El año que rompí contigo y Un millón de soles, a las que siguieron La paz de los vencidos y Un asunto sentimental.

Finalista de premios tan prestigiosos como el Rómulo Gallegos en el 2003, fue con El enigma del convento cuando Benavides alcanzó su madurez como escritor, la novela ganó el XXV Premio Torrente Ballester de Narrativa, y ahora, finalmente, con esta su última novela, El asesinato de Laura Olivo, se le ha concedido el XIX Premio Unicaja de Novela Fernando Quiñones, un libro que representa la irrupción del autor en el thriller con un detective cargado de encanto, algo nada fácil de conseguir en un género que se muestra muy competitivo en crear personajes dotados de cierta fascinación para enganchar al lector. En este sentido, podemos decir que el Colorado Larrazabal, detective peruano, de padre vasco y madre negra, es un hallazgo del que el autor, suponemos, dará buena cuenta en entregas posteriores, ya que sus rasgos, muy acabados y dotados de cierta particularidad emotiva, poseen la gracia que hace años hizo que nos entregáramos sin pensárnoslo dos veces a las cuitas del detective Carvalho, esa creación afortunada de Manuel Vázquez Montalbán.

La obra de Jorge Eduardo Benavides es tremendamente personal, pero es deudora, al modo de un sfumato, de la tendencia fantástica en la obra cuentística del mejor Cortázar y, desde luego, de la manera de trabajar y de la idea de incurrir en todos los géneros posibles de su paisano Mario Vargas Llosa. Cuando me refiero al modo de trabajo de Vargas Llosa, no estoy hablando de esa disciplina propia de cadete que le hace escribir indefectiblemente varias horas al día, pase lo que pase, sino a aquello que el autor de Conversación en La Catedral comparte con autores como Gustave Flaubert, en gran parte, el maestro en que Vargas Llosa se mira, respecto a la forma de escribir una novela, estudiándola e informándose todo lo posible sobre la época en que está ambientada la obra, afortunada concepción que Stendhal hace estallar en añicos en La cartuja de Parma; y, sin duda, en la deliberada fuerza de voluntad a la hora de ejercer el oficio, cosa que a Vargas Llosa siempre le fascinó de Flaubert y a la que llega a achacar la fortuna de gran parte de la calidad de su narrativa, quizá sin caer en la cuenta de que al autor de La educación sentimental le sobraba el talento, estado que no produce ningún ejercicio voluntarioso.

Digo esto porque, cuando leí El enigma del convento, me sorprendió la cantidad enorme y ajustada de información que utilizaba el autor. En ella Benavides incurre en el género histórico y lo realiza con gran habilidad, pues una de las características de éste cuando escribe novela de género es que procura cumplir con el canon del mismo, aunque le da un giro inesperado, artificio que utiliza en esta novela, pero que ofrece resultados espectaculares en El asesinato de Laura Olivo. En El enigma del convento, por ejemplo, destaca lo atinado de la recreación de la época de Fernando VII, de los años de la independencia de las colonias americanas, de cuyas circunstancias el español medio no conoce ni tan siquiera lo elemental y que la lectura de este título puede ayudar a paliar esa carencia, e, igualmente, lo ajustado de la recreación de Rafael del Riego. Sin embargo, la novela, pese a cumplir con creces, incluso de manera demasiado respetuosa, con las directrices del canon del género, posee algo que la diferencia de muchas, quizá demasiadas, que se publican con profusión, y es el ligero cambio de visión con que el autor retoma el género, cambio que hace que sus novelas sean originales.

Eso está presente en su última novela, El asesinato de Laura Olivo. Desde luego, se lee el libro con la complacencia que otorga el saber que cumple con los requisitos del género, ya que el autor conoce una de las condiciones esenciales del thriller, el que al lector impenitente del mismo le gusta que la narración se ajuste a unas normas que él conoce de antemano, en ese sentido, le sucede lo que al degustador de series de televisión, pero, sorpresa, resulta que la novela trata, en realidad, de la literatura como engendradora de asesinatos, la literatura como disparadero criminal y, entonces, se convierte en otra cosa, en metáfora del oficio. En unas frases contundentes el autor nos introduce en el intríngulis del asunto: «Los pelmas eran sobre todo los escritores, con los que Laura llevaba una relación ambigua y perniciosa, porque despreciaba en muchos de ellos su vanidad, su pueril sentimiento de superioridad y al mismo tiempo le sacaba de quicio que en el fondo fueran tan inseguros y timoratos. “Es como si siguieran siendo niños”, solía decir, y remataba su frase con una sonrisa malévola: “Unos niños envejecidos y decrépitos, que sólo han mantenido de la infancia lo peor de ella, la insensatez, el egoísmo y el capricho”».

Parecería la opinión despechada de la novia de algún autor famoso, aunque se trata casi de algo peor, es la opinión de una agente literaria, Laura Olivo, que conoce a los escritores mejor que sus esposas. Tengo para mí que Jorge Eduardo Benavides se lo ha pasado muy bien, algo que no le sucedía a Flaubert, escribiendo El asesinato de Laura Olivo, casi como el lector avisado, que llega incluso a la hilaridad, porque el libro está lleno de guiños literarios, algunos de ellos muy justos en sus juicios, todos llenos de un humor maravilloso que redime a la novela. Así, cuando el autor se refiere al boom, cómo no, hace que Colorado Larrazabal, que escucha con fruición suicida las Variaciones Goldberg, de Johann Sebastian Bach, se refiera a una novela de García Márquez como El patriarca del otoño: «Y se mencionaba a Vargas Llosa, pero también a su compatriota Alfredo Bryce Echenique, al mexicano Carlos Fuentes, a los chilenos Jorge Edwards y José Donoso, al ecuatoriano Marcelo Chiriboga, de quien se decía que tenía una magnífica novela inédita inencontrable, y al colombiano García Márquez. Aunque de los otros no había oído hablar, a este último sí lo había leído Larrazabal… El patriarca del otoño, se llamaba aquella novela, si mal no recordaba».

La cosa llega a extremos casi de documento cuando el autor se refiere a Jorge Edwards, autor al que admira, en especial, su novela La última hermana, que no deja de recomendar en cuanto tiene ocasión. No ya que el tal Álvarez del Hierro hubiese plagiado una novela de Edwards, que da ocasión a cierto clímax, sino que, en uno de los capítulos más emotivos del libro, Larrazabal, junto con su novia Fátima y sus amigas, van a escuchar una conferencia de Jorge Edwards en Casa de América: «Quizá era como el mejor Vargas Llosa, afirmó Marta, y la otra que no, era mucho mejor, quizá sólo comparable al gran Chiriboga, de quien se decía que tenía una novela fabulosa e inédita…». Este modo casi documental y cómplice de escribir se compensa con la invención de Marcelo Chiriboga, el escritor secreto del boom, un autor que parece ser el verdadero cerebro del movimiento y que adquiere aires legendarios, tanto que entra en el terreno del mito, del mito aliado a la ironía…; para mí es una de las invenciones más logradas de esta narración llena de complicidades.

La literatura mata y mata a agentes literarios… Como se trata de un thriller, me van a permitir que no desvele mucho la trama. A Larrazabal no le interesan tampoco gran cosa los escritores, prefiere quedarse con las Variaciones Goldberg, pero entra en ese mundillo porque su casera, una señora que va para nonagenaria, le pide por favor —Larrazabal ve ahí una oportunidad para que le perdone ciertos retrasos en el pago del alquiler— que investigue la muerte de su sobrina Laura Olivo. Larrazabal, que había venido a España por problemas en su país cuando Fujimori era su amo y señor, y que había ejercido en Madrid hasta de albañil, ve ahora abrirse de nuevo viejas costumbres y esperanzas con el caso. Como debe ser en un detective, tiene una amante, una marroquí, Fátima, que le está agradecida por haber tratado con éxito las negociaciones con una banda de albaneses que habían secuestrado a Rasul, su padre, que traficaba en Lavapiés con móviles robados y, se supone, con hachís.

La trama está muy bien llevada y no es nada fácil, dado que se trata de algo tan poco fascinante como el mundillo literario. Al lado de los personajes de cualquier organización criminal los escritores resultan, salvo las excepciones de siempre, menos que sosos, pero debería referirme ahora a otras cualidades del libro. El asesinato de Laura Olivo recrea con ironía y delicadeza ciertas zonas de Madrid, a las que describe fielmente. Larrazabal vive en Lavapiés, antiguo barrio obrero, cuyo inolvidable ambiente retrató la película de Nieves Conde, Surcos, al igual que la plaza de Legazpi. El detective prefiere justo esos paisajes del film de Conde, con guión de Torrente Ballester y Natividad Zaro, basado en una idea de Eugenio Montes, y, pese a que los amigos peruanos le aconsejan que se traslade a Usera, que es barriada más barata y moderna, Larrazabal no cede, le gusta la atmósfera extraña del barrio y su sorprendente vitalidad. La novela se pasea por Lavapiés con cariñosa profusión, claro, si bien no desdeña otros ambientes, como el de Carabanchel, la banda de albaneses vive en General Ricardos, y Usera, y, por supuesto, Malasaña, donde habitan gentes más cool, como algún que otro escritor.

El libro, además, es un homenaje bello a autores de los que vale la pena acordarse: Mauricio Wacquez, Vázquez Montalbán, Ángel Crespo y el ecuatoriano Marcelo Chiriboga, aunque nadie sepa quién es.

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