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Pablo D’Ors
Entusiasmo
Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2017
440 páginas, 22.50 €
POR JUAN ÁNGEL JURISTO

Pocos casos hay tan curiosos en la reciente narrativa española como el de Pablo D’Ors (Madrid, 1963) que, en pocos años, pasó de ser algo más que una joven promesa literaria a constituirse en un valor seguro, hasta que, a raíz de un ensayo que publicó, el celebrado Biografía del silencio, y que vendió más de cien mil ejemplares, un libro que trata de la armonía espiritual y del modo de alcanzarla y que muchos consideraron un manual de autoayuda hábilmente disfrazado, su obra ha sido cuestionada por muchos que hasta entonces la alababan, cuando no se ha convertido en abiertamente preterida. Tanto es así que el profesor Raúl Fernández Sánchez-Alarcos, de la Universidad Pablo de Olavide, y a quien se debe un prolijo estudio de la novela Lecciones de ilusión, de Pablo D’Ors, comienza éste con las siguientes palabras: «El escritor Pablo D’Ors representa en la actualidad un caso sobresaliente de recepción literaria. Su breve ensayo Biografía del silencio se ha convertido en un best seller por el método de transmisión boca a boca. Su autor, sin embargo, corre el riesgo de que le suceda, salvando las distancias, lo que a Ángel Ganivet con su Idearium español: que su éxito lo fue en menoscabo de la publicidad de su obra narrativa». Según el autor, fue ese posible riesgo lo que lo movió a escribir Lecciones de ilusión, una acción preventiva que venía a advertir que este escritor se ajustaba como pocos a las corrientes más actuales de la novela moderna, con esa autoconciencia que, en los casos más mediocres, no pasa de ser un remedo narrativo de la teoría literaria. Para Raúl Fernández, Lecciones de ilusión es una novela iniciática de altos vuelos y llega a considerar que, en gran parte, la obra narrativa de Pablo D’Ors es, en realidad, una bildungsroman, aderezada, además, porque, salvo un libro, los demás del autor tienen como paisaje Centroeuropa. Pero lo que más resalta el profesor Fernández Sánchez-Alarcos es que la obra de D’Ors ofrece una respuesta positiva a la crisis axiológica que refleja la novela moderna, algo que es sujeto de debate, habida cuenta de que son multitud, y esto sólo por referirnos al campo de la narrativa del siglo xix y del xx, los que han querido ofrecer una alternativa positiva a la desvalorización del nihilismo moderno, empezando por el gran creador de estas cuestiones, Fiódor Dostoyevski, cuya obra se centra en ellas con obsesiva persistencia, y acabando en autores como Julien Green, François Mauriac o Georges Bernanos, por no hablar de un Thomas Mann, el de Doctor Fausto, o un Ernst Jünger, el de Heliópolis, el creador de la figura del anarca y del emboscado, y la obra de un Albert Camus, desde El extranjero a El malentendido, toda ella volcada al problema de la desvalorización; o, en tiempos un poco más pretéritos, el Joseph Conrad de El agente secreto o Bajo la mirada de Occidente, por referirnos a obras menos citadas que El corazón de las tinieblas, y donde el escritor británico de origen polaco, escandalizado de los terroristas rusos de ideología anarquista que asolaban la Europa de entonces con sus atentados, se muestra más político que en otras obras suyas en que la metáfora sustituye al noticiario del momento. Y, en cierta manera, puede decirse que gran parte de la literatura moderna surge de esa crisis que ya entrevió con profunda lucidez Nietzsche. D’Ors, y en esto no le falta razón al profesor Fernández Sánchez-Alarcos, rechaza esta tradición afecta a la nada y quiere ofrecer respuestas positivas a ello en su obra partiendo de ciertos recursos propios de la tradición romántica… y cristiana, claro. El que lo haga desde posiciones radicalmente posmodernas es lo que hace de su obra algo especialmente fascinante para muchos. Casi en broma, diríamos que John Kennedy Toole estaría encantado con un Pablo D’Ors: no olvidemos que, en La conjura de los necios, su protagonista, Ignatius Reilly, explica la falta de espíritu del mundo moderno por su ausencia de teología y geometría.

 

Pablo D’Ors, nieto de Eugenio D’Ors, se formó intelectualmente en la tradición cultural alemana. Sacerdote, recibió una sólida arquitectura espiritual de manos del teólogo Erman Salmann, quien le dirigió una tesis de teopoética que trataba sobre la sensibilidad teológica en la experiencia literaria. Quien estudie la obra de Pablo D’Ors no puede dar de lado aquella temprana etapa de doctorado, pues fue en ella de donde parte el impulso que desarrolló con posterioridad en obras como Andanzas del inspector Zollinger y, desde luego, ésta que nos ocupa, Entusiasmo, y, ya fuera de la experiencia literaria, en obras como la ya citada Biografía del silencio o Sendino se muere, que trata de su experiencia como capellán hospitalario en el Ramón y Cajal, donde atendió a enfermos y moribundos, ya que, debido a su formación cristiana y filosófica, en la más acendrada tradición germánica, la coherencia en todos los órdenes de la vida es algo buscado con ánimo salvífico, producto de una concepción unitaria del mundo. Concepción que llevó a algunos escritores centroeuropeos del siglo pasado a nostalgias curiosas, como la fascinación de Hermann Broch por la época de Tomás de Aquino. La fragmentación, condición inherente a la modernidad, es estado incómodo y en la literatura de nuestros días la posmodernidad, en su afán integrador, ha servido de paliativo a ciertas ansiedades inevitables en épocas anteriores. Al fin y al cabo, nosotros ya estamos instalados en esa fragmentación y la vivimos como condición ineludible. De esta condición parte Pablo D’Ors para expresar su sentido de la armonía espiritual. Así, obra narrativa y ensayos sobre espiritualidad se explican mutuamente y complementan. De la misma manera hay que entender la red de meditación Amigos del Desierto, cuya misión es difundir la parte contemplativa del cristianismo, que se había quedado rezagado en cuanto a presencia social respecto a otras religiones como el budismo. D’Ors fundó la red en 2014, poco después de conocer al jesuita Franz Jalics y, más tarde, el papa Francisco lo ha nombrado por designación expresa suya consejero del Consejo de Cultura del Vaticano.

De aquella primera Las ideas puras, publicada en 2000, a Entusiasmo, se hallan obras de rara belleza, porque el autor combina de manera excelente la visión extremadamente lírica con el humor más terrenal, como si en una misma persona se uniera el paroxismo cósmico de un Novalis con la socarronería del soldado Schwejk, en obras como las ya mencionadas Andanzas del inspector Zollinger, Lecciones de ilusión o El estupor y la maravilla. Fue con la publicación de la Trilogía del silencio, formada por El amigo del desierto, Biografía del silencio y El olvido de sí, cuando la obra de Pablo D’Ors pasó de ser objeto de culto de los happy few al éxito de público. El autor, entonces, pensó en llevar a cabo la creación de otra trilogía, dedicada esta vez al fracaso, de la que ha publicado El estreno, que es una colección de relatos, y Contra la juventud. Luego ha venido Entusiasmo, libro primero de otra trilogía dedicada al entusiasmo, que resume buena parte de su obra anterior y que considero su novela más lograda. Ni que decir tiene que el autor recurre en ella a la bildungsroman, género hoy día extraño, sobre todo en nuestra tradición, y que borda con renovada concepción.

D’Ors es autor inscrito en la tradición centroeuropea y ha recibido las influencias benéficas de escritores como Kafka, Milan Kundera o Thomas Mann, principalmente, en el modo de abordar la realidad de nuestra época, ya dijimos, el nihilismo, la fragmentación, la ansiedad vasta e intensa y el miedo inherente a este encontrarse sin límites. Pero, a diferencia de ellos, D’Ors intenta, mediante el artificio posmoderno, otorgar un sentido positivo a esa crisis. De ahí que el recurrir a la juventud, etapa de formación, y, por consiguiente, a la bildungsroman o novela de iniciación, sea condición esencial de su narrativa. Yo, que soy partidario del diablo, como el John Milton de El paraíso perdido —poema que de haber seguido la intensidad en todo el libro de los versos dedicados al Pandemónium hubiese igualado la Divina comedia del Dante—, es decir, sé que la libertad de criterio es la condición ineludible del ángel caído, por tanto, la soledad y la áspera lucidez, y que buscar personajes positivos en las novelas conlleva un enorme coraje porque la dicha, sencillamente, no se puede transmitir, sólo experimentar, considero que lo que D’Ors lleva a cabo es labor tremenda y que buscar, parafraseando a su abuelo, vidas angélicas tiene mucho de fascinante por lo que conlleva de ir a contrapelo.

Entusiasmo es, pues, novela de juventud y, por ende, de aprendizaje. Pero dicho aprendizaje, como bien enseñó Friedrich Schiller y secundó el Novalis de Enrique de Ofterdingen, quiere que ese camino cumpla el dicho latino, per aspera ad astra, es decir, cumpla una labor de escala, como la que llevó a cabo Jacob con innúmeras pruebas. Entusiasmo es la juventud contada del autor mismo, de Pedro Pablo Ros a Pablo D’Ors apenas hay el atisbo de un juego anagramático que no cumple plenamente porque el autor dosifica de manera sabia, siempre lo hizo, la diferencia entre ficción y el relato de lo vivido realmente. Pedro Pablo Ros experimenta vías muy distintas a las del Törless de Musil, personaje que transita por Entusiasmo, como no podía ser menos, y la profusión de dramatis personae del libro sirve de trasunto del mundo mismo al protagonista: son, en cierta medida, su coro angélico, y se extiende desde su bisabuela, su padre y su madre a Bill Clinton, a Oscar Wilde, maestro de novicios, la ironía aquí está cumplida, a Pizarro, seminarista homosexual, a Gandhi, a los minusválidos Bruno y Germán, a Hélder Câmara, a Lutero, san Agustín, Platón, Aristóteles, Faulkner, Zubiri, Goethe, Thomas Mann, Gorki, Klee, el Magister Ludi y Magister Musicae de El juego de los abalorios, de Hermann Hesse, y, así, un centenar de personajes más, reales o pertenecientes a la ficción, y que son parte de la vida de Ros.

Éste lleva a cabo su particular camino de Damasco, al modo paulino. Ros descubre la seriedad del cristianismo en una escena curiosa: le dice a Salmerón, compañero, que el armario de los De Cartes —cualquier similitud con el filósofo francés no es mera coincidencia— está lleno de revistas con mujeres preciosas en sugerentes poses. Salmerón le responde entonces muy serio que ese armario no existe. Ante la cara de duda de Ros le espeta, gritando y fuera de sí, lo mismo. Ros comprende, ahora, que la fe cristiana no se limitaba a la práctica del culto y la oración, sino que era una manera de vivir, que no admitía medias tintas. Es el tema central de la novela en lo que tiene de descubrimiento esencial y no se extiende más allá de media página en un libro que se acerca a las quinientas.

Como grandes novelas posmodernas, Entusiasmo tiene vocación de totalidad, en eso recuerda a Los reconocimientos, de William Gaddis, y, por lo mismo, quiere aunar las contradicciones propias de la modernidad y, así, paliar esos efectos enfrentados. Como Los reconocimientos, posee la virtud de que se refiere a una vocación y formación personales y, sin embargo, quiere interferir en los asuntos del mundo, pero de manera sensata, realista, sin mucho apego a las cosas, aunque sin despreciarlas. En realidad, es libro sabio, si bien lo importante es la calidad literaria de sus páginas. Su mejor novela.