Pero ahora volvamos a la cueva. Al momento en el que, convenientemente, se presenta Durandarte encantado, muerto viviente y siendo estatua de su propio sepulcro. Casi como un libro viejo, que nadie o que pocos leen, Durandarte «se queja y sospira de cuando en cuando como si estuviese vivo» (II, 23). Si se continúa esta lectura alegórica que he propuesto del pasaje de la cueva de Montesinos, habrá que recordar otros indicios. Durandarte no es «de bronce, ni de mármol, ni de jaspe hecho, como los suele haber en otros sepulcros, sino de pura carne y puros huesos» (II, 23). Asimismo, recordemos que Durandarte, Montesinos y el resto de los personajes están encerrados en «el cristalino palacio» por encanto de Merlín. Y Montesinos confiesa muy elocuentemente que «el cómo o para qué nos encantó nadie lo sabe». Y es así que los personajes que don Quijote conoce en la cueva no sólo son de «pura carne y puros huesos», sino que, además, gozan de las facultades del alma, y por eso entienden que no logran entender lo que les ocurre. Y, aunque carecen de ciertos hábitos humanos, como el comer o el dormir, estos encantados pasan las mismas necesidades que todos; Dulcinea pidiendo dineros es un patético ejemplo de ello.
Con todo y con eso, reluce la pregunta sobre la manera en que los personajes de ficción existen. Porque es innegable que don Quijote, Sancho, Dulcinea o Durandarte sí, de alguna manera, existen. Lo difícil es determinar cómo o para qué lo hacen. La respuesta de Cervantes (que están encantados y encerrados en un castillo de cristal, esperando a alguien que los visite y así los salve) me parece satisfactoria. Pero no deja de ser difícil comprender que tras las historias del caballero no hay una conciencia humana, una persona real a la que esas cosas le han pasado. En otras palabras, cada vez que leo el Quijote, menos voluntad pongo en discernir el hecho de que don Quijote no es un ser humano, sino una emanación de la página. Su existencia me parece tan real como a don Quijote le parece real la aventura en la cueva. Porque una lectura íntima, no desprovista de la nube de erudición usualmente requerida, es lo que me llevó a visitar el «sepulcro» de don Quijote y a rendirle homenaje, leyéndolo en las páginas en las que vio la luz por primera vez.
Y esto nos lleva a un capítulo que Martín de Riquer considera, con rigurosa explicación, inconsecuente en el desarrollo de la trama. Porque, en efecto, el capítulo de don Antonio Moreno, de la cabeza parlante y de la visita a la imprenta en nada afecta al desarrollo de la historia. Pero aquello que el capítulo calla con respecto a la aventura lo declara, en cambio, con respecto al libro mismo. Este don Antonio, en tanto alegoría de los lectores de don Quijote, se siente a la vez honrado por la presencia del caballero e impaciente por «buscar modos como, sin su perjuicio, sacase a plaza sus locuras» (II, 62). Y se nos advierte que «no son burlas las que duelen, ni hay pasatiempos que valgan, si son con daño de tercero» (II, 62). Traslucen estas palabras una cierta misericordia —o incluso una petición de misericordia— por los protagonistas, tan apaleados y malavenidos. A diferencia de la aparente simplicidad de ejecución de un personaje ficticio —sólo palabras—, la «cabeza encantada» que luego ellos mismos van a ver supone enrevesados mecanismos y múltiples personas para su funcionamiento. Sugerentemente, don Quijote le pregunta a la cabeza profética sobre la autenticidad de «lo que cuenta que le pasó en la cueva de Montesinos» (II, 62). Por su parte, Sancho, pragmático como siempre, poco se admira del truco y tilda de perogrulladas las respuestas que da la cabeza. Airado, don Quijote lo reprende: «Bestia […], ¿qué quieres que te respondan? ¿No basta que estas respuestas que la cabeza ha dado correspondan a lo que se le pregunta?» (II, 62). Y es que la cabeza encantada y el libro guardan algo en común. Ambos son un truco, un engaño, que para existir, para funcionar, suponen ciertas reglas y también ciertas resignaciones por parte de los espectadores. Juan Benet lo explica así: «Recrear [es decir, leer] la obra es aceptarla como es, recorrerla como es, sin quitar ni añadir nada, y volver a quedar a punto, satisfecho e inquieto, para repetir la operación en cualquier momento».[x] Pero leer, como recordar, conlleva cambio y traición, olvido y opacidades insalvables. Ni Sancho se equivoca ni don Quijote pide demasiado, creo, porque en cada nueva lectura de la novela me parece haberla comprendido mejor y, al mismo tiempo, termino con la seguridad de haber encontrado mil fisuras latentes que nunca llegaré a entender.
Una forma de solventar tales fisuras es hacer lo que algún librero o restaurador o bibliotecario hizo con el volumen de 1615 que guarda la Beinecke —para ir volviendo al principio—. Quien lo consulte verá cómo ciertas páginas, mutiladas en algún momento del pasado, han sido «restauradas» después, seguramente, con papel japonés y tinta china. Mi reacción primera al ver tal cicatriz fue la de un pedante bibliófilo: decepción profunda frente al ejemplar magullado. Pero de inmediato sonreí al comprender el encantamiento que se había obrado, la broma histórica, el cumplimiento de la profecía. Porque en el capítulo 62 de la segunda parte don Quijote le dice a don Antonio, no sin asombro: «Hasta los muchachos desta ciudad, sin nunca haberme visto, me conocen». Esas palabras escritas a mano en las páginas mutiladas demuestran otro tipo de lectura. Es como un Pierre Menard triunfante, un libro que se autorregenera por medio de las conciencias de otros, que, «sin nunca haberlo visto, lo conocen».
Quevedo estaba en lo cierto: leer tiene algo de nigromancia. Y «escuchar con los ojos a los muertos» se siente más literal si lo que se escucha no es cualquier libro, sino el libro. Porque sólo en este instante, mientras escribo estas últimas líneas, es que caigo en la cuenta de a qué corresponde el fragmento de la página restaurada que fotografié. Antes de tomar la fotografía, obré según lo que los bibliotecarios me enseñaron: «Deja que el libro te indique dónde quiere ser abierto, para no forzar el lomo». Lo hice y se abrió —ahora lo sé, para mi pasmo y desconcierto— en el capítulo 62 de la segunda parte, la de don Antonio, con la cabeza encantada y la visita a la imprenta. Se abrió en el capítulo sobre el cual yo habría de decidir escribir después, porque me pareció haber encontrado ahí esa humanidad quijotesca que ahora encuentro, en cambio, en este albur que un libro viejo me ha deparado.


[i] Estas páginas nacieron en el otoño de 2017, durante el curso que sobre el Quijote dictó el profesor Roberto González Echevarría —a quien agradezco por sus valiosas observaciones y por sus enseñanzas cervantinas— en la Universidad de Yale.
[ii] Cito por la canónica edición de Francisco Rico: Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha (Madrid, Real Academia Española, 2015). Indico parte y capítulo.
[iii] Entre otras señas, cumple con carecer de la célebre interpolación cervantina sobre la pérdida del rucio de Sancho, que se incluye sólo desde la edición revisada de Madrid, impresa en 1605. Además, la tasa es vallisoletana y la última palabra del texto, en lugar de la lectio correcta «plectro», lee «plectio». Sobre la cuestión, consúltese, por ejemplo: Francisco Rico, «Historia del texto», Don Quijote (editado por Francisco Rico. Madrid: Real Academia Española, 2015): 1588-1642.
[iv] Cito de la portada del ejemplar, cuyo exlibris sirve, asimismo, de registro pecuniario: «couste 3’».
[v] Léon Maitre, Inventaire sommaire des Archives départementales antérieures à 1790. Loire-Inférieure. Tome premier. Archives civiles. Série B: Chambre des comptes de Bretagne (Nantes: Émile Grimaud, 1902): 273.
[vi] «Philippe III de Kerret, marié à Julienne du Boisguéhéneuc» [ficha catalográfica con breve resumen], France Archives. Portail National des Archives ([sitio en línea] <https://francearchives.fr/es/facomponent/ 8ac6437afd81fc2e0b0991f0e32b55202183532b>), recuperado el 11 de abril de 2018.
[vii] «Fonds du manoir de Quillien en Pleyben (220 J)», Archives Finistere ([sitio en línea] <http://mnesys-portail.archives-finistere.fr/?id=recherche_grandpublic&action=search&form_search_fulltext=%22Kerret,%20Philippe%20de%22>), recuperado el 11 de abril de 2018.
[viii] Diocése de Quimper et de Léon, Bullétin diocésain d’histoire et d’archéologie (Quimper: Tipografía de Kerangal e Imprenta de la Diócesis, 1904): 35.
[ix] Ian Michael, «How Don Quixote Came to Oxford: The Two Bodleian Copies of Don Quixote, Part I (Madrid: Juan de la Cuesta, 1605)», Culture and Society in Habsburg Spain. Studies Presented to R.W. Truman by His Pupils and Colleagues on the Occasion of his Retirement (editado por Nigel Griffin, Clive Griffin, Eric Southworth y Colin Thompson. Londres: Tamesis, 2001 [95-120]): 114.
[x] Juan Benet, «Onda y corpúsculo en el Quijote», El «Quijote» de Cervantes (editado por George Haley. Madrid: Alfaguara, 1987 [341-348]): 342.
[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]BIBLIOGRAFÍA
· Archives Finistere. «Fonds du manoir de Quillien en Pleyben (220 J)». Archives Finistere (sitio en línea): <http://mnesys-portail.archives-finistere.fr/? id=recherche_grandpublic&action=search&form_search_fulltext=%22Kerret, %20Philippe%20de%22>), recuperado el 11 de abril de 2018.
· Benet, Juan. «Onda y corpúsculo en el Quijote». El «Quijote» de Cervantes, editado por George Haley. Madrid: Alfaguara, 1987: 341-348.
· Cervantes, Miguel de. El ingenioso Hidalgo don Qvixote de la Mancha […]. Madrid: Juan de la Cuesta, 1605 [1604].
–. Segvnda parte del Ingenioso cavallero Don Qvixote de la Mancha […]. Madrid: Juan de la Cuesta, 1615.
–. Don Quijote de la Mancha, editado por Francisco Rico. Madrid: Real Academia Española, 2015.
· Diocése de Quimper et de Léon. Bullétin diocésaine d’histoire et d’archéologie. Quimper: Tipografía de Kerangal e Imprenta de la Diócesis, 1904.
· France Archives. «Philippe III de Kerret, marié à Julienne du Boisguéhéneuc» (ficha catalográfica con breve resumen). France Archives. Portail National des Archives (sitio en línea): <https://francearchives.fr/es/facomponent/8ac6437afd81fc2e0b0991f0e32b55202183532b>, recuperado 11 abril 2018.
· Maitre, Léon. Inventaire sommaire des Archives départementales antérieures à 1790. Loire Inférieure. Tome premier. Archives civiles. Série B: Chambre des comptes de Bretagne. Nantes: Émile Grimaud, 1902.
· Michael, Ian. «How Don Quixote Came to Oxford: The Two Bodleian Copies of Don Quixote, Part I (Madrid: Juan de la Cuesta, 1605)». Culture and Society in Habsburg Spain. Studies Presented to R. W. Truman by His Pupils and Colleagues on the Occasion of his Retirement, editado por Nigel Griffin, Clive Griffin, Eric Southworth y Colin Thompson. Londres: Tamesis, 2001: 95-120.
· Rico, Francisco. «Historia del texto». Don Quijote de la Mancha, editado por Francisco Rico. Madrid: Real Academia Española, 2015: 1588-1642.