Como tantos otros textos de Frost, «Mending Wall» es una pieza perfecta, antológica, que exige al traductor que ponga en juego todo su bagaje estético; uno podría pasarse la vida entera tratando de encontrarle un paralelo digno en la propia lengua sin arribar a resultados más que provisionales; su música memorable y discreta se perderá, con un golpe de fortuna, en una misa de réquiem. El poema gira en torno a un adagio popular, que funciona como línea generatriz: «buenos vallados hacen buenos vecinos» (good fences make good neighbours); es la circunvalación crítica, la sátira más o menos solapada de dicho proverbio. Dos granjeros se reúnen cada año para volver a levantar el cerco de piedra que separa sus respectivas parcelas, derruido por los rigores del invierno; uno de ellos —el locutor— comienza a preguntar al otro por el verdadero significado de dicha rutina, ya que ninguno de los dos tiene hacienda alguna que guardar, sólo unos cuantos árboles, y «mis manzanos —arguye, con ironía— no se cruzarán al otro lado para devorarse los conos de sus pinos», a lo cual el otro responde instintivamente, remachando sobre el refrán: «Buenos vallados hacen buenos vecinos»; pero esto es apenas el esqueleto narrativo del poema, lo admirable no descansa en la anécdota, sino en el juego especular y ambiguo, la holgura de la perspectiva con la que el sujeto enunciador entra y sale de la mentalidad gnómica, solapándose en sus lugares comunes al mismo tiempo que los azuza y contradice; lo ubicuo de la perspectiva posibilita, además, que en los versos el tono se modifique constantemente (para Frost, la entonación era el pāḷi de la poesía) y logra que el molde métrico —el doble pie del yambo— se disuelva en el trasfondo melódico del elemento coloquial, bajo el acopio de inflexiones y el esplendor de los detalles.

Considérese la economía prosódica del primer verso, con sus dos tiempos bien marcados: 1) «Something there is» y 2) «That doesn’t love a wall», cualquier intento de trasplante, aun el más literal y anodino, el que podría arrojar cualquier programa informático («Hay algo que no ama a un muro…»), conlleva la inevitable mutilación de la materia sonora —y, por tanto, el naufragio del enunciado entero—, aunque en el número de palabras y en la fisonomía sintáctica ambas frases mantengan ciertas concordancias aleatorias. El traductor automático, obviamente, se maneja de una manera tosca, estadística, arbitraria, homologando un término con otro, sin conocer el complejo sistema de reglas y transformaciones que se trama en el interior de cada lengua —y, a su vez, en el interior de todo discurso—, que es el modo habitual en que se desempeña un traductor de carne y hueso. No obstante, ¿cómo discierne éste que tal o cual es el significante correcto para la reformulación del texto original, sino apelando al mismo conjunto arbitrario de equivalencias que propone el primitivo autómata?

En la versión de Andrés Catalán, el verso antes referido se extiende hasta las trece sílabas —o doce, según se aplique o no la sinalefa entre los dos primeros verbos—, tocando los aledaños de la prosa: «Algo debe existir que no gusta de muros». El cedazo léxico que se ha utilizado aquí tal vez haya sido el justo, aunque el grano de las palabras se ha vuelto un poco grueso en la amplificación; lo mismo ocurre con la fluidez del original, que se ve como opacada por el enrarecimiento prosódico de su transferencia al castellano: «Que no gusta de muros», por ejemplo, es una construcción verbal anómala desde el punto de vista idiomático, al margen de que no termina de congeniar con el oído, que, por alguna razón, pide una sílaba más —el artículo determinado «los», cuya falta se siente como un traspié—, tanteando acaso, inconscientemente, la habitual adherencia del alejandrino. ¿Es deliberada esta artificialidad o es sólo un efecto secundario de la sobreinterpretación lingüística? El abuso de normas filológicas acaba muchas veces por estrangular la prosodia; la primera cláusula completa del poema reza: Something there is that doesn’t love a wall, / That sends the frozen-ground-swell under it, / And spills the upper boulders in the sun; / And makes gaps even two can pass abreast; lo cual, en los términos de Catalán, vale por: «Algo debe existir que no gusta de muros, / que debajo introduce la hinchada tierra helada, / y desparrama al sol los pedruscos más altos, / y abre huecos por donde dos podrían pasar juntos». No está mal, pero, evidentemente, no suena muy afín a la musicalidad que sobrevuela el texto de partida.

Todas las dificultades que entraña el traslado de estas pocas líneas en inglés a un castellano más o menos condigno habría que multiplicarlas por ochocientas páginas, que es lo que ocupa la poesía completa de Frost en el tomo bilingüe que acaba de publicar la editorial Linteo.[2] Dada la envergadura ciclópea del trabajo, que quizás debería haber requerido la confluencia de varias manos y de varias generaciones, a Andrés Catalán no le ha sobrado ánimo ni destreza para utilizar un filtro estilístico muy minucioso. En cualquier caso, se trata de una traducción a título divulgativo, que no persigue tanto el histrionismo personal del traductor, mediante el remedo prosódico o la adaptación inspirada, sino el estudio y la ampliación de horizontes de una obra en verso imprescindible (la de Robert Frost) que, por su exigente naturaleza formal, permanecía confinada dentro de los límites de la propia lengua y de la que sólo se conocían hasta ahora, en el ámbito hispanoamericano, unos pocos textos —los más acreditados—, dispersos aquí y allá, en algunas antologías de poesía norteamericana.

 

[1] Gorham B. Munson, Robert Frost. A Study in Sensibility and Good Sense, Nueva York, George H. Doran Company, 1927.

[2] Robert Frost, Poesía completa, Ediciones Linteo. Traducción, introducción y notas de Andrés Catalán, Orense, 2017.

[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]