Demos un pequeño rodeo. John Fowles (1926-2005), novelista inglés contemporáneo de Valente conocido por sus novelas El coleccionista y La mujer del teniente francés, ambas llevadas al cine con cierto éxito comercial, publicó en 1974 una novela breve titulada La torre de ébano.[vi] En ella, un joven crítico y pintor abstracto inglés viaja a una comarca de la Bretaña francesa para visitar a un venerable maestro pintor, Henry Breasley, sobre el que debe escribir una monografía. El viejo pintor resulta ser un bon vivant solitario, irascible y algo sátiro que odia la vieja Inglaterra, la abstracción geométrica y la hipocresía de las buenas maneras. Vive en un caserío en el resto de lo que fue el antiguo bosque mítico de Brocelianda con una joven colaboradora, Diana, de la que el joven crítico, como era de prever, se enamora casi al instante. Se establece así un triángulo de sospechas, secretos y celos mutuos que convierte al joven crítico en un nuevo san Jorge dispuesto a liberar a la doncella del yugo del dragón, personificado en Henry Breasley. El esquema se vuelve explícito en la versión televisiva de la novela, estrenada en 1984, donde Laurence Olivier se encarga de dar vida al viejo artista (en el que sería, por cierto, su último trabajo como actor).[vii] Una de las escenas culminantes del telefilme, que sin embargo no aparece en la novela original, es un encuentro entre los dos protagonistas masculinos en el que el joven crítico acusa directamente al pintor de tener «encadenada» a Diana. A lo que Breasley-Olivier, sin reprimir su desdén o su displicencia, responde con estas palabras:

«Cuando vuelva a Londres, vaya a la National Gallery y busque el cuadro de san Jorge… Ahí está, el caballero con su armadura reluciente, cargando contra el pobre y viejo dragón y la princesa… Pero ¿sabe usted? La princesa lleva atado al dragón con una correa… Es su mascota, su compañero amaestrado, y llevan viviendo juntos y felices muchos años, ¿no lo ve? Vaya, vaya a verlo y pregúntese, ¿no es un poco ridículo san Jorge, no está actuando como un estúpido entrometido?».

 

La pregunta de Breasley-Olivier confirma nuestras sospechas, que son en parte las del poema. El viejo artista se presenta a sí mismo en esa historia como el dragón ante la voluntad inexorable, abstractiva y en última instancia destructora de san Jorge, reivindicando la fuerza elemental —original y nutricia— de la tierra y el fuego (en la novela, Fowles insiste, no por azar, en que el color dominante en la paleta de su pintor es el verde). San Jorge, según su lectura, sería el símbolo del principio masculino embebido de sí, ciego a todo lo que no sea su empresa, incapaz de prever las consecuencias de sus actos, atento únicamente a su deseo de intervención en el mundo, del que se siente desligado y ajeno.

Valente, más ceñido al cuadro y quizá por ello más pesimista, nos muestra a una mujer que «presenta, muestra, invita» —verbos ambiguos que parecen denotar complicidad a la vez que la difuminan— y a un san Jorge «inocente» que parece reiterar el crimen por razones ajenas a su voluntad: él simplemente interpreta su papel en la función mítica. Es sintomático que el único elemento del lienzo que no comparece en el poema es el torbellino de nubes que parece empujar o dirigir, desde atrás, la lanza de san Jorge, y que tradicionalmente se ha entendido como una señal de la intervención divina. En el poema esa intervención brilla por su ausencia. En realidad, no es necesaria. Bastante maldición tiene el hombre, el «san Jorge inocente», al «perpetua[r] la oscura / penetración», la incursión guerrera que sella su condición de intruso y de recién llegado a un mundo que no comprende.

Valente, como el viejo pintor Breasley, parece decirnos que la fuente de la creatividad está en el dragón, el habitante de la cueva oscura, el bulto que se oculta en lo negro y dormita y espera y echa humo y cobra fuerzas antes de salir de nuevo al exterior. No otro, de hecho, es el sentido de un célebre texto de poética más o menos contemporáneo de «[San Jorge…]» que parece responder, desde su mismo título, «Cómo se pinta un dragón», a las preocupaciones que dramatiza el poema. Uno de los fragmentos más citados del conjunto, que es también el más extenso, funciona no sólo como poética, sino como testimonio —moral, espiritual— o carta de creencia de una relación con la escritura y el arte que Breasley suscribiría sin vacilación:

«La poesía no sólo no es comunicación; es, antes que nada […], incomunicación, cosa para andar en lo oculto, para echar púas de erizo y quedarse en un agujero sin que nadie nos vea, para encontrar un vacío secreto, para adentrarnos en una habitación abandonada cuya puerta se pueda cerrar desde dentro sin que nadie en el exterior sospeche que una puerta se disimula en el muro, y para estarse allí en el claustro materno, seguros y escondidos, sin que nadie aparezca, sin que nadie nos saque a la luz pública, desnudos e indefensos, nos saque y nos suplicie y nos repita la sorda letanía cotidiana, la letanía aciaga de la muerte».[viii]

 

Ése era el ideal, esa «cosa para andar en lo oculto [y] echar púas de erizo», que es como decir «escamas de dragón», evitando la «letanía aciaga de la muerte» que encarna la lanza de san Jorge, la pica del hombre que llamamos, irónicamente, «de mundo» —pues sabemos o hemos descubierto que san Jorge no es del mundo, sólo un intruso que se siente fuera de él—.

Sin embargo, Valente, poeta crítico donde los haya, conocedor escéptico de la distancia que las palabras establecen con el mundo, sabe que es difícil escapar del estigma definido por el mito, repudiar del todo la parte de san Jorge que le toca por nacimiento, casi por definición. Y quiere la paradoja —pero es una paradoja luminosa, fecunda, aunque seguramente no querida ni buscada por el autor— que sus palabras, en el poema que dedica a esta leyenda, se conmuevan y se exalten justamente en las inmediaciones, no del dragón y de su cueva, sino de esa lanza «del san Jorge inocente» que reitera el crimen en el tiempo cíclico del mito. Es una excitación contradictoria, en efecto, pues sus palabras saben como él que el crimen es inútil, innecesario. O que, si es necesario, sirve para eternizar una forma de estar en la vida y en el arte que está en las antípodas de la fuente —negra, furtiva, oculta— que debía alimentar su poesía.

 

Texto leído el 17 de noviembre de 2016 dentro del ciclo «Valente, naciente sombra», organizado por la Facultad de Poesía José Ángel Valente de la Universidad de Almería.

 

[i] Fragmentos de un libro futuro (1991-2000), en José Ángel Valente, Obras completas I. Poesía y prosa, ed. Andrés Sánchez Robayna, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona, 2006, pp. 556-557.

[ii] Paolo Uccello, San Jorge y el dragón, c. 1470. Óleo sobre lienzo. 55,6 cm × 74,2 cm. National Gallery, Londres.

[iii] Juan Eduardo Cirlot, Diccionario de símbolos, Siruela, Madrid, 2006 (1997), pp. 141, 462.

[iv] Ibídem, p. 462.

[v] Ibídem, p. 142.

[vi] Hay traducción española del recientemente fallecido escritor uruguayo Álvaro Castillo: La torre de ébano, Plaza y Janés, Barcelona, 1976.

[vii] The Ebony Tower (telefilme), 1984, 80 min. Dirección de Robert Knights y guión de John Mortimer sobre la historia original de John Fowles. Con Laurence Olivier, Roger Rees, Greta Scacchi y Toyah Wilcox en los papeles protagonistas.

[viii] Notas de un simulador (1989-2000), en José Ángel Valente, Obras completas II. Ensayos, ed. Andrés Sánchez Robayna, recopilación e introducción de Claudio Rodríguez Fer, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona, 2008, p. 460.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

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