Santiago Wills
Jaguar
Literatura Random House
213 páginas
POR TONI MONTESINOS

Formación estadounidense y periodismo de investigación. Estos dos grandes factores han vehiculado la trayectoria de Santiago Wills (Bogotá, 1988), en la actualidad profesor de cátedra del Centro de Estudios en Periodismo de la Universidad de los Andes (CEPER). Este autor, que disfrutó de una beca Fulbright y tiene estudios de Filosofía en la Universidad Nacional de Colombia, de Escritura Creativa en español en la Universidad de Nueva York y de Periodismo en la Universidad de Columbia, se ha lanzado ahora al terreno de la ficción narrativa por vez primera, y el resultado es llamativo e interesante.

Todo comienza con tono de reportaje fidedigno, con recursos cervantinos y el tópico del manuscrito hallado o reescrito, por así decirlo, para introducirnos en el pasado del comandante paramilitar Martín Pardo, dueño de una singular mascota, un jaguar llamado Ronco. Con ello, Wills, fiel a su espíritu escudriñador de la actualidad de su nación, se interna en la guerra en Colombia y en cómo este Martín Pardo, a inicios de los años 2000, hizo desaparecer, brutalmente, todo un pueblo.

En un panorama literario absolutamente yermo de propuestas estilísticamente potentes, en que las bellas artes narrativas de antaño han pasado a convertirse en textos escritos con lenguaje propio de los medios de comunicación, con una aplastante mediocridad léxica, semántica, hasta sintáctica, libros como Jaguar son bienvenidos. Paradójicamente, es un periodista quien da una lección de vocación artística y respeto por la tradición literaria. En el apartado de agradecimientos, se percibe el cuidado de la escritura que un buen día emprendió: las obras que le sirvieron de inspiración literaria o las personas a las que recurrió para ir mejorando su libro.

Tras el breve prólogo, la narración empieza siguiendo los pasos y hasta las sensaciones del jaguar Ronco: «Aprieta la mandíbula y saborea el lagarto que se retuerce en sus fauces. Siente la sangre, el sabor a almizcle y las escamas». A partir de ese momento surgirá la Cordillera Occidental que verá la evolución del joven Martín, junto a su hermano mayor, en una vida volcada en el crimen y que nos lleva a la historia más negra de Colombia: asesinatos de políticos, guerrillas, cárteles. Luego, va cobrando protagonismo Martín Pardo a raíz de algunas personas que lo trataron, de tal modo que Wills se ejercita bien en lo estimulante de colocar a un personaje de modo poliédrico, casi como si estuviera realizando un reportaje lleno de testimonios.

Esto, a su vez, puede lastrar el relato, que se convierte en algo monótono por momentos, retórico, en demasía denso, como si la historia avanzase en círculos. Sin embargo, eso mismo que apuntamos también tiene sorpresas audaces, de verdadero escritor que busca nuevos senderos narrativos. Por ejemplo, podemos referirnos al capítulo fechado en diciembre de 2002, titulado «Amalia», redactado en tiempo verbal presente, en que cada línea está compuesta de interrogaciones: «¿Qué miras, Martín? ¿Qué es eso que ves más allá de mi cuerpo? ¿Cuáles son las deformidades que te impiden dormir esta madrugada? ¿Ves de nuevo tigres, moluscos y sinsontes, o alguna otra combinación de todos los animales del mundo en un solo ser?», etcétera.

Por su parte, Ronco devendrá el leitmotiv de la acción; con él empieza cada una de las dos partes en la que está dividida la novela y hacia el final vuelve a adquirir una dramática importancia. Es siempre arriesgado incidir en la mirada o la presencia significativa de un animal en una historia de ficción, pero Wills ha aprendido bien a hacerlo de sus lecturas de Jack London, y sigue con su reto estilístico y estructural al llegar al último capítulo, «Coro», donde parece que convergen las distintas voces que han opinado sobre Martín. Un personaje este que empezó a emerger en la imaginación del escritor a medida que viajaba, lo dice él mismo, «mientras escribía crónicas sobre oro ilegal, contrabando de gasolina, robo de petróleo, coca y desaparecidos. Solo necesitaba alejarme del país para excavar la memoria de esos lugares y encontrar lo que era común a todos». Y así lo hizo, en Nueva York y más tarde en Bogotá, para acabar concibiendo esta novela que bien ha merecido que acabara viendo la luz.