Camilo José Cela
La forja de un escritor (1943-1952)
Edición de Adolfo Sotelo Vázquez
Fundación Banco Santander, Madrid, 2015
247 páginas, 10 € (e-book 2.99€)
POR TONI MONTESINOS

El profesor Adolfo Sotelo Vázquez, de la Facultad de Filología Española de la Universidad de Barcelona, ha seleccionado cincuenta textos «que cumplen el presupuesto de adentrar al lector en la fragua de un escritor que para 1952 era ya el novelista de mayor prestigio de los negros años de la primera posguerra». Es este un Camilo José Cela bastante prolífico en la prensa –en el decenio 1943-1952 Sotelo encuentra unos seiscientos artículos, con la particularidad de que la mitad se publican entre los años 1950-1952–; trabajos que reunirá en los tomos IX-XII de su Obra completa con el nombre de Glosa del mundo en torno. Así, en La forja de un escritor, encontraremos textos aparecidos, sobre todo, en las publicaciones Arriba y La Vanguardia Española, pero también en Correo Literario, Clavileño, Ínsula, Solidaridad Nacional, La Tarde, Juventud, Haz, El Español, y Primer Plano, más unos pocos de procedencia indeterminada. Todo un festín para el lector celiano, distribuido en tres secciones –artículos sobre «Experiencias vitales», artículos que tratan de «El escritor y la escritura» y artículos que hablan de «La pintura y otras artes»– inspiradas, según el catedrático y decano, en las notas de Cela a sus recopilaciones Mesa revuelta, Cajón de sastre y La rueda de los ociosos. A partir de 1953 Cela se centraría en sus propios libros, en especial tras dejar Madrid para instalarse en Palma de Mallorca, y en viajes como el que le llevaría a América Latina y le inspiraría la novela de ambientación venezolana La catira (1955).

En la introducción se contextualiza perfectamente este momento trascendente en la trayectoria literaria del autor gallego, cuando su escritura se consolida y las ocupaciones artísticas y editoriales –por no hablar de sus coqueteos con el mundo de la interpretación y los toros– van formando la figura de un autor poliédrico en grado sumo. En el libro, se podrán establecer puentes entre algunas disquisiciones de Cela y las novelas que tenía entre manos en aquellos tiempos, o entender éstas mejor a partir de sus reflexiones, que a menudo fluyen «acerca de la memoria, el otro gran sumando narrativo, junto a la mirada de la obra de Cela», en palabras del compilador. Una oportunidad, en fin, para reconectar con la obra del premio Nobel 1989 en este año 2016 en el que se sucederán las celebraciones alrededor de su obra, pues no en vano el 11 de mayo se cumple el centenario de su nacimiento, en la aldea coruñesa de Iria Flavia; el pistoletazo de salida, que se prolongará durante once meses llenos de eventos, será una conferencia de Darío Villanueva en el Paraninfo de la Universidad de Santiago, junto con un concierto –una sonata para violín y piano de Eduardo Rodríguez-Losada, tío de Cela– y tendrá en octubre, coincidiendo con el vigésimo séptimo aniversario de la concesión del galardón sueco, un momento álgido con la edición, por parte de la Asociación de Academias de la Lengua Española, de La colmena, que incluirá los párrafos que eliminó en su día la censura.

Y precisamente es el titulado «Iria-Flavia» el primer artículo de La forja de un escritor. La Iria Flavia que muestra al visitante la extraordinaria Fundación Pública Gallega Camilo José Cela, que guarda su inmenso legado y ha organizado un gran número de actividades sobre el escritor también. La Iria Flavia que surge de la pluma celiana: lírica y tangible, realista y mágica, histórica y legendaria: «Atrás ha quedado ya lo que no queremos abandonar: la latina Iria-Flavia, que duerme su sueño ancestral con la cabeza apoyada sobre la vega de cebollas, el pecho sobre la Colegiata, el viento sobre los poderosos cerezos, una pierna sobre los amplios campos de maíz y de patatas, y la otra reclinada, ni reclinada siquiera, sobre las praderas…». La prosa poética de Cela, con su fino olfato para la descripción delicada y varonil a la vez, está por supuesto en la médula de toda su obra, con independencia del género practicado, desde su poema de fecha más temprana, «Alba para mí», escrito en 1934 –afirmó José Ángel Valente que «la prosa del narrador tiene una prolongada preparación poética o hunde profundamente en la poesía muy sólidas raíces»–, hasta ese poema en prosa titulado Madera de boj (1999), donde se convocan mares y horizontes borrachos de náufragos y cadáveres, leyendas de las costas gallegas amparadas por una mitología descrita con gran minuciosidad.

El resto de artículos de esta primera sección ejercerían, por así decirlo, de autobiografía del paisaje exterior, de cómo se ve Cela frente a la ciudad, frente al campo, frente a una puesta de sol, el cielo gris o un jardín; o recordándose con nostalgia en el texto «Redescubrimiento de Barcelona», cuando dice: «Me entristece ver mis fotografías de rey niño de entonces, componiendo una breve figurita, en traje de marinero, para la posteridad», y se ve comiendo con sus padres en el Tibidabo o recorriendo las Ramblas. La mirada –en última instancia interior tras el impacto de lo exterior– y la memoria, en efecto, son las coordenadas para ver el conjunto de la literatura celiana tanto como para percibir estos artículos de juventud. Mirada melancólica las más de las veces, y memoria mortuoria ante la rotundidad del paso del tiempo inmisericorde. «Recordar es saberse morir, es buscar una cómoda y ordenada postura para la muerte, esa muerte que ha de llegar precisa como un verso de Goethe, indefectible lo mismo que el cauteloso fin del amor», dirá en el prólogo al primer tomo de sus memorias, La rosa (1959). La muerte inunda sus páginas, huelga remarcarlo, y en muchas ocasiones mediante los recuerdos, que se convierten en materia literaria; lo señaló José María Pozuelo Yvancos, en su introducción al Viaje a la Alcarria, aludiendo a «una indisimulada tendencia a la literaturización de toda experiencia, incluida la biográfica». Y pocos escritores con más ansias de inundar la vida propia de experiencias variadas; ejemplo de ello es el artículo dedicado a su debut como actor, que también alimentará su oficio literario, ya que «hay que ser un poco de todo para poder ser escritor; la acción es el único antídoto conocido del tedio, y la inacción enmohece los goznes del alma y nos hace ordenancistas, acomodaticios, egoístas, fariseos y gubernamentales: el mal histórico del viejo Occidente».

Cela evocará su vuelta a Guadalajara por motivo de una conferencia y a sus amigos de la Alcarria, y en seguida vendrán los pasajes en que, ya dentro de la segunda sección, con una contundencia no exenta de socarronería, lanza sus teorías, sencillas e irrebatibles, sobre lo que es la novela, por ejemplo: «Yo creo que hablar de la novela es como hablar de la mar». Y: «A la novela lo que le hace falta es que nadie trate de buscarle los tres pies, como al gato». Lo que se corresponderá con lo que apuntará en la nota a la primera edición bonaerense de La colmena (1951): «La novela no sé si es realista, o idealista, o naturalista, o costumbrista, o lo que sea. Tampoco me preocupa demasiado. Que cada cual le ponga la etiqueta que quiera: uno ya está hecho a todo», para añadir que «no es otra cosa que un pálido reflejo, que una humilde sombra de la cotidiana, áspera, entrañable y dolorosa realidad». Más adelante, en «Los libros de viajes», sostendrá que a los españoles se les resisten tres géneros narrativos: los epistolarios, las memorias y los libros de viajes, poniendo el foco en estos últimos y en el hecho de que el lema stendhaliano «del espejo que se pasea a lo largo del camino» casaría mejor con el libro viajero que con la novela. En el momento en que Cela escribía estas líneas, en julio de 1946, estaba preparando «un libro de viajes por ese mosaico de paisajes, razas y costumbres que llamamos España» –Viaje a la Alcarria se publica en 1948– y su definición del género, tras abordar algunos conceptos erróneos que se tienen del mismo, se basaría en que el escritor tendría que ocuparse del «olor del corazón de las gentes, el color de los ojos del cielo, el sabor de las fuentes de las montañas y de los manantiales de los valles».

Las alusiones a «qué cosa es la novela», a la ambigüedad que presenta lo que entendemos por arte, a qué es «el oficio de escritor», en textos de carácter reflexivo, se combinarán con otros en que el sujeto narrativo en tercera persona habla en realidad de sí mismo, de su experiencia anímica: «El escritor pide a los dioses que no le priven jamás de esa ventana abierta, como un corazón, sobre cualquier paisaje»; «El escritor está indolente. El escritor está desorientado»; «Al escritor le llena de tolerancia la idea de la muerte». Pero si tuviéramos que destacar un texto de entre esta cincuentena tal vez sería el extenso «La galería de la literatura», en el que Cela recoge el tópico de que en España escribir es llorar y medita sobre la vida del escritor en nuestro país, como «un mantenido y cotidiano llanto», todo «un trance de amargura» que está regido «por una ley de inexorable fatalidad. Se escribe porque no se puede, ni se sabe, ni tampoco se quiere hacer otra cosa». El poliédrico Cela ejemplificaría tal cosa y la contraria, pues si bien su obra descomunal y siempre en constante reinvención ocupó por entero sus largos años, otras actividades (como pintar) ejercerían un atractivo irresistible para él. Quedará demostrado en la tercera sección, donde surgen los comentarios de artistas admirados con la mirada puesta –desde los ojos de un hombre que rompió moldes en todos los géneros que practicó– en la poesía de la pintura.