POR MICHELLE ROCHE RODRÍGUEZ
Gabriel García Márquez. Fuente: Wikicommons

Aunque el ego inflado, la ansiedad desmesurada o la simple antipatía de ciertos escritores hace que una de las fantasías más extendidas entre los editores sean los catálogos de obras póstumas, pocas cosas son tan engorrosas como el trabajo con el manuscrito de quien ha fallecido. A esa conclusión llegó David Ebershoff cuando le tocó editar Crucero de verano veinte años después de la muerte de Truman Capote. «La mayoría de los borradores, incluso aquellos escritos por un genio, son imposibles de publicar», explicaba Ebershoff: «Contienen demasiados pensamientos incompletos, escenas sin forma, personajes sin desarrollar e inconsistencias que no pueden interesarle a nadie, salvo a un académico». El inconveniente es mayor cuando hay correcciones a mano debido a las palabras ilegibles.

Ebershoff es el célebre autor de La chica danesa —novela publicada en 2000 cuya exitosa versión fílmica dirigió Tom Hooper y protagonizó Eddie Redmayne—, pero durante dos décadas trabajó en Random House. Allí fue responsable, entre otras cosas, de la Modern Library, la biblioteca de los clásicos estadounidenses, y de editar las obras póstumas de W.G. Sebald. En 2004 supo por Internet que Sotheby’s de Nueva York subastaría el manuscrito de Crucero de verano. Claro que todavía no sabía que era esa obra. Capote comenzó a escribirla en 1943, a los 19 años, y durante más de una década trabajó por temporadas hasta abandonarla. En su momento de mayor fama, cuando los periodistas le hacían preguntas sobre aquel manuscrito iniciático, él decía que lo había quemado. Ni siquiera Alan Schwartz, el albacea del Truman Capote Literary Trust, se imaginaba que aún existiera.

Resultó que había pasado treinta años guardado por unos desconocidos. Era parte de una caja con cartas personales, fotografías de hombres nadando en el Mediterráneo y un guion de televisión incompleto que Capote descartó en 1966, cuando abandonó su modesto apartamento de Brooklyn, tras el éxito de A sangre fría. El dueño del edificio rescató la caja y la conservó hasta su muerte. Luego, la dejó de herencia a su sobrino que la vendió a Sotheby’s. El manuscrito sumaba 200 páginas y 89 correcciones.

Crucero de verano es la segunda novela póstuma del autor; la otra es Plegarias atendidas, que dejó inconclusa, pero que se editó así en 1986. Como se conmemora el centenario del nacimiento de Capote, estas y el resto de sus obras encuentran ahora un lugar privilegiado en librerías, donde comparten espacio con la reciente novela póstuma de Gabriel García Márquez. En agosto nos vemos cuenta la historia de Ana Magdalena Bach, una mujer que cada verano visita la tumba de su madre en una isla del Caribe, a donde también va a encontrarse con el deseo, en forma de hombres con quienes pasa solo una noche al año. La obra sale cuando cumple medio siglo de ese portento narrativo que es Cien años de soledad.

Y casi se queda sin publicar. Ya enfermo de Alzheimer, viéndose incapaz de terminarla con igual talento que el resto de su obra, García Márquez pidió a sus herederos que la destruyeran. Si hoy podemos leerla es porque Rodrigo y Gonzalo García Barcha, sus hijos, decidieron desobedecer la orden. «[La] dejamos a un lado, con la esperanza de que el tiempo decidiera qué hacer», señalan en el prólogo a la publicación: «Leyéndolo una vez más a casi diez años de su muerte descubrimos que el texto tenía muchísimos y muy disfrutables méritos». Los hermanos García Barcha hicieron lo que Max Brod con la obra de Franz Kafka: negarse a cumplir su voluntad. Pero los resultados del mismo gesto son diferentes en cada caso. Brod fue amigo de Kafka y quien le convenció de publicar en vida la mayoría de sus obras; después de la muerte del autor checo, el compositor y también escritor se encargó de publicar sus inéditos y de convertirlo en uno de los autores más influyentes del silgo XX. En cambio, los García Bacha apuestan por ensanchar el legado literario de su padre, pese a que su perdurabilidad ya estaba garantizada.

También de Kafka se conmemora una efeméride este año: el centenario de su muerte. «Él sabía que yo no sería capaz de seguir esas instrucciones. El mundo se merecía sus papeles. Si hubiera querido destruirlos de verdad, se lo hubiera pedido a cualquier otro», argumentó Brod, que si bien fue periodista, compositor y narrador, la fama le viene como responsable de la publicación de las obras de su amigo. La historia es siempre la misma: los allegados conocen mejor el valor de las obras que quienes las escriben. Por eso, parte de la literatura universal se ha publicado después de que sus autores han muerto, y no pueden volver para importunar a sus albaceas con sus inseguridades. Las tres últimas partes de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust se editaron después de su fallecimiento, en 1922: La prisionera y Albertine desaparecida en 1925 y El tiempo recobrado, en 1927. Y El hombre sin atributos, el libro más famoso de Robert Musil es una novela inacabada que se publicó por partes: Los primeros dos volúmenes salieron en 1930 y 1933, respectivamente, y el tercero, en 1943, un año después de la muerte del escritor.

El trabajo de Brod con los inéditos de Kafka ayudó a su concreción como fenómeno literario, igual que pasó con Roberto Bolaño, gracias al crítico Ignacio Echevarría y al editor Jorge Herralde, quienes se encargaron de publicar varias obras suyas, después de que muriera a los cincuenta años. Entre esas obras póstumas se encuentran algunas de las mejores del autor, incluida el portento de novela que es 2666. Meses después de su muerte salió El gaucho insufrible, que reúne cinco cuentos y dos conferencias. Bolaño la había entregado lista a Herralde antes de que lo hospitalizaran.

En 2004 apareció 2666, que requirió más trabajo editorial. Lo primero fue decidir en cuántas partes publicarían la novela. Aunque la intención inicial del autor fue escribir un libro de más de mil páginas, conforme avanzó la enfermedad, sugirió la posibilidad de que se publicara en cinco partes, con el objeto de asegurar el futuro de sus hijos. Al final, los editores decidieron honrar el proyecto literario original del escritor. Para entonces, Echevarría trabajaba en el libro Entre paréntesis, que reúne una centena de textos entre discursos, conferencias, reseñas y artículos escritos entre 1998 y 2003. Tres años después salió El secreto del mal, un «puñado de piezas y esbozos», según se lee en la contraportada: «el torso —o la armadura inevitablemente incompleta— del que iba a ser el cuarto libro de relatos de Roberto Bolaño». El trabajo en esta recopilación comenzó a erosionar la amistad entre Echevarría y la viuda del autor, Carolina López, la cual se rompió definitivamente cuando ella interpuso una demanda judicial contra él en 2018. Después de cinco años y dos sentencias, la justicia desestimó el recurso de apelación y zanjó el asunto. A esto se refiere el propio Echevarría en un artículo para la revista El Cultural publicado quince días después de que En agosto nos vemos saliera a la venta. Allí explica que la querella obedece a la intención de la viuda de purgar de la memoria de Bolaño toda presencia incómoda y distinta a sus intereses.

No me interesa disertar aquí sobre el interés de los familiares en las obras póstumas. Se dirá lo que sea del provecho que sacan editores y críticos de las publicaciones póstumas, pero la enorme contribución de Echevarría al legado de Bolaño es innegable. En contraste, el aporte de En agosto nos vemos al de García Márquez es bastante menor.

La teoría de que incluso la peor obra de un gran autor es buena, no me convence. Lo más molesto de esta novela es que durante más de una centena de páginas lleva un ritmo que cambia de manera abrupta en las tres últimas, cuando de pronto la protagonista decide alterar su comportamiento y, apenas dos párrafos antes del punto final, la narración pasa del género realista al… ¡Fantástico! La compresión del espacio y el tiempo de la ficción es tanta en esas últimas palabras que me hace pensar en que el libro publicado no es una novela, ni nouvelle, sino un tratamiento. Al menos esas tres últimas páginas lo son.

Más común en la industria fílmica, el tratamiento es una pieza de narrativa breve en la cual se presenta la idea del argumento antes de escribir la novela completa (o el cuento o el guion de la película). La considero una herramienta fundamental de mi trabajo en la ficción porque permite probar ideas sin la necesidad de considerar otros asuntos distintos al argumento que también son importantes para la expresión literaria, como el desarrollo de los personajes, el punto de vista, el ambiente y el estilo. Se trata de poner las ideas sobre el papel lo más rápido posible, antes de resolver el problema de cómo vamos a contar tal o cual historia. Digo que las tres últimas páginas de En agosto nos vemos son un tratamiento porque allí García Márquez propone una variedad de líneas dramáticas y solo atina a resolver de forma superficial un problema sobre el cual apenas dio unas pistas en las páginas anteriores.

En la nota final que acompaña a En agosto nos vemos, Cristóbal Pera señala que «el trabajo de un editor no consiste en cambiar un libro, sino en hacerlo más fuerte con lo que está en la página». A él le correspondió el trabajo con los borradores de García Márquez. Cuenta allí que Carmen Balcells le pidió en 2010 que lo animara a terminar una novela que todavía no tenía final. Aparentemente, esto no fue necesario porque cuando supo lo que decía su agente literaria, el propio autor leyó a Pera el último párrafo, dejando al editor la sensación de que «cerraba la historia de manera deslumbrante». Vuelvo al final que está publicado y me encuentro tres líneas de un diálogo confuso y más bien intrascendente. No entiendo a qué se refiere Pera. ¿De dónde salió ese final? ¿Existe una acepción de deslumbrante que no signifique también «asombroso»?

Reconozco que las valoraciones aquí consignadas surgen de mi oficio de narradora, por otro lado mucho menor en comparación a la leyenda del Boom Latinoamericano. Entiendo por qué, enfermo de Alzheimer, García Márquez pidió a sus herederos que destruyeran el manuscrito. Qué castigo debe ser para un escritor tener en la cabeza la solución precisa que le plantea tal o cual historia para olvidarla. Qué cruel cuando el final nos elude; ya no digamos el final perfecto, sino el simple final coherente. Kafka que murió de tuberculosis y Bolaño que tenía una enfermedad hepática no padecieron este problema: estaban enfermos sus cuerpos, no sus mentes.

Los lectores son más magnánimos que los escritores. Millones de personas alrededor del mundo leerán la obra póstuma para renovar el amor a Cien años de soledad y seguramente cerrarán el libro satisfechos. Ya ha pasado con otros. El original de Laura se convirtió en éxito de ventas mundial en el año 2010, unos 33 años después de la muerte de Vladimir Nabokov. No es una novela, sino un cuaderno con 76 fichas del autor mecanografiadas, con partes recortables y otras escritas a mano. Me parece acertada la decisión de publicarla como quedó, después del mínimo de trabajo editorial, sin el propósito de contar una historia. Quizá algo así, con muy poca inherencia suya fue lo que Pera intentó. Quizá mi opinión solo sea consecuencia del temor que tengo ante la posibilidad de que cuando yo muera se pierdan para siempre los esqueletos de ficciones inconclusas que se amontonan en el disco duro de mi computadora. Me pregunto si debería cultivar la relación estrecha con un editor o un futuro albacea. En todo caso Pera, Echevarría, Brod y otros que han trabajado para que brille la literatura de otros merecen mi más profundo respeto. Si bien no contribuye a ensanchar el ya de por sí rico legado del autor colombiano, la lectura de En agosto nos vemos me confirma las palabras de Ebershoff: que el borrador de un escritor fallecido es más un problema que una bendición.